Cuando la sociopatía está al mando

nuria gonzalez

Los más de tres millones de habitantes del área metropolitana de Barcelona estamos de estreno. Tenemos un nuevo adorno callejero que luce en los coches que nos salvan del desastre de trasporte público que sufrimos, pero que pagamos a precio de lujo Qatarí. Me refiero a las pegatinas de colores que determinan si tu vehículo es lo suficientemente ecológico como para poder circular por la ciudad condal.

Este invento viene directamente con el sello de la factoría Colau&Co. y tiene como estandarte de la cruzada medioambiental al concejal Eloi Badia, un chico cool del barrio Gràcia que parece haberse reencarnado en el Capità Planeta, con el firme y noble propósito de transformar la segunda ciudad más grande del Estado en la Aldea del Arce, incluidos Banner y Flapi, cueste lo que cueste.

Cuando la sociopatía está al mando

Y digo esto porque ese mismo sujeto, cuando le preguntaron que qué sería de aquellas personas que necesitaban su vehículo, más contaminante de lo estipulado por el gobierno municipal, para sostener sus trabajos y sueldos precarios, vino a decir, más o menos, que lo primero era el éxito de su brillante idea de las pegatinas y que lo de los trabajadores pobres y sus problemas no era de su competencia. Todo un ejemplo de aporofobia, virus éste muy extendido en los baluartes de la “nova política” de los Comunes, que se empeñan en tomar decisiones para todos, menos para la gente normal.

A este gran portento de la política municipal barcelonesa y de la defensa del medio ambiente hay que atribuirle no pocos ni pequeños méritos, tales como el fracaso de la funeraria municipal o el fiasco absoluto de la multiconsulta del aire; o la joyita de su gestión, el hundimiento de un proyecto imposible desde el principio pero que los Comunes vendieron y repitieron como loros en la campaña electoral, que es la fallida remunicipalización del agua.

Cuando la sociopatía está al mando
La alcaldesa de Barcelona Ada Colau y el concejal Eloi Badia

A esto pronto habrá que sumarle también la inutilidad manifiesta de sus pegatinas y la zona de bajas emisiones, que se va demostrando que no ha disminuido la contaminación ambiental, en comparación con el mismo día del año pasado, ni un gramito. Un expediente el de este regidor fuera de lo común, como les gusta a los “comunes”.

Pero como dicen por ahí, la suerte de un loco (o un tonto), es encontrarse con otro loco (o loca o tonta). Y en este caso la realidad del saber popular se hace patente cuando hoy mismo, la jefa de filas de este grupo de gente incalificable que gobierna Barcelona, la señora alcaldesa, se ha destapado con otra propuesta estrella, de esas que nos dejan a todos ojipláticos.

Que dice Ada Colau que lo que hay que hacer ahora es quitar el puente aéreo. Que para qué, si ya tenemos trenes.

¿Qué más da si hay cientos de conexiones al día con montones de países que dependen precisamente del puente aéreo para que la gente que vive, ya no sólo en Barcelona, sino en toda Catalunya, pueda llegar a sitios tan poco interesantes como todo el continente americano? Qué le importa a Ada, si ella es alcaldesa y cuando viaja a las reuniones de la convención de ciudades de la ONU la llevan y la traen sin tener que preocuparse de nada. El que no tenga chófer, coche oficial o pase VIP que se espabile, oiga.

Pero estas dos perlitas no son más que las guindillas del pastel de una política de acoso y derribo al habitante de Barcelona (entendiendo por habitante a todos aquellos que a diario transitamos por la ciudad y no somos ni guiris, ni puteros, ni delincuentes de cualquier tipo), y al modus vivendi que tenemos por esta tierras, que no es más que el de los afortunados que vivimos o trabajamos en una ciudad privilegiada, en un mar privilegiado, con un clima de película y donde, hasta hace 5 años, se podía salir a disfrutar, fuera cual fuera tu poder adquisitivo.

Pero eso se acabó, fruto de la guerra emprendida por los“Comunes” (muy bien acomodados en los nada comunes salarios gubernamentales) contra la gente normal. Estamos, queridos y queridas, frente a una manifiesta sociopatía galopante al mando.

El odio visceral que ha venido profesando el equipo de gobierno municipal por cualquier cosa que nos gustara hacer a la gente normal podría calificable de conducta obsesiva, tal como ha sido paralizar el sector hotelero, con los consecuentes despidos y precarización del sector; acoger a la industria del puterío con los brazos abiertos hasta hacer de Barcelona destino sexual preferente referenciado en todos los chats porno de Europa; subir el precio del transporte público hasta las nubes pero sin una sola mejora; su acoso y derribo a muerte contra el sector de la hostelería, incrementando en un 300% el precio de las licencias de las terrazas, hasta el punto que sólo las pueden utilizar los que puedan pagar una caña a precio guiri, o su empeño por cerrar los locales de ocio nocturno, donde todos hemos ido alguna vez, sin dar ninguna alternativa.

O el desprecio por la gente trabajadora normal, como las trabajadoras del servicio municipal de atención domiciliaria, que tienen sueldos paupérrimos de 7€ la hora; todo porque, la reina de las “remunicipalizaciones” ha decidido que esa remunicipalización de atención alas personas dependientes le iba mejor que la hicieran las empresas de Florentino Pérez (un señor de fortuna poco “Común”), las cuales tiene concesiones con el Ayuntamiento de Barcelona por unos 141 millones de euros. Millón arriba, millón abajo.

Y lo último, querer desconectar a Barcelona por aire, pero ni palabrita de los cruceros que llegan a decenas cada día al puerto y que contaminan mucho más que los aviones. Concretamente, según la Agencia Europea del Medio Ambiente, mientras que el avión contamina 285 gramos de CO2 por km y pasajero, el tren contamina apenas 14 gramos.

Pero lo gordo está en los cruceros que, según la Organización Mundial del Turismo, contaminan 1.000 veces más que viajar en tren y además, pueden producir hasta 210.000 litros de aguas residuales en una semana, en un crucero de 3.000 personas. Multiplicar por el número de cruceros que nos invaden diariamente y morir del susto. Pero de esto ni la señora alcaldesa y ni su escudero el de las pegatinas de colores, dicen pío. Debe ser que eso a ellos sí les gusta.

Cuando la sociopatía está al mando

Para explicarme este comportamiento tan cainita con la ciudad que ella misma gobierna, a veces pienso que o nunca en su juventud la dejaron entrar en los locales de fiesta que ella quería, le pusieron mal de comer en algún restaurante, o se le cagó una paloma en la cabeza mientras estaba en una terraza. O simplemente es que todos los que no tenemos una idea del mundo elitista y posmoderna como la suya y la de sus colegas; les caemos mal y la cosa es hacernos la vida invivible.

Pero lo cierto es que, aunque le ocurrieran todos esos episodios levemente traumáticos, la explicación es otra. Y siguiendo el principio de la navaja de Ockham, la más sencilla. En este caso, todo este caos surrealista que vivimos a manos de la lideresa municipal pasa por poner al frente de algo tan serio como una ciudad a alguien que en lugar de tener proyecto tiene prejuicios.

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