Cine de culto y todavía algo oculto

La torre de los siete jorobados hoy sigue siendo admirable y merece la pena volver a disfrutar de ella para reírse con los personajes, asustarse con las apariciones y regodearse con el ambiente de otra época

la torre de los siete jorobados

Rareza insólita, anomalía extravagante o pionera irrepetible son algunos calificativos que podemos dedicar, sin exagerar nada, a La torre de los siete jorobados (Edgar Neville, 1944). Supongo que ya quedan pocos a estas alturas por descubrirla (perdón por el ripio del titular, fácil pero real), sin embargo siempre es un placer emprender el viaje en el tiempo que es esta película, llena de misterio, folclore y sentido del humor. Un tiempo en el que hacer cine en España era una aventura para aventureros sin miedo y con biografías insólitas.

Neville se basó en la novela de 1920 del particular bohemio Emilio Carrere, tan particular que la novela no era suya, sino que la “completó” ampliamente Jesús de Aragón (¡el Julio Verne español!), como tan bien nos contaba Jesús Palacios en la edición de Valdemar. Entre castiza y espiritista, la novela es un excelente divertimento algo caótico, pero que se lee en un suspiro y con una galería de personajes y de tramas enrevesadas de lo más gozosas. (Por cierto que el año pasado David Lorenzo publicaba su adaptación al cómic, dando muestra de su actualidad y modernidad).

Cine de culto y todavía algo oculto

Edgar Neville, conde de Berlanga de Duero, amigo personal de Chaplin (aparece en Luces de la ciudad) y genio literario y cinematográfico (La vida en un hilo, El baile), parecía la persona ideal para llevar ese particular mundo del fantástico de aire castizo al cine. En efecto, si metemos a Arniches en El gabinete del Doctor Caligari, el resultado podría ser esta torre insólita que está, agárrense… en el subsuelo madrileño.

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Antonio Casal aporta su inocencia a Basilio Beltrán, joven supersticioso que consigue ganar a la ruleta gracias a un ser de ultratumba, quien le manda proteger a su sobrina. Todos los que han visto la película no olvidan a Robinsón de Mantua (enorme Félix de Pomés, quien jugó en el Barça, fue olímpico español por esgrima y debutó en el cine mudo… alemán. ¿Se dan cuenta de qué tipos y de qué biografías estamos hablando, que cada nombre citado da para un libro?). Robinsón aparece atravesando un espejo en un plano maravilloso, con un sombrero de copa y tuerto de un ojo. Su porte elegante y su aspecto terrorífico recuerdan al Lon Chaney de London After Midnight (Tod Browning, 1927), película hoy perdida que vaya usted a saber si Neville había visto. Eso sí, el director aporta su toque personal: Don Robinsón solo echa de menos en “el otro mundo” a una sugerente estatua de la Venus de Milo que tenía en su escritorio… Olé.

la torre de los siete jorobados

El caso es que Basilio tendrá que lidiar con misteriosos jorobados, ese mundo de laberintos bajo el Madrid de los Austrias y seres de ultratumba. Pero Neville dominaba el costumbrismo y, eliminando escenas y personajes del libro, añade su particular humor (aparece el fantasma de Napoleón preguntando quién le ha invocado), una novia cupletista y su oronda madre que está a “dieta” (“¡Hoy se ha comido una vaca!”, dirá un sorprendido camarero), o esos elementos de finales del XIX, principios del XX, que nos llevan a otra era: un teatro de cachiporra, niños jugando a los toros, el imprescindible organillo, el servicial sereno…

La mezcla imposible surge con todo lo que viene del expresionismo alemán. El villano Doctor Sabatino (Guillermo Marín) es el malo ya solo por cómo mira retorcidamente y por su joroba, claro (la deformidad como marca de carácter: ¿se podría hoy rodar algo así?). Es quien secuestra a la chica con hipnosis (como Caligari) y con intenciones nada claras y abiertas a la truculenta imaginación de cada cual… Pero el gran milagro de la película son los decorados de las profundidades. Siguiendo a un sospechoso, Basilio ve cómo este desparece en la noche como hará Harry Lime en las alcantarillas de Viena muchos años después. Cuando descubre por fin la puerta de entrada, viajamos a un mundo con mazmorras, prisioneros alocados, una escalera que parece conducir al infierno de Dante o la famosa torre. Todo ello, retratado con una fotografía llena de sombras, que, por un lado ocultan la falta de medios, por otro, subrayan el ambiente de miedo con risa floja: glorioso.

la torre de los siete jorobados

La historia se completa con la policía, porque, si fuera poco lo del espectro y la sobrina secuestrada (Isabelita de Pomés, hija de Félix), se añaden unos falsificadores de moneda para darle más empaque “oficial” a la investigación. Como es lógico, tantos elementos (y más que hay en la novela) terminan por resolverse de forma algo precipitada, pero el disfrute no nos lo quita nadie.

La torre de los siete jorobados es una isla en el cine fantástico español. Sin duda, influyó en el nacimiento de la famosa “Edad de Oro” del fantástico que vendría en los 60 y 70, aunque pocos se atrevieron a reconocerlo. Hoy sigue siendo admirable y merece la pena volver a disfrutar de ella para reírse con los personajes, asustarse con las apariciones y regodearse con el ambiente de otra época.

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