Contra la violencia de género: ¿Qué podemos hacer? (1/3)

En esta primera entrega, Luis Artigue habla con una juez de instrucción, una psicóloga sanitaria y una víctima de violencia de género sobre el mediático caso Rocío Carrasco como ejemplo de tantos otros casos de violencia de género

Luis Artigue
La Opinión de Luis Artigue para eltaquigrafo.com

Una psicóloga con la inteligencia narrativa de los jueces. Un juez con la inteligencia narrativa de los narradores. Y un narrador…

En medio de este verano con luz de increíble belleza, con tardes que le ponen al cielo una tonalidad como de trigo ardiendo, existe una forma inopinada de hacer reporterismo.

Nos referimos a esto de irse de vinos con una joven gafapasta, a la postre juez de juzgado de instrucción, con veinte años de experiencia en guardias y sentencias de casos penales, y con una voz de reyerta como la de Paco Rabal pero en versión mujer liberada, y agresiva y suficientemente preparada. Posee en el rostro la claridad de los clásicos, y, por eso, no se confunde a sí misma con una chica Vogue. Sin embargo llama la atención que cuente con la capacidad de escandalizarse moralmente de una señora del siglo pasado.

-¿Derecho con perspectiva de género? Yo no tengo ni idea de lo que es el derecho con perspectiva de género. O, si lo sé, no creo que aporte mucho (nos ofertan cursos de formación continua sobre perspectiva de género por jurisdicciones, y yo tengo el de la civil y la penal, pero no me han aportado nada nuevo para mi trabajo –para el desarrollo de los procesos penales, me refiero-).

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Se trata de una chica de armas tomar y de familia bien, erudición no exhibicionista, sesgo conservador disimulado y el rigor y la bravura conversacional de un toro de lidia. Mira y bebe con el desparpajo semi-clasista, femenino, educado y decidido de un personaje de Luis Buñuel en El discreto encanto de la burguesía. Y sabe ser rotunda sin mover ni una ceja:

-El caso de Rocío Carrasco es una exageración televisiva que dudo que ahora, después de tantos años, pueda tener recorrido judicial, ya que una parte ha prescrito, otra ya ha sido juzgada y, además, no se ha acudido regladamente a un juzgado sino oportunistamente a un plató de televisión…

Asimismo hay en su voz entre rústica y wagnerianamente ibérica algo de mujer que ha asumido en su verbalidad, en su verdad, todas las mentiras desmentidas del feminismo burgués:

-Creo en la ley y en el sistema judicial, y sé que funciona… Como todos los jueces yo tengo mis ideas, pero no las saco a relucir en la sala…. La ley es la ley, y yo no creo que haya, al aplicarla, diferencias en el hecho de que quien juzgue sea un juez y una juez… Yo no he percibido nunca, en lo que se refiere a mí, ningún tipo de discriminación ni laboral, ni de trato, ni de sueldo, por el hecho de ser mujer, la verdad.

A media charla, a media copa de sangre de toro por decirlo con un verso zamorano de Claudio Rodríguez, se nos une a la plática una psicóloga sanitaria que trabaja mucho y a vocacional destajo con lo del maltrato de género, doméstico y demás familia psicosocial. Hemos quedado para conversar desde el conocimiento sobre este tema del que a menudo se habla desde la opinión como si ésta fuera conocimiento: el tema de Rociíto, de Antonio David, de si la presunción de inocencia primero o primero la protección del débil, en fin, todo eso.

Y mi copa de vino no hace otra cosa que acabarse.

-El maltrato de género es un abuso de poder ejercido con violencia física o psicológica en el contexto de una pareja que mantiene una relación tóxica de control ,dominación y dependencia –define la psicóloga sanitaria; una mujer pasiva-agresiva estándar con atractivo aspecto de ángel uniformado con traje tres piezas de falda, chaleco y chaqueta gris ejecutivo, porte de vedette tecnicolor y maneras de quien no perdería la compostura aunque la dieran con un palo, por las mañanas, pero ahora a media tarde toda ella, como una sirena tardoadolescente de cabellos de alga, embutida en ropa deportiva o descuidada o informal, la cual la hace estar ahí, ante mí y junto a la juez que se diría que nos supera en status, sin deponer aun así ni un instante su elegancia vital disimulada mediante una mirada neutra y una media sonrisa imparcial que imposibilitan deducir lo que siente-. Y, visto así, sobre todo el maltrato de género es una bomba convivencial que estalla, y produce dolor, sufrimiento, desesperación, humillación, anulación, ansiedad, depresión, heridas, cicatrices y taras de todo tipo…

Pero la juez, planta de mujer rotunda, operística y pianísima como María Callas que fuma con estilo de gran dama de la Rive Gauche del París de los 20, que fuma y conversa como la mismísima Djuna Barnes en el Café Les Amateurs de Montmarte, hoy parece una máquina de apostillar:

