Cleopatra, la última reina de Egipto

La vida de Cleopatra desde los ojos de Iras, una de sus esclavas. Un paseo por la vida, los triunfos y derrotas de la reina más aclamada del antiguo Egipto. Una historia que solo un amor letal pudo poner fin.

Cleopatra, la última reina de Egipto
Cleopatra y Marco Antonio

Se retiró temprano de los festejos tras hacerle una señal a su esclava para que la siguiera y la ayudara a desvestirse, primero quitándole el collar de oro que le rodeaba el pecho y después sacándole cuidadosamente la peluca, los pendientes y los restos de kohl que cubrían su cara. La faraona se desprendió de todo lo que le sobraba y acarició el anillo de oro rodándolo compulsivamente por su dedo. Ambas sabían que el final estaba cerca.

Me llamo Iras y soy la esclava de Cleopatra VII: la última faraona de Egipto, la inconmensurable reina de Oriente, la seductora y poderosa mujer capaz de embaucar a emperadores y gobernantes y la salvadora de la capital del Imperio. Esta que van a leer a continuación es la única historia que les puedo contar.

Iras, la esclava de Cleopatra

El llanto de la criatura me saca de mis aposentos. Él ‘pequeño César’ busca el pecho de su madre, pero mi Señora se encuentra solventando una de tantas guerras que se ha iniciado en Alejandría, así que yo misma destapo mi seno caliente y lo acerco a la boca del pequeño, que succiona con avidez mientras le caen las ultimas lágrimas de desesperación. Recuerdo el día en el que el gran Julio César acudió a Egipto en busca de fuentes de financiación y como mi Señora le entregó sus virtudes enrolladas en una alfombra.

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La fama de Cleopatra todavía no se había extendido. El emperador romano solo vislumbraba en el país de los faraones un reino tan rico y con tantas posibilidades de poder que el hecho de convertirse en dueño y señor de toda la región le causaba una sensación de control descontrolado.

Años atrás, la joven Cleopatra había contraído matrimonio con Ptolomeo XIII. La unión de ambos hermanos le dio la libertad para poder gobernar dejando fuera todas las decisiones que pudiera aportar su marido. Fue entones, en agosto del año 51 antes de la llegada de lo que la religión cristiana bautizaría como Nuestro Señor, cuando La Señora se convirtió en Cleopatra VII Filopátor, ‘la que ama a su padre’, “Dueña de las dos tierras”, reina del Alto y del Bajo Egipto.

Lujo y ostentación en la Corte

Recurriendo a una serie de maniobras autoritarias a la vez que inteligentes, la futura faraona se sacudió de encima el lastre de su esposo y se evidenció como la ley viviente, responsable del orden y la prosperidad, propietaria de sus súbditos y de su territorio, auténtica divinidad coronada a la que le rindieron culto real tanto los sacerdotes egipcios como el clero griego.

Mientras acuno al niño no reconocido del emperador romano y la reina de Egipto, pienso que no hay nadie entre el séquito de asesores y eruditos que nos acompaña capaz de hablar los ocho idiomas que la reina domina sin necesidad de esfuerzo. Incluso aprendió la lengua autóctona de la mayoría de sus súbditos, el egipcio demótico, evidenciando a sus antepasados que no se dignaron a hacerlo durante el transcurso de toda su historia.

Cleopatra es sumamente inteligente. No conozco a nadie igual. Con apenas dieciocho años, fue testigo de todas las atrocidades que acompañaron la restauración de su padre en el poder y normalizó la conducta de la supervivencia como medio locomotriz de estabilidad, así que mandó asesinar a su hermano y marido para poder avanzar en su reinado. No me sorprendió la ausencia de duelo cuando asesinaron sin piedad a Julio César en los idus de marzo del año 44 ni tampoco la distancia que mantuvo con el pequeño ‘Cesarión’ cuando su padre desapareció de la vida de ambos.

Cleopatra llegando a Roma

Como sus antecesores, la reina iba a gobernar mediante edictos, decretos e instrucciones, ayudada por un personal especializado y supervisada por una serie de funcionarios y generales griegos de total confianza. Pronto demostró su capacidad estratégica y dio claras muestras de su genio político adoptando drásticas medidas, como devaluar la moneda con el propósito de facilitar las exportaciones o inaugurar una nueva política religiosa con el propósito de ganarse la voluntad de la casta sacerdotal que poseía buena parte de las tierras. Sin embargo, para conservar con seguridad su puesto en el trono de Egipto, seguía necesitando una sólida relación con Roma y, para eso, precisaba de un hombre.

