Cuentos de ayer para hoy

El cuento de la bella durmiente me lo imagino al revés. Un príncipe muy zangolotino, con más mili a cuestas que Rambo y Cascorro juntos, harto de juerguearse no solo en su reino sino a lo largo y ancho de este mundo y más tonto que Abundio

Ricardo Gómez de Olarte

¿Alguno se imagina lo que serían los cuentos de siempre traspuestos a día y realidad de hoy? Veamos tres ejemplos sucintos (a ver si así convenzo de una vez al Big Boss de este diario para que me destine a crónica de sociedad que es mi verdadera vocación).

Cenicienta, la hija de un noble viudo rico casado en segundas nupcias con una señora con dos hijas. Fallecido el padre, Cenicienta queda a merced de la madrastra y de sus hermanastras, las tres mujeres crueles, si bien, las hermanastras tirando a lelas. Cenicienta conoce a un príncipe con el que, tras una serie de vicisitudes y gracias al buen hacer de las hadas madrinas y su diseño de vestuario, contrae nupcias. ¿No les suena a ese tipo de chicas que, siendo de familia con un buen pasar, empiezan su andadura como “influencers” y acaban casándose con algún famosillo de fortuna ya consolidada, alumbran un par de churumbeles y se divorcian con el riñón bien cubierto? Incluso llegan a actrices (como muchos escritores actuales, da igual si son malas o peores, importa el tirón mediático).

Este tipo de chicas tienen como espejo a Isabel Preysler (lo admito, tengo una debilidad por esa mujer y su hija Tamara). Si bien, no aparecen en exceso en las revistas del colorín, no suelen prodigarse demasiado en entrevistas o publirreportajes de su casa o presentando a su prole. Cuando así sucede es para hacer caja de forma puntual y en cantidad industrial (la rima/ripio es expresa/o). Prefieren la publicidad más discreta y pretendidamente “fashion”: unas gafas de sol o una campaña publicitaria de alguna marca más o menos conocida, aunque luego sea un producto vulgarcillo.

La bella durmiente. De nombre Aurora y princesa de cuna. La verdad es que una princesa que se llame Aurora no es muy frecuente, pero daremos Aurora como nombre regio del mismo modo que el pulpo fue aceptado como animal de compañía. El caso es que tras años de intentarlo, unos reyes consiguen tener descendencia que es esta Aurora de marras. Invitan al bautizo a todo el personal de relumbrón, incluidas unas hadas, pero se olvidan de una en concreto que es más mala que pegar a un padre con calcetín sudado. Ésta lanza una maldición sobre la niña, condenándola a que cuando alcance la mayoría de edad se pinchará con el huso de una rueca y morirá.

Una de las hadas, suaviza el mal fario y emite un contra hechizo que hace que la maldición se reduzca a 100 años de sueño para la princesa (de Herodes a Pilatos). Cuando ésta cae dormida, el hada buena vuelve y deja dormido a todo el palacio para que al despertarse la princesa no se encuentre sola (mal de muchos…). Pasado ese tiempo, aparece un príncipe, que la besa y despierta. Se casan y son felices (¿y los demás?). Según la versión de Perrault, la trama es más rocambolesca pero dejaremos la versión de los hermanos Grimm que, gracias a Disney, es la que conocemos todos.

A pesar de las lagunas, fallos y surrealismos de guion del cuento, ¿se imaginan a alguna princesa real de la actualidad obrando como Aurora? A mí me cuesta, la verdad. En todo caso, me lo imagino al revés. Un príncipe muy zangolotino, con más mili a cuestas que Rambo y Cascorro juntos, harto de juerguearse no solo en su reino sino a lo largo y ancho de este mundo y más tonto que Abundio (que fue a vendimiar y se llevó uvas de postre), recibe un ultimátum de sus padres: “Niño, la primera obligación de la monarquía es perpetuarse, así que ya estás buscando esposa que nos dé nietos y de paso sientas la cabeza. O sino sabes sentarla o no quieres, sigues haciendo lo que hasta ahora pero de forma discreta. Así que para aliviar las penas, te vas a hotelitos románticos y discretos en Suiza, que siempre lava más blanco”.

Y al príncipe, que despierta del letargo de su disipada vida, un periodista amiguete y discreto le encuentra a una mujer que lo espabila (un poco, tampoco se vayan a creer). Ella le hace aterrizar en el mundo verdadero actual; le da prole y se come las infidelidades de su marido como lo hiciera antaño su suegra (o su suegro, depende del caso). A cambio, tiene una vida más que regalada y de vez en cuando le suelta en público un moco (moquillo, no más) al marido para demostrar a todos que ella es “moderniqui” y está igual de bien preparada que su chico.

