De debajo de un puente al contenedor de barco

nuria gonzalez

El otro día atendí a una chica que me contaba desesperada que en 15 días tenía fecha de desahucio de la casa en la que vivían ella, sus dos hijos menores y su ex marido, el cuál por supuesto no pagaba ni un euro hacía tiempo, ni para la hipoteca ni para sus hijos. Ella tiene trabajo y es mileurista. Buscaba un alquiler ya fuera sola o compartido para ella y sus dos criaturas. Lo trágico del asunto es que nadie le quería alquilar una habitación ni compartir vivienda porque tenía dos hijos pequeños. Y en quince días se veía en la calle, aún con sueldo y contrato de trabajo.

Es el mismo caso de algunas de las mujeres de las 4 familias que siguen acampadas en Badalona a las puertas de la oficina municipal de vivienda desde hace ya casi cuatro meses. Ellas también tienen trabajo, ellas también tienen sueldo, pero el mercado del alquiler no las quiere. Y ayuntamiento de Badalona, por cierto, sigue sin mover un dedo al respecto, y el niño que tenía 8 meses cuando se inició la acampada, debe estar ya a punto de cumplir su primer añito en el mismo sitio, sin que a ninguna administración pública le importe demasiado ni se le caiga la cara de vergüenza a ningún representante político.

Pero ahora alguien parece haber tenido una idea brillante al respecto…o al menos haberla plagiado.

Les propongo un pequeño ejercicio de memoria temprana y que nos traslademos al año 2005. Por aquel entonces ocupaba la cartera del ministerio de vivienda una mujer, María Antonia Trujillo, que nos dejó un legado político inolvidable, que fue objeto de toda clase de críticas, chistes y cachondeo, bien merecido. No es para menos, pues Trujillo fue la inventora de los “minipisos” que, para quien no se acuerde, eran viviendas de 30 metros cuadrados destinadas en principio a jóvenes, hasta que éstos se situaran en el mercado laboral y entonces pudieran acceder a pisos que no parecieran una caja de cerillas.

La idea fue tachada de peregrina en el mejor de los casos, criticada ferozmente por la derecha y también por colectivos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH),que no lo veían una solución ni al problema de la vivienda en general ni al de los desahucios en particular, además de apelar a la indignidad de esos “minipisos”, pues nadie puede vivir en un espacio tan exiguo. La ministra duró poco en el cargo y nunca más hemos vuelto a saber de ella.

Pero, lo maravilloso de la vida y por lo que vale la pena vivirla es asistir a sus vueltas y giros, presenciando lo que estamos viendo desde hace dos días al hilo de este tema. Resulta que, ni más ni menos que la portavoz de la PAH que llegó a alcaldesa de Barcelona, la representante de los “descamisados”, nuestra Evita Perón del Guinardó, ha estrenado su segundo mandato en Barcelona recogiendo aquella idea denostada por ella misma de los minipisos, pero como todo en Ada, dándole su toque personal cutre y de empobrecimiento posmoderno que del solo ella es capaz.

Desde esta semana se construyen en Barcelona, en Ciutat Vella (como no, ya que a estos “comuns” cada vez que quieren destrozar algo se les ocurre siempre el mismo sitio), las primeras viviendas (si es que se pueden llamar así) utilizando contenedores de barco, para las familias en riesgo de exclusión. Es decir, para los pobres.

Ahora parece que un minihabitáculo de metal, un contenedor de mercancías de barco, es a lo que tienen que aspirar las familias más desfavorecidas en Barcelona, mientras los pisos y casas de las que están siendo desahuciadas a diario se convierten en pisos turísticos, para satisfacer una demandada exacerbada de plazas, generadas por otra ocurrencia cutre posmoderna de la alcaldesa de prohibir las licencias de construcción de hoteles que, por cierto, ya ha anulado la justicia pero que este gobierno municipal no aplica porque no le da la gana.

También, ahora parece que sí es digno que las familias tengan que sobrevivir dentro de contenedores, que más se parecen a una chabola de los años sesenta que a una vivienda, todo en pro de que la gentrificación siga avanzando y Barcelona sea cada vez más un parque temático para el turismo extractivo lowcost, y cada vez menos la ciudad que ya sólo queda en nuestra memoria y en contadísimos y carísimos rincones.

Pero lo peor no es eso, lo peor es ver como se acepta por una supuesta izquierda política, que ni son izquierda ni son políticos, y que no sólo la sufrimos en Barcelona, sino en España y en el mundo entero, que hablen de “política social y de vivienda” para referirse a hacinar a los pobres en cubículos hechos para transportar cosas en el mar o en los camiones, en lugar de defender proteger y ejercer el derecho a la vivienda, que para éstos ha quedado sólo en un bonito eslogan de campaña, que bien les valió una alcaldía en su momento, pero que ahora convierten en la versión milenial de vivir debajo de un puente. Y encima se congracian todos y todas juntas de ello.

Esa es la alternativa que ofrece la nueva política posmoderna arrodillada ante el más feroz, pero súper cool, neoliberalismo y sus aventajadas alumnas en Barcelona a las familias y a las más afectadas, las mujeres trabajadoras desahuciadas con hijos menores, al cuidado de personas mayores, en la gran mayoría de ocasiones al frente de familias monoparentales en Barcelona: un contenedor para vivir.

Y como está todo planeado, si se quedan sin trabajo, que se dediquen a la prostitución, que como dicen y fomentan con dinero público desde el consistorio barcelonés (recuerden la subvención pública de 25.000 euros al curso para aprender a hacer mamadas o para iniciarse en la prostitución que generosamente concedió el Ayuntamiento de Barcelona entre el 2016 y el 2017 a APROSEX, luego reconvertido en el intento de sindicato de la prostitución OTRAS), lo de ser puta es una salida laboral para las mujeres pobres como cualquier otra. Todo previsto.

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