Desvestir de atractivo lo violento

El discurso dominante coercitivo condiciona a muchas mujeres a la hora de elegir una pareja afectivo-sexual y las lleva a identificar conductas y actitudes violentas como más excitantes y más deseables sexualmente.

Desvestir de atractivo lo violento
El discurso dominante coercitivo, presente en todos los ámbitos de la sociedad, es lo que condiciona a muchas chicas jóvenes y mujeres a la hora de elegir una pareja afectivo-sexual / Freepik

El macarra del barrio, el malote de clase o el protagonista controlador y agresivo. Todos ellos despiertan los suspiros del público femenino. Históricamente, nos han inculcado que este perfil es, de hecho, el atractivo, el sexualmente deseable. Y este perfil de gamberro es, precisamente, el ingrediente clave para convertir películas, series y novelas en auténticos best seller. Desde 3 Metros sobre el cielo, hasta 50 Sombras de Grey, pasando por infinidad de films, canciones y series de Netflix, lo cierto es que este tipo de perfiles vuelve locas a miles de mujeres que sueñan con encontrar a su ‘Christian Gray’ particular. Todo lo que se salga de este canon es visto por parte de este público femenino (y también masculino) como poco excitante, afeminado o incluso “poco hombre”. Pero, ¿cómo es posible que aún sabiendo que estos perfiles no nos convienen los seguimos deseando? La respuesta está en el discurso dominante coercitivo, que está presente, sin apenas darnos cuenta de ello, en cada detalle cotidiano de nuestro día a día. 

Este discurso dominante coercitivo, presente en todos los ámbitos de la sociedad, es lo que condiciona a muchas chicas jóvenes y mujeres a la hora de elegir una pareja afectivo-sexual y las lleva a identificar las conductas y actitudes violentas como más excitantes y más deseables sexualmente, mientras que vacía de atractivo a las masculinidades igualitarias. Desde eltaquigrafo.com hemos reflexionado con Sandra Racionero, directora del Departamento de Psicología de la Universidad Loyola Andalucía, profesora en la Universitat de Barcelona e Investigadora del Ramón y Cajal en Psicología Cognitiva, acerca de la brutal influencia de este discurso en las relaciones tóxicas y de desigualdad que se establecen desde la adolescencia y que pueden desembocar en situaciones de violencia física o sexual. 

Objetivo: inculcar nuevas masculinidades alternativas 

Racionero, que ha podido acercar las graves consecuencias del discurso dominante coercitivo a alumnos adolescentes, explica que muchos chicos que siempre han tenido conductas igualitarias con las chicas, es decir, que tienen un buen comportamiento, tolerante y de igual a igual, ven que, fruto de este discurso dominante, no despiertan interés entre el sector femenino. Al mismo tiempo, perciben que el atractivo recae sobre aquellos que tienen conductas agresivas y violentas. ¿Qué les pasa entonces por la mente de estos chicos? Suelen pensar: “yo soy el amigo, pero nunca seré el escogido para mantener relaciones sexuales con estas chicas, que eligen a los populares, a los que tratan mal”. A partir de esta premisa, asegura la investigadora, algunos deciden quedarse por debajo de esta Masculinidad Tradicional Dominante, aunque los lleve a carecer de éxito. O, puede ser que algunos de ellos, tratando de desembarazarse de esa situación, piensen: “para tener éxito con las chicas tengo que adoptar una actitud basada en una Masculinidad Tradicional Dominante y tratar mal porque es lo que tiene éxito”. 

Es entonces cuando las Masculinidades Tradicionales Oprimidas, “los que tratan bien”, se pueden convertir en Masculinidades Tradicionales Dominantes con actitudes violentas porque entienden que esto es lo que les va a dar el éxito en las relaciones afectivo-sexuales. Pero existe otra vía, y es la de la solución para Racionero: “Ni Masculinidades Tradicionales Oprimidas ni Masculinidades Tradicionales Dominantes, se debe inculcar a los más jóvenes la existencia de nuevas Masculinidades Alternativas que reúnan la seguridad de la Masculinidad Tradicional Dominante y el trato igualitario en el mismo chico y que, además, los hace ser exitosos y seguros de sí mismos. Son hombres valientes que se posicionan siempre en contra de la violencia y que tienen mucho éxito en el plano afectivo-sexual y que, además, son muy deseados por esta combinación”.  