La relación de Cleopatra y Marco Antonio la puedo describir como una unión motivada por la pasión amorosa y desbordada hasta tal punto que el emperador romano pasó a ser un títere en manos de la mujer más poderosa del mundo. El día que se dispuso a recibirla, Cleopatra subió por el rio Cidno hasta Tarso en una nave con velas de color purpura, sentada en un trono dorado situado en lo alto de la popa, bajo un dosel bordado con lentejuelas de oro.

A la izquierda de su asiento se encontraba Carmión, mi compañera y esclava y, a la derecha, estaba recostada la servidora que ahora habla, disfrutando humildemente de la escena como si alguien fuera fijarse en mi presencia y en las cadenas imaginarias que me ataban a la historia de mi pueblo. Desde mi perspectiva podía ver como la tripulación estaba formada únicamente por mujeres de gran belleza que manejaban remos de plata y oro. Cuerpos esculpidos que hablaban sin necesidad de pronunciar ni una sola palabra.

La fastuosa llegada dio lugar a un gran banquete cuyo recuerdo estaría unido para siempre al nombre de Cleopatra y Marco Antonio. El general romano vislumbró las ventajas de contar con la ayuda económica y militar de Egipto y se enamoró de la ostentación con la que lo enredó hábilmente la Reina.

De su estancia en Egipto nacieron dos gemelos hermosos y chillones que fueron bautizados simbólicamente como el Sol y la Luna, aunque sus nombres reales fueran Alejandro Helios y Cleopatra Selene. La Faraona le impuso una serie de requisitos a su emperador y, tras acceder a ellos, Roma le declaró la guerra a Egipto con el pretexto y la acusación de querer ser la reina de Oriente y querer dominar al Imperio Romano.

Todo esto lo puedo contar porque, como sucede en las cortes reales, el soldado que me asistía en mis noches de soledad tenía más ganas de hablar que de intimar y yo lo escuchaba atentamente entre halagos y lisonjas sabiendo que las decisiones que tomara mi Señora iban a marcar el destino de mi vida.

Octavio acorraló a la pareja en la batalla de Accio y, sabedor de su victoria, amenazó a Cleopatra con pasearla atada entre la plebe de Roma para que todo el mundo contemplara la humillación en su cara. Fue en ese momento, el mismo en el que nos encontramos ahora, cuando la soberana decidió que antes se quitaría la vida que entregarse a un pueblo que la odiaba, pero yo sabía que su despecho se debía a la sinceridad del emperador Octavio. “Si no hubieras tenido esa nariz, todo en la faz de la tierra habría cambiado”. Sabedor de las intenciones de Cleopatra, Marco Antonio se clavó un espada en el vientre y empujó a su amada a actuar en consecuencia.

La muerte de Marco Antonio

Se que la historia de mi Señora dará que mucho hablar en el futuro. De ella se apoderarán las peores voces para calumniarla y, a su fama de ambiciosa y bella, se le colgarán otros adjetivos que nada tendrán que ver con su persona. Es imposible pensar que, en el momento de desesperación en el que nos encontramos ahora, la historia de la Reina copará cientos de libros de estudio de los mejores maestros, entre ellos Plinio el viejo o Flavio Josefo.

Incluso un tal William Shakespeare le dedicará una obra que marcará el inicio de la literatura en la edad Moderna. Esculturas y pinturas llenarán las mejores terrazas y con el salto a la gran pantalla se estrellará estrepitosamente su fama pues, todo por lo que luchó en vida, quedará reducido a la simple visión masculina de los que guionizarán su vida y mancharán su reputación.

La muerte de Cleopatra

Cleopatra. Cleopatra VII. La dedicación por salvar a su país de la dominación romana nos ha traído hasta este mausoleo cargado de joyas y tesoros. Su dignidad no dejará que la capturen las tropas de Octavio para avergonzarla por las calles de Roma y su egoísmo hará que, tanto Carmión como yo, nos vayamos de este mundo dándole la mano, acariciándole los cabellos, untándole el cuerpo con los aceites perfumados que un día, ya muy pasado, dieron fama a su coquetería.

Ahora me dispongo a beber del brebaje que contiene el anillo dorado de su mano no sin antes aclamarme a ustedes con la recomendación de una última y breve historia, la de un escritor español que será capaz de reproducir en su libro la vida de esta diosa mortal sin florituras ni desdoblamientos.

Gracias Miguel Ángel Novillo López (1981). Tu lectura será un bálsamo de instrucción para los jóvenes aprendices que quieran conocer la vida del Ama y un entretenimiento didáctico para aquellos que busquen veracidad en este periodo ecléctico de la época de mi país. Yo me voy escondida entre los pliegues de una fortuna ajena, muriendo lentamente como nunca he vivido y siendo sabedora que, aunque la invisibilidad de las esclavas es el sino de nuestra vida, sin nosotras no se hubieran construido las torres que dan forma a la historia.

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