El hada malvada podría ser la prensa rosa que ha ido persiguiendo al príncipe a lo largo de sus años de cachondeo. O bien, el rey o la reina que cobran hasta por respirar y no lo declaran. Incluso la hermana y el cuñado del príncipe pueden ser también los malvados. El caso es que entre todos le amargan esa vida regalada que ha recibido por herencia. Claro que la alternativa podría ser una mezcla entre “Desmadre a la americana” y una peli gore: imagínense que cualquier político de ese país que quisiera aspirar a presidente de la hipotética república alternativa a su monarquía haría bueno al gran John “Bluto” Blutarsky de “National Lampoon’s Animal House”.

A la Caperucita Roja de la actualidad me la imagino más como una choni de las de “Mujeres, hombres y viceversa” y cuya aspiración en la vida es acabar de colaboradora con ese deshecho de educación y “savoir faire” televisivo que es Jorge Javier Vázquez.

Una chica de campo, tan guapa en su estética rural como carente de estilo; sola; vestida muy corta y llamativa, que ha quedado con sus amigas en la discoteca para bailar trance o trap. Camino de la disco se cruza con un cani que, tras compartir “pastis”, le propone llevarla a un programa en el que se trata de ligar unos con otros, contarlo y ponerse verde después. Nuestro lobo, el “Isra”, le dice a nuestra “Yenni” que “con lo buena que está y a poco que se arregle y tenga desparpajo, entre los dos se comen la audiencia y luego a petarlo al programa de Jorge Javier y sino, mira la Esteban”.

Caperucita Roja, la Yenni, sabedora que tienen que entrar emparejados, acepta de buen grado (“Pues ya ves, tío, es lo que hay”) y deja que el Isra se desfogue con la abuela que, en sus épocas, era una fiera y aún tiene fuego en el cuerpo. Así tendrá algo novedoso que contar más adelante y se podrá desembarazar de él cuando convenga. Cuando los van a contratar a ambos, aparecen los cazadores, que no son más que productores de Tele 5. Éstos, avisados por la propia Yenni Caperucita Roja, graban al Isra “negociando otras cosas” con la abuela que ya estaba en el ajo. Poco a poco se va desgranando una serie de entresijos de las familias de ambos. De hecho, aparece la madre de Yenni diciendo que la abuela (su suegra) ya se lo hacía con su propio hijo (cuñado de la madre) que resulta que había pertenecido a la cuadrilla/cuadro de un famoso torero/cantaor que conducía borracho y acabó en el talego (poco tiempo que para eso es rico y famoso).

El famoso ex torero/cantaor también se apuntaba a la samba con la madre y el hijo. Es ahí, cuando teniendo ex famoso en el punto de mira, aparece Jorge Javier para, enarbolando la bandera LGTBIQ declarar “urbi et orbe” que si el torero no va a su programa a someterse al lanzamiento de heces y desperdicios humanos, es un facha. Respecto a lo de LGTBIQ hace poco recibí de un amigo toda una clase magistral (que no sé si acabé de entender del todo), pero es demasiado largo y prolijo para reproducirlo aquí. Y si hablamos de banderas LGTBIQ en sentido estricto, por mucho que mi hija me lo haya explicado varias veces, no consigo retener colores, dibujos y significados. Quien quiera que lo mire todo en Google que para eso está.

Así pues, el torero/cantaor, falto de parné y sobrado de desvergüenza, irá a que lo insulten y lo vejen porque sabe que si aguanta ese chaparrón, vendrán más bolos, siempre bien remunerados. Si el famoso protesta airadamente en directo, el súper presentador -tan alejado él de hechuras y modos fascistoides- le dirá que en su programa o se es maricón y/o rojo, o no se es. Traducido al lenguaje de los mortales: “Aquí la reinona soy yo. Tú, al cobrar, tragas y aguantas. Si te vas porque te pongo al límite, no cobras todo lo pactado y no vuelves hasta que te llame”

Nuestra Yenni, sintiéndose sobrepasada por el tirón del antiguo matador o cantante, acabara liándose con el hijo adoptado en el Zimbabue más interior por algún otro famosillo, recordará su pasado rural y se meterá a ecologista de salón. Total, también es rojo de salón el bueno de Jorge Javier y míralo, luciendo progresía más falsa que un Gucci del Top Manta. El ecologismo de Yenni y su novio derivará en zen y el zimbabuense, recordando el hambre sufrida en su país de origen, le dirá que por ahí no pasa y que lo que quiere es vivir mucho mejor que bien y comer contra más carne y pescado mejor. Momento en el que los guionistas activarán a la Olvido Hormigos de turno que le ofrecerá toda la carne y todo el marisco que el africano sea capaz de digerir. Y así, la rueda seguirá girando y girando y girando…

Hay que dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir.
Honoré de Balzac

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