-El maltrato de género yo añadiría que es un delito cuando hay eso que dices, pero no de manera puntual sino reiterada –matiza nuestra jueza hipnóticamente seria en apariencia, pero en el fondo ácida, sofisticada y profunda como la voz de Billie Holliday. Y lo hace así, sin deponer la gracia enharinada de su rostro blanquecino, y como recelando castizamente del afrancesamiento sutil de la profesional de la psicología, al cual opone esta juez el deje de rabia ibérica que desde 1808 viene combatiendo intelectualmente todo eso de que un español es un francés venido a menos-. Tú, como psicóloga piensas primero en el dolor y el sufrimiento porque en ese asunto eres como el médico de cabecera que escucha, apoya y previene, pero yo, en cuanto que juez, soy el oncólogo: no estoy para apoyar ni prevenir sino directamente para juzgar y aplicar la ley en casos de maltrato ya en fase avanzada. No actúo por temor a que pueda haber maltrato en una pareja, sino porque ya lo hay. Por ejemplo para dictar una orden de alejamiento en un caso así tiene que haber indicios de delito, y riesgo de reiteración. Piensa, pues, que en un caso puntual de maltrato, cuando se os pide ayuda, el equipo psicológico vais a actuar ya, pero nosotros los jueces, si no existe riesgo de reiteración, pues a lo mejor aún no (entiéndeme, lo de a lo mejor no si no hay riesgo de reiteración es en relación a adoptar o no en ese momento medidas cautelares de protección, pero, en cualquier caso, el proceso sí sigue adelante, si hay indicios, hasta la sentencia si es que no se archiva antes).

-Pues ése es el problema –se queja sutilmente nuestra psicóloga agitanada como una diablura andaluza en la España de faralaes-. Nosotros, cuando realizamos una intervención en un caso de violencia de género (trabajo en un programa específico diseñado y financiado a nivel autonómico e implementado municipalmente), una vez que la mujer –digo la mujer porque es lo más frecuente- acude a solicitar cita con las trabajadoras sociales, se realiza un screening de valoración del riesgo, y se le ofrece la ayuda disponible de utilidad en ese momento para esa persona. Entre esa ayuda técnica y práctica, tenemos el apoyo psicológico, que no muchas mujeres están suficientemente preparadas para aceptar. La consigna es dar prioridad en la intervención a estas mujeres, y realizar una buena acogida terapéutica, y ofrecer terapia psicológica inicial. Lo hacemos para tratar de evitar el dolor y el sufrimiento (a diferencia de la ley y los jueces no pensamos en el castigo; nuestro objetivo es reparar el daño). El sistema se pensó para establecer coordinación entre servicios sociales, servicios jurídicos, sanidad, policía y educación, pero, en mi opinión y por mi experiencia, aún hay mucho que hacer al respecto… Luego, cuando hemos intervenido, valorado y diagnosticado, los afectados y la ciudadanía pide a jueces y fiscales que hagan eso, que juzguen el dolor y el sufrimiento. ¡Pero resulta que tan sólo pueden juzgar el cumplimiento o incumplimiento de la ley!

-Lógico –subraya nuestra jueza con la impavidez del mármol, así, cortando por lo sano los intimismos, delicias y primores de la utopía psicológica, mientras nosotros no podemos dejar de fijamos en sus manos de mujer que, en realidad, son manos de niña por esbeltas y en breve, manos blancas, pálidas, sutilísimas que se crispan al contacto de la violencia social.

La psicóloga guarda silencio y deja hablar como Jacques Lacan en su consultorio.

Y nosotros, aquí, en medio, no olvidamos, pero casi, que estamos haciendo periodismo de actualidad como quien le pone al tiempo su estribillo mediante este escuchar a mujeres doctas y experimentadas con su fuego amigo, con sus dentelladas sucesivas de miel y vinagre, que verdaderamente iluminan.

-Ya, pero, desde el lado de quienes trabajamos al pie del cañón con las víctimas, a veces creemos que la ley se esfuerza en poner un límite para que podamos convivir. Ése es el cometido de la ley. Sin embargo, en lo referente a este tema, ese límite se puso hace tanto tiempo, o se redactó con una mirada sobre el tema de hace tanto tiempo, que no atiende a la nueva mirada que hoy tenemos sobre el maltrato de género ya ni tolerado ni aceptado ni escondido ni justificado. Por eso la jurisprudencia, y la interpretación judicial de la misma, creo que ha de estar en primer lugar cerca del sufrimiento y del dolor y la desesperación, en estos casos… Mira por ejemplo el caso de Rociíto. Todo el mundo es el tema favorito de sí mismo salvo una mujer maltratada: por eso es tan admirable lo de Rociíto, lo de que haya elaborado su relato de maltrato, y lo haga público. Y es que el maltrato de género históricamente siempre ha pertenecido a la esfera privada (y te hablo ya de usos y costumbres), y tenemos muchos prejuicios contra quien lo hace público. Es un prejuicio atávico. Pero desde el ámbito psicológico avanzado estamos trabajando mucho por hacer pedagogía social en el sentido de que no es cierto que el dolor del maltrato de género sea algo que debemos ocultar ni dejar de puertas para adentro. Debemos implicarnos los de fuera, y colaborar para que salga a la luz, y para que sea señalado y recriminado y juzgado, pues en caso contrario, si no somos capaces de poner en primer lugar la eliminación del dolor. Necesitamos ser garantistas con la parte más débil para humanizar la sociedad.

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