Contra la violencia de género: hablan los expertos (2/3)

En esta segunda entrega, Luis Artigue habla con una juez de instrucción y una psicóloga sanitaria sobre el mediático caso Rocío Carrasco como ejemplo de tantos otros casos de violencia de género

Contra la violencia de género: hablan los expertos (2/3)
La Opinión de Luis Artigue para eltaquigrafo.com

 La juez realista (de realidad, pero también de regio); la juez como una intimidante combinatoria de lo técnico, lo amistoso y lo exquisito; la que no muestra su deje conservador sino sólo cada vez que hace saber sin decirlo que es una persona y no un personaje en esta crónica periodística, es un cerebrito años 90 tan brillante y calculadamente hablador como acostumbrado a reprimir el delirio. La psicóloga, por el contrario, desde su alegría de recién venida de los años 80 con el pelo alborotado por culpa de una canción, aunque también es un cerebrito (hizo la carrera de psicología en catalán en la Universidad Autónoma de Barcelona a pesar de ser leonesa, también es economista, Máster MBA Internacional en el Instituto de Empresa y habla seis idiomas) se muestra más allá de lo profesional muy cerca del dolor igual que una bailarina gitana, Carmen Amaya la taconeadora que no da puntada sin hilo enhebrándolo todo sobre el suelo con sus zapatos de tacón psicológico, asistencial y sanitario. 

   –Hay que poner muy en valor el hecho de que Rociíto se haya atrevido a hacer público su relato –puntualiza la profesional de la psicóloga como quien borda en un almohadón esa frase de Albert Camus que dice “entre la justicia y mi madre prefiero a mi madre”-, pues eso la va a estigmatizar socialmente. Pero lo bueno es que también hay en la sociedad quien por ello la va a reconocer, y quien va a seguir su ejemplo. Y aún así sacar a la luz el relato como lo ha hecho ella no es fácil, porque estamos hablando de intimidad, de dolor, de sentimientos personales que duele poner en palabras, y porque darse cuenta de que tus cosas familiares no han ido bien ni van bien es muy doloroso, más aún si tu autoestima está resquebrajada.

   -Ya, pero la ley es la ley, y yo juzgo según la ley y no según la opinión pública o los sentimientos –matiza esta juez con veinte años de experiencia profesional en diferentes juzgados de instrucción-, y es muy peligroso dar pábulo legal al relato de una mujer sólo por el hecho de serlo, pues todos hemos de ser inocentes hasta que se demuestre lo contrario, eso lo primero, y además han pasado ya años, y pueden haber prescrito los supuestos delitos… El caso de Rociíto, hasta donde yo sé, se investigó y se archivó, sin llegar a juzgarse (el proceso se divide en dos fases: la de instrucción y la de enjuiciamiento; cada fase corresponde a un juez distinto, para evitar la contaminación, y solo se llega a la fase de enjuiciamiento si hay indicios suficientes para sostener la acusación; esta es la fase del juicio y la sentencia, que valora sobre el fondo y condena, si hay pruebas, o absuelve, si no hay pruebas o hay dudas. Este no fue el caso de la denuncia de Rociíto, que se archivó en la fase de instrucción… Y es que la ley y la psicología, como la ley y la opinión pública, son cosas distintas. El Código Penal dice lo que es delito en este tema, y yo, como todo juez, solo analizo si los hechos denunciados encajan en el tipo penal, y si hay pruebas o no de su ocurrencia. Y si te lees los artículos del Código Penal sobre violencia de género y doméstica (Art. 153, Art. 171, Art 172 y art. 173), verás que los delitos no coinciden exactamente con el concepto psicológico, ya que de hecho la ley no contempla la dominación o el control, y castiga tanto actos aislados como habituales… Además las sentencias del Tribunal Supremo que han sentado jurisprudencia en esto, en este asunto del relato de la víctima de la violencia y su valor probatorio, en sus fundamentos de derecho señalan cómo ha de producirse ese relato y qué características ha de tener: la declaración de la víctima se considera que cumple con los requisitos para ser tomada como prueba de cargo única cuando cumple con los requisitos de credibilidad subjetiva y objetiva, persistencia en la incriminación y existencia de corroboraciones periféricas respecto a los hechos que son constitutivos del delito de maltrato habitual. Y ha de percibirse asimismo en la declaración de la perjudicada una coherencia interna en su declaración, y no detectarse ánimo espurio de venganza o resentimiento que pueda influir en la valoración de dicha declaración. A tal efecto contamos con un equipo psicosocial de apoyo y valoración que nos informa pericialmente si la víctima detalla claramente los hechos, si distingue las situaciones, los presentes, los motivos, y una falta de propósito de perjudicar al acusado, si discrimina los hechos que tenían lugar habitualmente de los que no, y si, en definitiva, se aprecia que concurre verosimilitud conforme a ley, y si, además, la declaración es persistente en las sucesivas fases del procedimiento, y no se aprecian ni contradicciones ni lagunas o cambios de versión (contamos con esa ayuda del equipo psicosocial, pero somos finalmente los jueces los que valoramos si la declaración de la víctima cumple los requisitos; el equipo psicosocial hace informes sobre la situación personal, familiar, etc, de las víctimas, pero solo pueden valorar la veracidad del relato si se trata de menores de edad)… Así está la ley en lo tocante al relato de la víctima como prueba. Mira tú misma si el relato de Rociíto cumple con estos criterios, aparte de que ella el relato no lo ha efectuado en un juzgado, sino en un plató de televisión, lo cual es para pasmarse. Así está la ley en cuanto al relato de Rociíto. ¡Y, desde luego, existe la presunción de inocencia!

