Condenando la decencia

Es culpable de rebelión, pero de rebelarse contra la mediocridad.

lluis carrasco llovet

Demasiado brillante para ser policía.

Demasiado eficaz para ser funcionario.

Demasiado honrado para ser político.

Demasiado íntegro para ser español.

En este país llevamos un par de años percibiendo una alta judicatura absolutamente intoxicada y, en este marco de mínimos, este lunes se inició el juicio, probablemente, más vergonzante vivido desde la instauración de la democracia contra un servidor público, público y ejemplar.

Trapero, el mayor, Josep Lluís Trapero, será juzgado por rebelión y a fe cierta que es culpable, pero no de rebelarse contra la sacrosanta unidad del estado español, no contra la obligada obediencia de los conductos reglamentarios, no contra los estrictos códigos deontológicos policiales… No…

Es culpable de rebelión, pero de rebelarse contra la mediocridad.

Ejemplo de rigor

Nuestro Mayor, un ejemplo de rigor, rectitud en sus funciones y rendimiento policial en el país de la mezquindad, cometió el delito de rebelarse contra la estupidez de perseguir a un pueblo, cometió el delito de rebelarse contra la brutalidad de aporrear gente indefensa, el delito de rebelarse a faltar a su juramento sagrado de defender y salvaguardar la paz y la convivencia entre sus conciudadanos.

No, España no juzga al hombre, España juzga a lo que representa un insigne servidor público que osó defender, ordenando el «no ataque» y la inacción de su cuerpo policial, mientras otros uniformes, abducidos por el ruido mediático más reaccionario y la ira popular de las capas más casposas de la cultura ibérica, repartían estopa en la representación marcial contra la ciudadanía más absurda e ineficaz que se recuerda.

Trapero, un hombre que, les puedo asegurar, gusta de huir de cualquier reconocimiento u homenaje, cometió el delito de la competencia cuando le ordenaban obediencia, el delito de optar por la eficacia cuando se pretendía una falacia.

La persecución de un no político

Y ahí estamos, yo confeccionando un artículo en el que me duelen todas y cada una de las letras que escribo, ya que, en la enloquecida persecución contra la lucha soberanista de Catalunya, hoy sientan, en el más ilustre banquillo de acusados y persiguen políticamente, a alguien que ni siquiera es político, pero que durante unas horas decidió no condenar ni reprimir la dignísima lucha de un pueblo por su libertad.

Una lucha que les puedo asegurar no es la lucha del Mayor Trapero, pero de un pueblo, eso sí, del que Trapero, sin pretenderlo, se convirtió en el más digno representante.

Espero que la sentencia no contenga ni un solo día de privación de libertad, no por él, que también, sino sobre todo por ustedes.

Pérez de los Cobos, quién ordenó abrir cabezas, hoy —cabizbajo—, vive condecorado…

Trapero, quién ordenó cerrar heridas, hoy —con la mirada tranquila y la cabeza alta—, vive perseguido…

Y es que nunca, como en este caso, eso de «Mayor» ha sido más cierto.

Gracias Trapero, es usted muy grande.

Como escribió Machado:

Españolito que vienes
al mundo te guarde Dios.
Una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

Y ahí seguimos… Congelados.

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