Crimea, la revolución cultural se llama Tavrida

Crimea siempre ha sido considerada la perla olvidada del imperio ruso, pero en la actualidad, su potencial cultural está siendo exportado en forma de arte. ¿Cómo? Tavrida.

Crimea, la revolución cultural se llama Tavrida
En la región de Sodek, se celebra un Festival de dimensiones inigualables, cercado de arte, vida y color / Lara Adell

Crimea es un gran diamante pardo. Está conectada con el continente por unas cuantas lenguas de tierra, por una calzada de arena natural en Perekop (al oeste) y por caminos acuáticos que cruzan las lagunas saladas de Sivash (al norte y al este). Crimea tiene para la historia tres zonas: mente, cuerpo y espíritu”.

Así es como el viajero, historiador y divulgador Neal Ascherson describe la joya del Mar Negro en su libro “El mar negro, del siglo de Pericles a la actualidad” (Tusquets, 2016). En élencontramos el estudio antropológico de los diferentes pueblos que habitaron en la zona, un poco de la historia antigua como tal, un extenso e interesantísimo repaso de la literatura y del arte y, como no, las experiencias personales del escritor que, ¿por qué no? me recuerdan al breve y comprimido viaje donde pude descubrir esta conflictiva y fascinante región al este de Europa por la que se han enfrentado imperios.

Crimea no se entendería sin el radiante Mar Negro que la eclipsa. Desde Armianks, al noroeste de la península, hasta Feodosia, al sureste de la región, sus más de 2500 km de costa la unen a Europa únicamente por el istmo de Perekop, de tan solo 8 km de ancho. Sebastopol constituye un lugar único para controlar la salida al mar, es por eso que la flota rusa la fundó hace 200 años. En Sinferopol aterricé la madrugada del 9 de septiembre de 2021 con una estrecha chaqueta y los ojos bien abiertos y no fue hasta llegar a Yalta donde descubríel trolebús más largo del mundo y cómo las distancias, en esta región, te pueden jugar una mala pasada.

Desde mayo de 2020 la península está unida al resto de Rusia por el puente de Crimea, de aproximadamente 20 kilómetros de largo, que atraviesa el estrecho de Kerch y sobrepasa las aguas benditas que un día inspiraron a los maestros de las letras que tanto venero. Antón Chéjov se abrazó a ella como la amante nocturna que nunca tuvo y buscó entre la oscuridad la cura para los desperfectos que le habían causado la tisis y el amor. Un jovencísimo León Tolstoi describió de forma realista el horror de la Guerra de Crimea (1853 – 1856) en su libro titulado con el mismo nombre y la poetisa Marina Tsvetaeva conoció en a su futuro marido, Serguéi Efron, en la frondosa playa de Koktebel. Hasta los últimos de zares de Rusia buscaron un reducto para adormilarse entre su cálido clima y las puestas de sol.

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Dos de las esculturas que presiden el monte donde se celebra el festival / Lara Adell

Crimea siempre ha sido considerada la perla olvidada del imperio ruso es por eso que, durante años, la han utilizado, básicamente, por su posición militar y estratégica. En la actualidad, su potencial cultural está tomando la misma forma que reúnen los grandes proyectos y está exportando la cultura en forma de arte. ¿Cómo? Tavrida.

En la región de Sodek, a dos horas en coche desde Yalta y rodeada de viñedos y construcciones que parecen siluetas calcadas del alfabeto cirílico se celebra un Festival de dimensiones inigualables que tuve el placer de visitar para después, entre sueños, podérselo contar a mi querido y admirado Aleksander Pushkin.  Cercado de arte, vida y color, Tavrida se coronó como el descubrimiento del viaje. La calidad del talento y la cantidad de participantes hicieron de la experiencia un recuerdo inmejorable.

Nada más llegar, los revolucionarios culturales que se preparaban para demostrar su genialidad en los diferentes campos para los que se estaban formando nos recibieron con sus equipos. Bailarines, fotógrafos, pintores, directores de cine, artesanos, escultores, informáticos, científicos. Nadie dentro de este complejo de seguridad superaba los treinta años y todos competían con un único fin: ser el mejor en su categoría.

Festival cultural de Tavrida 2021 / Lara Adell

El Festival de Tavrida comienza en marzo y finaliza en septiembre y por él desfilan los participantes mientras demuestran el talento gracias al cual han sido seleccionados. La recompensa bien vale la pena el esfuerzo, pues el gobierno subvenciona los proyectos ganadores y lanza a la palestra a estos jóvenes instruidos que están dispuestos a comerse el mundo si les ponen delante un buen bocado.

Los estrictos controles de seguridad, la ausencia de bebidas alcohólicas y la extraordinaria organización del campus sorprenden por su eficacia y eficiencia. Entre las diferentes colinas por las que nos desplazamos pudimos reconocer a cada gremio de participantes por la decoración de sus cintas, sus identificaciones, el color de sus sombreritos estivales y la jovilidad de sus proyectos. Una explanada con 35 mil tiendas de campaña (si, han leído bien: 35 mil tiendas de campaña) acogía a visitantes y genios y, aunque ahora la entrada estaba acotada por las medidas de control sanitario, la extensión de tierra que disponen es tan grande que era imposible cruzarse con ninguna persona a menos de dos metros de distancia.

Agradecido por tanta vitalidad, el Mar Negro recompensa a estos muchachos con su presencia, siempre elegante, lamiendo los pies de las montañas que ellos ocupan con un respeto irreverente. Unas playas privadas y la seguridad de una flota armada supervisando el terrero son la sintonía perfecta para poder desconectar del trabajo que, como pude comprobar en primera persona, nunca se acababa en este Festival.

Custodiados por el Mar Negro / Lara Adell

Tavrida. Maravillosa región montañosa que, con la sinfonía del baile de los cisnes y la sororidad de la plenitud juvenil nos acogió con su arte para exportar al mundo el idioma universal que une el conocimiento: la cultura. Dígame señor Pushkin… ¿qué le parece a usted todo esto?

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