Cuando decían que si se hacían pajas se quedaban tontos…

nuria gonzalez

He tenido una semana muy pornográfica. Estuve en la presentación de un estudio que ha hecho mi amigo Lluís Ballester y Carmen Orte, ambos profesores de la Universitat de les Illes Balears, sobre cómo han cambiado las relaciones interpersonales y afectivas a partir del consumo masivo de porno, especialmente entre los más jóvenes.

Según el resultado de este estudio, y si fuera verdad aquello que decían de la correlación entre granos en la cara y masturbación, descubrir y patentar la fórmula contra el acné sería el mejor negocio del mundo, después de la distribución del propio porno, claro.

Nuestros niños y niñas empiezan a consumir porno a través de sus teléfonos móviles y tablets a los 8 años de manera accidental y alrededor de los 13 años de manera intencionada. Hasta llegar al consumo habitual de un gran porcentaje de adolescentes que ven unas 3 horas de porno duro a la semana, justo en el momento en que su percepción del mundo y de las personas se está formando. Además, obviamente, lo consumen en soledad y “clandestinidad”, sin que nadie le pueda decir que ver 100 videos seguidos de violaciones grupales no le va a traer nada bueno.

Y da igual donde estén. Es muy irónico que el porno sea una de las cosas más democráticas que exista en nuestra sociedad hiperconectada actual, puesto que, según el estudio que os digo (“Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales”,Ediciones Octaedro), consumen el mismo porno violento y el mismo rato los y las adolescentes de una aldea de Teruel, los de Torremolinos o los del barrio de Salamanca en Madrid.

Además y para más choteo, la industria pornográfica ha sabido solventar antes que ningún político y para su propia supervivencia el tan últimamente nombrado problema de la “España vaciada”. El medio rural consume igual que las grandes ciudades. Eso sí es un buen plan de expansión de negocio.

Eso son los datos duros, pero lo más interesante es saber que pasa con un cerebro a medio hacer, en pleno desarrollo, cuando es sometido a este tipo de impactos irreales, violentos y deshumanizados de manera sistemática.

Como dice Ballester, no se puede demostrar porque no se puede experimentar científicamente en laboratorio sobre cómo y cuánto más violan los hombres en grupo consumiendo precisamente esa imagen una y otra vez en sus pantallas. Pero los datos duros, otra vez, que son duros y tozudos, reflejan que el aumento del consumo de porno -y de porno violento- ha crecido exponencialmente, a la par que las agresiones sexuales y que las agresiones sexuales grupales. Así, en 2018 las denuncias por violaciones aumentaron un 23% respecto a 2017 y a su vez, en 2017 habían aumentado un 10% respecto a 2016.

Supongo que todo el mundo entiende que la finalidad última de ver porno es masturbarse. Entonces tenemos que adolescentes, mayoritariamente chicos, después de masturbarse cientos de veces viendo sexo violento en grupo deciden, ya que nos les vale con el onanismo clandestino, que deben probarlo.

Además, así se lo ofrecen las propias webs de porno, que detectan las IP para ofrecer al consumidor aquello que ve en pantalla, pero en carne y hueso a menos de 500 metros de su casa. “No te masturbes todavía. Si tienes 20 euros, a 500 metros de tu casa hay lo que estás viendo. ¿Te atreves?”. Y en la misma pantalla rápidamente al chaval le aparece un mapa de su barrio donde señala en qué pisos puede acceder a lo que, hasta ahora, sólo ha visto en miles de vídeos.

Y ahí están las redes de trata para surtir al mercado de mujeres prostituidas, que pasan de la pantalla a los burdeles. Para desvirtualizar las fantasías de los consumidores del porno violento, mediante víctimas de trata convertidas en esclavas sexuales. Unas 15 millones y medio de mujeres al año en todo el mundo, concretamente.

Pero hoy no quiero hablar de mujeres consumidas sino de los que pasa por la cabeza de los consumidores, de los violadores en grupo, de los jóvenes depredadores que son capaces de salir de fiesta y acabar violando a una compañera de clase de 14 años entre 6 tipos por turnos de 15 minutos.

Se habla en el estudio también de “desconexión moral”, de “anulación temporal de la empatía”, “banalización de la conducta delictiva” o de “incitación a la conducta violenta”. Todo esto se da en los sujetos depredadores violadores en grupo, deseducados en el porno, después de interiorizar que la mujer que han visto cientos de veces filmada y humillada, agredida, maltratada y violada, ya no es un ser humano, y eso les permite esa “desconexión moral” que antes citaba.

Estos sujetos son hombres sanos consumiendo el producto más extendido que esta sociedad machista y patriarcal pone a su disposición a diario, que son las mujeres y el sexo. Desconexión moral, anulación de la empatía, banalización de la conducta delictiva son tres características básicas que podemos encontrar en un psicópata (me lo enseñaron cuando estudié criminología). Y siempre, se empieza desde un móvil.

Entonces, puede que aquella leyenda urbana de los coles de curas y monjas y de las catequesis de barrios y pueblos, en los que te juraban por la salvación eterna que si te hacías pajas te volvías tonto, sea la versión light de la realidad, que no es otra que saber que después de consumir sexo violento de manera masiva y continua, puede convertirte muy fácilmente en un psicópata depredador sexual.

Así que, aviso a las mamás y los papás que me están leyendo: cada vez que le ponen a un niño en la mano un móvil para que no molesten, imaginen lo fácil que tiene poner “culo” en Google. Si quieren saber lo que pasa después, pruébenlo ustedes mismos.

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