Diario de una yonki por un día

En Estados Unidos los últimos siete u ocho años, las farmacéuticas, con el beneplácito de la administración neoliberal, se han afanado en convertir a la población más vulnerable en un ejército de drogadictos enganchados a los opioides.

La Malinche se Queda
La opinión de Núria González para eltaquigrafo.com

Pueden creerme cuando les aseguro que estoy escribiendo este artículo bajo los últimos efectos (espero) que me está produciendo una droga que me tomé hace unas ochos horas, así que les pido disculpas de antemano por si hay alguna incongruencia o no me explico con claridad. Y no estoy drogada porque hace un rato estuviera yo fumando porros, esnifando cocaína o utilizando psicotrópicos de colores. No.

Lo que me pasa es que el otro día fui al médico porque me dolió la cabeza durante cuatro días seguidos, fruto de un pico de estrés y ansiedad bastante considerable y me recetó unas pastillas, exactamente en una visita que duró los 3 minuto de rigor. No es culpa del médico, es que, si hubiera tardado quince segundos más, la horda de pacientes que esperaba fuera, igual lo hubiera linchado.

Como cuando fui al médico era entre semana, y como tenía yo bastantes obligaciones laborales, decidir pasar como pudiera los días con la única ayuda del ibuprofeno. Y sobreviví bastante bien, sin embargo, como yo soy una mujer disciplinada en cuanto a la salud se refiere, esta mañana, por ser fin de semana, decidí iniciar el tratamiento siguiendo las pautas que mi doctor de cabecera de la seguridad social me había prescrito. Esto fue sobre las 10 de la mañana. Dos horas después estaba completamente destruida en el sofá. Yo, que duermo una media de seis horas diarias, me encontré con la imposibilidad de abrir los ojos a la una de la tarde. La pastilla había sido rápida y fulminante.

Mientras me iba arrastrando por las esquinas, y cuando hice el sobrehumano esfuerzo de sacar al perro a pasear (en realidad, más bien me ha paseado él a mi), en medio de un mal viaje horrible, donde no sólo había desaparecido cualquier tipo de coordinación mental, sino también existía una sensación de que mi cuerpo se había convertido en cemento y me era imposible tirar de él, me acordé de un video que se hizo viral hace unas semanas rodado en las calles del barrio de Kensington, en Philadelphia. En él, se hace un barrido por las principales calles del lugar que, si no explican que son imágenes reales, podrían corresponderse sin más a cualquier película de zombies.

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En el video (que les recomiendo ver si no son latamente impresionables), podemos observar claramente, sin trampa ni manipulación alguna, como la población deambula por las calles en un estado físico y mental que poco retiene algún atributo de seres humanos. Se arrastran, andan a trompicones o están parados a cuatro patas, apoyándose en los pies y las manos. Babean, balbucean, no hay ningún sonido que recuerde a ningún lenguaje humano. La compañera perpetua de estas personas es la suciedad y el olvido. Un barrio entero mucho más grande y más poblado que la mayoría de las ciudades españolas convertido en una cloaca humana. Hombres y mujeres reducidos a masas de carne sin conciencia, cuyo único momento de acción es el de conseguir la siguiente dosis, que cada vez está menos espaciada.

Me acordé de ellos porque así, muy de muy de lejos, me veía yo desde fuera. Un cuerpo casi inerte sin voluntad. Por culpa de una fortísima droga legal y legalmente recetada. Y también porque la adicción de todas esas personas no empezó por un pico de heroína ni por una raya de cocaína sino también, en una consulta médica en Estados Unidos, de esas que a duras penas pudieron pagar.

En Estados Unidos los últimos siete u ocho años, las farmacéuticas, con el beneplácito de la administración neoliberal, se han afanado en convertir a la población más vulnerable en un ejército de drogadictos enganchados a los opioides. Se recetaban a absolutamente todo el mundo y para absolutamente cualquier cosa, por obra milagrosa de los incentivos económicos que muchas farmacéuticas entregaban a los médicos para asegurar su prescripción.

Especialmente el fármaco Oxycontin, un opiáceo altísimamente adictivo fabricado por los laboratorios Purdue Pharma. Estos fármacos se siguieron recetando aun sabiendo que convertirían en yonkis a millones de personas. Es más, se intensificaron las campañas de márketing de le empresa para promocionar el consumo del mismo. Eso sí, en ninguna de ellas se advertía de que su uso continuado iba a dejar a esas personas exactamente en las mismas condiciones físicas y mentales que a los yonkis de barrio y esquina de los ochenta que todos tenemos en la memoria colectiva. Y tampoco que morirían por sobredosis cientos de miles de personas.

La gente acudía en masa a los médicos torturados por la ansiedad y el estrés que les producía una situación económica precaria y socialmente insostenible. Ellos les recetaban Oxycontin. Después, los pacientes se autodestruían y morían. Fin del cuadro médico.