   -Desde luego que existe la presunción de inocencia, y nadie aquí en principio dice que Rociíto sea una mujer maltratada. ¡Decimos que se siente una mujer maltratada!

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   –¿Y cuál es la diferencia? –pregunto yo, embelesado, apabullado y atento.

   Desde el ejercicio del periodismo en su noble vertiente de servicio público, el periodismo que forma a la vez que informa porque no renuncia nunca a ser una forma de conocimiento de la miseria humana y de la maravilla humana, escribimos esta crónica de rabiosa actualidad que, en realidad, es una forma de dejar hablar, de observar, de mirar, de escuchar y de familiarizarse con dos mujeres muy distintas, psicóloga afrancesada con algo de sirena adolescente con cabellos de alga que nos hace admirar Francia y luchar contra un afrancesamiento que nos viene de vuelta cada Dos de Mayo, una, y otra el hispanismo noventaiochista y castizo tan intelectual como torero, y tan riguroso como expresado con la celeridad y la bizarría que caracteriza a los españoles, que parece que estamos siempre sacando una espada. 

   -Pues la diferencia entre “yo me siento una mujer maltratada” y “yo soy una mujer maltratada y lo puedo demostrar” es lo que hay que dirimir en estos casos al escuchar el relato, y analizarlo profesionalmente, y comprenderlo como un relato fiable –contrapone nuestra psicóloga esgrimiendo modo y maneras de boxeador que encajara los golpes con dulzura-. Y es lo que tenemos que entender en este caso. En esencia es grosso modo la diferencia entre el maltrato psicológico y el maltrato físico real y crudo (de hecho así me lo decía hace poco una paciente). Yo no tengo secuelas físicas –te dicen-; yo no llevo un moratón en un ojo. Pero yo me siento una mujer maltratada… Las víctimas te dicen eso a duras penas (piensa que entre las mujeres víctimas de violencia de género que yo he tratado, un síntoma común es su dificultad para comprender y poner en palabras lo que les lleva mucho tiempo ocurriendo y comenzar a despojarse de la culpa por sentirse responsables sobre todo el daño causado a ellas, a sus hijos e hijas…). Ellas se sienten maltratadas, las que logran saber que se sienten así, pero tal vez su pareja ni sea consciente de que está maltratando (cuando es un tema de educación machista, de costumbres, de contextos, de repetición de patrones familiares o de patologías previas). Siento que hay una pauta y una estrategia de humillación, de manipulación, de vejaciones de todo tipo que tienen el objetivo de llevarte a donde te quieren llevar, esto es, a esa anulación lenta y paulatina necesaria para la sumisión. Un decirte “no te hablo”, para rebajarte en tu propia casa, ante tus propios hijos, y que tú te sientas cada vez más pequeñita y anulada… Pero todo empieza con la voluntad de dominación y de control.   

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