Clara Ponsatí es exiliada como yo monja

Todos en este país somos iguales en dignidad humana, y, quien no lo crea así, es un puto fascista

Luis Artigue

La editorial Taurus publicó en su día El aciago Demiurgo, de E. M. Cioran, sí, Cioran, un filósofo próximo al abismo pero influyente, un lírico en prosa, un pensador lleno de metáforas, un depresivo brutal, rumano exiliado que es uno de los ensayistas fundamentales del nihilismo culto y cortavenista, y es, por supuesto, la influencia principal de todos los escritores de su país, desde el absurdo Ionesco, al postmodernísimo Mircea Catarescu.

En esa editorial leímos también en su día de Cioran Breviario de podredumbre y La tentación de existir, y se nos reveló del todo, en verdad, como exiliado epítome, así como un pensador resquemado, entre Nietzsche y Lautremont, excesivo sin duda pero a menudo genial.

Del nihilismo hacia la derecha se mueve, efectivamente, por lo general, toda esa leva de intelectuales centroeuropeos exiliados de los que Cioran quiere ser un ejemplo (no así los intelectuales exiliados de guerra españoles del 36, en su mayoría izquierdosos), pero, cuando se tiene el temple de Cioran, como hizo el rumano se deja de lado la derecha y se queda uno con lo del exilio y lo del nihilismo.

Cioran se pasó más de cuarenta años en París y Grabriel Marcel siempre sospechó de él que era el diablo encarnado en figura de rumano y de exiliado. Cioran tenía el perfil fruncido y el pelo como una llama. Decía, Cioran, por ejemplo, “después de algunas noches debería uno cambiar e nombre, porque ya no es el mismo!”… Decía también “No tengo nacionalidad, el mejor estatus posible para un intelectual”…

Seguramente Gabriel Marcel tenía razón, y Cioran era el diablo sin pasaporte, pero, diablo o no, no un jeta político.

Todos los grandes exilios masivos dan siempre unas figuras trágicas y gigantescas, como es el caso de la España del éxodo y el llanto, porque el natural talento de una generación se ve potenciado por el drama geográfico-político, y por el arranque del seno acomodaticio del arraigo burgués.

Pero en nuestros días están de moda los jetas impostores como Puigdemont y Cia que se ponen a sí mismos el estatuto de exiliados cuando carecen del desarraigo bélico y el con una mano delante y otra detrás del Machado desnudo como un hijo de la mar, y carecen desde luego de la brillantez trasladada y traslaticia de Cioran.

Sí, está de moda la gente con mierda moral en el cerebro como la exconsejera de la Generalitat de Cataluña (huida de la justicia para no pagar sus cuentas con la justicia tras ser acusada de prevaricación, malversación de caudales públicos y desobediencia al Tribunal Constitucional, lo cual no es ser exiliada sino una jeta política) Clara Ponsatí.

Ponsatí, en medio del brote de peste moderna que ha convertido Madrid en la ciudad de los leprosos, y tras compartirse la última hora de enfermos y fallecidos por el coronavirus en la capital de España, acaba de añadir en un pérfido tuit vacío de gracia y lleno de odio «De Madrid al cielo»… ¡Uff!

Nosotros estamos exiliados en casa porque, a diferencia de Cioran, tenemos esperanza en que todo esto pasará haciéndonos al final más fuertes.

De hecho al hacerlo confiamos en nuestros valores, pues no estamos confinados en casa para que no haya coronavirus en España, sino para que no haya coronavirus, pues nada de lo humano nos es ajeno, y menos aún el sufrimiento del prójimo.

Estamos por eso orgullosos de que el gobierno de España estudie, opere e implemente una respuesta única a esta crisis sanitaria para toda España, pues todos en este país somos iguales en dignidad humana, y, quien no lo crea así, es un puto fascista.

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