El asunto es tan grave que las sobredosis de opiáceos son la razón del descenso en la esperanza de vida de los y las estadounidenses durante dos años seguidos, el 2015 y el 2016, hecho que no se producía allí desde la pandemia de la Gripe Española a principios del S.XX, tal y como detectaron investigadores de la universidad de Princeton Anne Case y Angus Deaton, que han denominado a estos fallecidos “muertos por desesperación”.

Imagínense la cantidad de adictos y adictas que habían generado las farmacéuticas, con el único objetivo que siempre tiene las farmacéuticas, como para que la mortalidad entre ellos hubiera aumentado tanto como para hacer la descender la esperanza de vida, antes de que lo hiciera el Covid. Esa es la respuesta del país más neoliberal del mundo a los problemas de su población más pobre: las drogas hasta la muerte. Es mucho más barato que invertir en políticas activas de empleo y en programas de reinserción social, sin duda.

Más de tres mil familias demandaron a los laboratorios Purdue, y durante la investigación, quedó demostrado que aun sabiendo de los nocivos efectos que producía su fármaco estrella, ellos siguieron incentivando a los médicos para que lo recetaran. Y los médicos siguieron aceptando el dinero por recetarlos. Entre todos perpetraron un auténtico genocidio por sobredosis que se está cebando, como siempre, con la clase más pobre.

Antes de que es demanda pudiera llevar a la quiebra a la farmacéutica, ésta decidió declararse en quiebra. En realidad, lo que intentó hacer fue cambiar de nombre y realizar un levantamiento de bienes para no tener que pagar ni un dólar a las más de tres mil familias de fallecidos y afectados por su adicción al Oxycontin.

Esta semana los tribunales americanos han tumbado este intento de declaración de quiebra, pero, la farmacéutica evitará el juicio, como no, a golpe de chequera. Se han comprometido a pagar una indemnización de 4.500 millones de dólares, que ya veremos si llega o no. Con el pago, se liberan de cualquier tipo de responsabilidad, y podrá seguir fabricando drogas a diestro y siniestro, para gente que acabará babeando y vegetando como zombies en el barrio de Kengsinton de Philadelphia, o en cualquier otro de los Kengsinton de los que existen en Estados Unidos.

Pero los señores de Purdue Phrama no son los únicos que se dedican a fabricar, suministrar e incentivar el consumo de drogas altamente adictivas. Este mismo mes, Johnson & Johnson (la que fabrica la vacuna Janssen contra el Covid) y otros tres gigantes distribuidores de medicamentos, han sido multadas por “alimentar la pandemia de opioides en Estados Unidos”, y pagarán, tras llegar a un acuerdo judicial con los fiscales y volver a tirar de talonario, 26.000 millones de dólares para que les dejen en paz y poder seguir con lo suyo.

Estoy tardando más de la cuenta en escribir este artículo porque, fruto de los efectos de estas “medicinas”, me salto palabras que creí haber escrito o, directamente escribo incoherencias. Pero ya termino.

Además de los efectos que produjeron en nuestras cabezas la crisis económica que arrastrábamos, la pandemia ha venido a generar un aumento súper exponencial de los problemas de salud mental de la población, y es por ello que debemos tener muy en cuenta este tipo de maniobras comerciales de las empresas farmacéuticas americanas, a las que si se les complica su mercado autóctono, no tendrán el menor reparo en venir a implantar sus “productos” al resto del mundo, siempre y cuando los pueda pagar, claro, exactamente igual que ha pasado con las vacunas contra el Covid.

Porque las enfermedades mentales que han proliferado más no son la esquizofrenia o el TOC, son las que conocemos cotidianamente y que muchos no tratan ni de enfermedad, esto es, la ansiedad y la depresión, provocada por este capítulo terrorífico de la pandemia, del que estamos aún muy lejos de salir.  El miedo irracional que se ha inoculado a la población durante estos dieciocho meses y la gravísima crisis económica que ha conllevado la pandemia y cuyos efectos se extenderán durante años, hacen que las consultas médicas estén llenas de personas a las que les duele la cabeza, se sienten mal y no saben por qué, o no pueden dormir.

Estoy segura de que ciertos opiáceos y ansiolíticos bien administrados y bajo estricto control, ayudan a muchas personas a vivir mejor. Pero cambiar el ibuprofeno de 600 miligramos por una droga que pude tumbar a un cabello y administrarla como norma, es un cambio de paradigma en el trato médico, que busca acabar con el problema de forma rápida y barata, aunque acabé también con el paciente.

Y aquí volvemos a lo de siempre: una sanidad pública en el mismo estado de los yonkis de Kensington, en las últimas. Una sanidad pública zombi.

Como zombie estoy yo…

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