Cuando las emociones se anulan

Cuando las emociones se anulan

Hay momentos en los que casi parece que somos inmunes ante las desgracias ajenas. ¿Qué nos ha pasado para convertirnos en personas tan apáticas? ¿Volvernos tan faltos de empatía? No sé si es un mecanismo de defensa, o simplemente que nos hemos vuelto indiferentes al dolor de los demás.

El inicio de ‘La apatía de los idiotas’ (Distrito 93), de J.J.M. Veiga (Pontevedra, 1973), nos hace recapacitar sobre este hecho. Un hombre aparece muerto en medio de la calle y la gente sigue adelante con sus quehaceres mostrando una frialdad que nos sobrecoge. Y más si cuando vamos ahondando en la historia personal tanto de víctima como de testigos, comprobamos que sus vidas se cruzaron en algún momento.

Ese endurecimiento del corazón, que puede servirnos como coraza en algunos momentos, nos hace comportarnos al mismo tiempo de una forma cruel, descarnada.

¿Asesinato? ¿Accidente? O, ¿suicidio?

Nos encontramos en Portolara, un pueblo de la Costa da Morte gallega, en el que todos conocen a todos y donde hay una persona es la que mueve todos los hilos, Hugo Calvar.

El día que comienza nuestra historia, Ramiro Eirabella, que se encontraba pintando la fachada del edificio más alto de Portolara, su hotel, cae desde su azotea. Si la caída ha sido fortuita o se ha tirado o, si por el contrario, le han empujado, es algo que la guardia civil tendrá que investigar.

A tal efecto se persona Laura Vidal, oriunda del lugar aunque ha pasado más de media vida fuera de allí. Ha regresado hace un año y todavía no se ha familiarizado con el entorno. Sus recuerdos, tanto de las personas que un día conoció como de los lugares, se confunden y mezclan en su memoria.

Laura comienza a realizar su trabajo, interrogando a los testigos que se encontraban en el lugar. Pronto se da cuenta de la dificultad de esta tarea, no es fácil conseguir que la gente hable, y se topa con un muro con cada pregunta que hace.

Lo que sí descubre al poco de iniciar su investigación, es que Ramiro firmaba todos y cada uno de sus trabajos con una estrella de mar. Esa estrella de mar transportará a Laura a un pasado que creía olvidado.

Objetos que evocan recuerdos

Los que ya tenemos cierta edad nos vemos, a veces, sorprendidos por los recuerdos que un simple objeto nos trae a la memoria. Recuerdos de una infancia pasada, de una juventud disfrutada… Un aroma nos puede transportar a la cocina de nuestra madre, a la expectación que nos producía esperar el postre del domingo, esas natillas con olor a canela y limón…

Y una vez allí, en el pasado, dar rienda suelta a la imaginación y volver a recrearte en esos momentos que viviste y que yacían ocultos por otros más cercanos en el tiempo.

Esta retrospectiva es una constante en ‘La apatía de los idiotas’. Aunque no siempre que miramos hacia atrás, lo haremos con una sonrisa en la cara.

El narcotráfico gallego

La impunidad con la que se movieron los traficantes de droga por las Rías Baixas hace casi cuarenta años, es de sobra conocida. Galicia fue la entrada a drogas de todo tipo durante la década de los ochenta y el trabajo se repartía entre distintos clanes familiares.

La historia de Galicia y el contrabando nos lleva a los años cuarenta, donde se comenzó a traficar con el tabaco. Producto que se cambió por la cocaína en los años 80. Políticos, miembros de la policía, todo tipo de personas influyentes estaban de alguna manera involucrados en el narcotráfico, al que se puso fin con la «Operación Nécora».

En la ficción que nos ocupa, el líder es Hugo Calvar. Con todo un pueblo sometido a su voluntad y con el dinero como ley, es de la idea que todo el mundo tiene un precio y toda vida puede ser compensada a golpe de talonario.

En pocas páginas Veiga nos da una somera idea de cómo se funciona en un lugar así, o estás conmigo o contra mí; no hay otra forma posible. Si hablas estás fuera del círculo de Hugo, con todo lo que eso conlleva. Fuera ayudas, fuera protección.

Y es que el dinero es buen amigo de acallar escrúpulos y malas conciencias. El dinero y el poder son los culpables de que esa apatía, esa indiferencia se instale en nosotros y nos guíe en nuestros actos, que a veces nos hacen parecer verdaderos idiotas.

Talento gallego

La apatía de los idiotas‘ es la segunda obra que leo de este ingeniero de montes pontevedrés. Mi primera toma de contacto con su obra fue ‘El refledo dorado’, una apuesta arriesgada que combina con maestría fantasía, ciencia ficción y pensamientos metafísicos. El escritor crea un universo completo, dotado de toda clase de razas y especies y distintos sistemas de gobierno.

Aunque la obra que le ha hecho destacar es ‘Cuando el destino nos alcance el maíz seguirá creciendo’, que ha obtenido muy buenas críticas y que me han recomendado en numerosas ocasiones. Y es que el autor gallego tiene mucho talento para contar historias y muchas historias que contar.

‘La apatía de los idiotas’ es la cuarta obra publicada de Veiga, una novela que nos sabrá a poco. Con una cuidada prosa, buenos diálogos y una trama muy interesante a la que el autor podría haber sacado mucho más jugo.

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