Conmigo o contra mí

El deporte, la religión y la política son el caldo de cultivo del fanatismo, una condición que, más allá de la violencia, esconde un profundo sentimiento de adhesión a una causa sin matices ni límites

Conmigo o contra mí
El partido Betis - Sevilla de la Copa del Rey tuvo que suspenderse después de que un espectador lanzara un objeto contundente contra uno de los jugadores / DAZN

Una fina línea separa la pasión de la obsesión, un límite que muchos conocen pero solo algunos respetan. El fútbol, uno de los deportes más seguidos a nivel mundial, despliega, cada fin de semana, las alas de una parte de su afición que espera impaciente el ansiado partido para desatar la fiera que llevan dentro: son los conocidos fanáticos. Se visten para la ocasión y desarrollan un comportamiento violento que, movido por sus creencias, se intensifica hasta el punto de estar dispuestos a matar por los colores de su equipo. El mismo esquema reproducen los fanáticos de una religión o partido político.

El fanático se caracteriza por una sobrevaloración afectiva de sus creencias, razón por la cual se sienten amenazados cuando alguien no comparte su mismo ideal, convirtiéndose en protagonistas de episodios de violencia cargados de ira y odio. Cuando esta creencia se encuentra muy arraigada en el fanático, el otro es visto como un enemigo al que exterminar.

Violencia como respuesta

Insultos y amenazas es el primer paso que precede a la violencia que desencadena el comportamiento de los fanáticos. El pasado 16 de enero, durante un partido de la Copa del Rey entre los dos eternos rivales, Betis-Sevilla, un espectador no pudo contener su rabia y lanzó desde las gradas una barra de plástico que golpeó en la cabeza del dorsal número 8 del Sevilla, Joan Jordán. El árbitro, sin dudarlo ni un segundo, dio ejemplo de lo que cabría esperar ante tal situación: suspendió el partido. ¿Qué hubiera ocurrido si el encuentro hubiera continuado? No lo sabremos, pero por el ambiente que se respiraba en el Benito Villamarín no creo que pudiera ser nada bueno. Ricardo de Burgos, el árbitro del partido, respondió de la mejor manera posible, frenando en seco una violencia a la que solo le bastaron 40 minutos para manchar la jornada de Copa.

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El clásico andaluz ha vivido más capítulos como este. Fue en 2007, también por la Copa del Rey, cuando un fanático del Betis arrojó al campo una botella que impactó en el entonces entrenador del Sevilla, Juande Ramos, dejándolo inconsciente en el suelo.

Y aunque este tipo de comportamientos no sean algo nuevo, lo cierto es que no dejan de ser recurrentes y siguen manchando el nombre de un deporte que mueve masas y aclama a miles de seguidores. La cuestión es que esa violencia, que se derrama del fútbol profesional a las categorías de fútbol base, acaba por normalizar un comportamiento intolerable y bochornoso.

Sin límites ni matices: obsesión descontrolada

Y sé bien de lo que hablo. Cada fin de semana, durante siete años, he calzado mis botas y he saltado al campo de fútbol, provista de un silbato y dos tarjetas, dispuesta a enfrentarme a insultos, abucheos, faltas de respeto, etc., y he vivido de cerca cientos de experiencias, algunas mejores que otras, que a día de hoy me permiten afirmar con total seguridad que el fanático desarrolla una obsesión descontrolada capaz de arrasar con todo aquello que se le ponga delante. El grado de violencia del fanático se reproduce e intensifica mientras persigue un estado de excitación que acaba afectando gravemente a su esfera emocional.

El deporte es solo uno de los muchos ámbitos en los que podemos encontrarnos con esta realidad que, como vengo apuntando, sacude con fuerza a la sociedad hasta el punto de recordarnos que podemos llegar a ser nuestro peor enemigo. Y tú, ¿hasta dónde serías capaz de llegar para defender a tu equipo?

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