¿Correbous para post millennial?

nuria gonzalez

Por si no se han enterado, les tengo una noticia: los millennial, esa generación venida al mundo entre mediados de los ochenta y mediados de los noventa, que ya nació bajo el con un móvil pegado a la mano como una extremidad más y que no recuerda el mundo sin internet, se han hecho mayores. Ya no son los más modernos y modernas y ahora han sido superados por su post generación.

Yo me enteré de esto el otro día cuando alguien hablaba en la tele de una nueva ídolo de masas adolescentes llamada Billie Eilish, una cantante de voz escasa y que parece compartir estilista con la niña del exorcista (les invito a comprobarlo). No le había prestado la más mínima atención a la noticia hasta que la voz en off del reportaje la calificó como “ídolo post millennial”. Automáticamente paré lo que estaba haciendo porque un pensamiento fulminante inundó mi corazoncito: madre mía, que vieja soy siendo del 81…

Y es que las cosas ya habrán notado que van a un ritmo frenético y entre el pensamiento líquido, la post verdad, el post modernismo y ahora los post millennial, yo me confieso un poco perdida. Sin embargo, hay un momento en el año en nuestro país que todo parece frenar un poco y entrar en stand by. El mes de agosto. Eso tampoco es ya como antes, cuando cerraban fábricas, comercios y te costaba encontrar civilización a más de 500 metros de la orilla del mar, pero hay que reconocer que sigue siendo un momento de ralentización.

Billie Eilish

Nos ralentizamos porque muchas veces, a veces porque nos gusta y otras muchas veces porque el exiguo presupuesto vacacional no da para más, los urbanitas de radio y extrarradio invaden pueblos, propios o no, de lugares que el resto de año le son igual de lejanos que la cara oculta de la luna, aunque en realidad no estén a más de unos cientos de kilómetros de casa. Y esos pueblos se esfuerzan en atraer al visitante y llenar de actividades lúdico festivas ese agosto lento para que los lugareños aprovechen, con toda a la legitimidad del mundo, para intentar hacer caja.

Una de esas actividades estrella, sobretodo en el sur de Catalunya, son los correbous (traducción catalana de los encierros de toda la vida). Esta actividad que no es exclusiva de tierras catalanas (ahí están nada menos que los sanfermines), consiste en que cientos de personas se dedican a corretear a un animal potencialmente peligroso, hasta el punto de poder matarlos, por las calles del pueblo o en una plaza de toros de tercera, cuarta o quinta, o desmontable. La cosa se pone más divertida si “embolamos” o atamos al toro y las medidas de seguridad escasean. Eso sí, aquí al menos no nos ha dado nunca por lancear toros hasta la muerte.

Una actividad familiar en la que suelen participar los señores de la familia para probar su valentía, y de paso llevarse al niño para que vaya tomándole el gustillo a la tradición. Las mujeres normalmente se quedan en la grada a disfrutar del “espectáculo”, a veces con tal mala suerte como la señora que resultó gravemente herida el domingo pasado en un correbou de plaza desmontable en Vidreres (Girona), cuando el toro saltó y pisoteó a los asistentes dejando 19 heridos a su paso. Ella, la más grave, ya ha salido del hospital, y nos alegramos mucho por ello. Al pobre animal lo mataron en el acto.

Tras el desafortunado incidente, obviamente, la autoridades locales se afanaron en prometer que en Vidreres los correbous ya son historia. Automáticamente salieron los defensores de estas prácticas, con el argumento de la tradición y la cultura, pero ¿cómo se perpetúan las tradiciones? Y ¿Qué tipo de cultura es la que queremos que persista?

Se da la circunstancia esquizofrénica en Catalunya (como tantas cosas últimamente), que el 28 de julio en 2010 el Parlament aprobó una ley para, literalmente, abolir la tauromaquia. Lo aberrante es que en la misma ley, se blindaban los correbous como seña de tradición e identidad catalanas.

Nadie serio podría creer que esta generación recién llegada de post millennial, que entienden el mundo en virtual, que defienden dejar de comer carne para revertir el cambio climático (aunque no sirva de nada), y que se manifiesta cada viernes en cientos de ciudades para exigir que no les reventemos el planeta antes de que cumplan los 30, seguirían perpetuando tradiciones de maltrato animal que chocan radicalmente con su ideal de vida, si alguien no insistiera en llamar tradición y cultura a algo que si lo dejáramos de promocionar, nadie de las generaciones más jóvenes se encargaría de mantener. Y no lo harían por una razón tan simple como contundente. Porque no les interesa.

Ni a muchos y muchas un pelín más mayores tampoco nos interesa, ni nos gusta, ni creemos que aporte nada a la riqueza cultural de nuestro país maltratar a un animal hasta la muerte ni poner en riesgo la vida de quienes se ponen delante del toro, sin la menor idea de lo que hacen.

No todas las tradiciones son buenas ni constructivas, por eso, por ejemplo, ya no tiramos cabras de campanarios. Y por ello tengo la esperanza de sigamos aboliendo malas tradiciones culturales, como nuestra cultura putera sin ir más lejos. Sin embargo, casualmente los mismos que se pusieron de acuerdo para abolir los toros en Catalunya, son los mismos que hoy siguen de acuerdo para no abolir la prostitución ni hacer nada al respecto. Por eso, compañera, no te alarmes cuando oigas que hay lugares en el mundo que las mujeres valen menos que una vaca. No somos aquí tan diferentes.

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