¿Cómo se consigue este cambio de paradigma?

El primer paso, reflexiona Racionero, es partiendo de la socialización de chicos y chicas desde edades muy tempranas mediante la educación y corrección de actitudes violentas en las relaciones afectivo-sexuales. La vía para la superación de estas conductas machistas, que pueden desembocar incluso en pensamientos misóginos, es que en la educación infantil, primaria y secundaria se inculque la violencia cero, que la violencia pierda el atractivo, que no sea deseable. 

La neurocientífica pone como ejemplo una escena muy habitual entre los infantes y aparentemente inocente. Cuando un niño de 2 o 3 años bese a una niña de su edad, se debe frenar y se deben hacer comentarios graciosos al respecto. Se trata de un abuso. Si este comportamiento se refuerza, se está socializando a esos niños en la desigualdad y se está dotando a la violencia de un cierto atractivo. Se debe vaciar de atractivo cualquier episodio violento desde los cero años mediante la formación del profesorado y la concienciación de la sociedad entera. 

Estrés tóxico y patologías crónicas

Además, Racionero rechaza la subvención de ciertos perfiles que se dicen “feministas”, pero que hacen referencia a corrientes intelectuales, que desde su punto de vista, “que no hacen ningún tipo de favor a la sociedad”. La cultura de la violación encuentra sostén y apoyo en corrientes como el postmodernismo, reivindicado por algunos sectores del “feminismo” y del que uno de los máximos exponentes es Michael Foucault. El propio autor abogaba por la despenalización la pederastia y mostraba una postura permisiva con respecto a la violación. “Cuando se penaliza la violación se debe penalizar exclusivamente la violencia física. Y decir que no es más que una agresión, y nada más: que alguien meta su puño en la boca de alguien, o su pene en el sexo, esto no indica ninguna diferencia”, rezaban sus textos. Es fundamental que se replantee el uso de estas corrientes como base para una eduación egualitaria y feminista.

La cultura de la violación y el acelerado proceso de normalización que está adquiriendo es tan solo la cúspide de este discurso dominante coercitivo. El auge de violaciones y de violaciones grupales demuestra cómo los jóvenes (y no tan jóvenes) encuentran respaldo en la sociedad para poder actuar de esta forma tan brutal contra las mujeres. Sin embargo, se desconoce el alcance real de esta problemática. La neurocientífica afirma que, según los resultados arrojados por los últimos estudios científicos sobre las relaciones afectivo-sexuales, la presencia de violencia física o sexual continuada en el tiempo, dentro y fuera de la pareja, genera un tipo muy concreto de estrés, conocido como estrés tóxico, que está relacionado con la aparición de patologías crónicas, sobre todo, del sistema digestivo, aunque también del inmunitario. Entre otras dolencias, este tipo de violencia genera fobias, ansiedad, nerviosismo, pérdida de conexiones sinápticas, acortamiento de los telómeros y envejecimiento celular prematuro y se relaciona, incluso, con la alteración de marcadores inflamatorios y la aparición de ciertos tumores. 

Por eso, la violencia derivada de estas relaciones tóxicas fruto de una atracción y un deseo socialmente mal entendido, tiene unas consecuencias físicas y psicológicas que van mucho más allá de lo que nunca podríamos llegar a imaginar. Por eso, es necesario deconstruir la forma de relacionarnos, de entender las relaciones afectivo-sexuales entre hombres y mujeres para poder ser más libres. Libres para elegir sin prejuicios y libres para imponernos ante las presiones, difíciles de hacer desaparecer, del casposo discurso dominante coercitivo. Dejemos a un lado la figura del gamberro con chupa de cuero y moto, del que nos mira por encima del hombro, para dejar paso a unas relaciones libres de violencia física, verbal y emocional. 

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