Cincuenta testigos y dos acusados: Nada nuevo bajo el sol

Lo cierto, es que estas testificales no han aclarado los tres grandes interrogantes de este crimen.

Paz Velasco de la Fuente

En las tres primeras semanas de juicio, hemos escuchado a 50 testigos. Desde los que encontraron el coche calcinado hasta una exreclusa que compartió prisión, confidencias y amistad con Rosa Peral. Por la imponente sala, y ante la mirada atenta de todos los presentes, han pasado compañeros de trabajo, el exmarido de Rosa Peral y su actual pareja, amigos de Rosa y de Albert, familiares de la víctima, investigadores, la exesposa de Pedro, detectives privados, la directora del centro penitenciario, Wad-Ras, y hasta un repartidor de pizza. Y, por supuesto, Francisco Peral, el padre de Rosa, que declaró más con el corazón que con la razón, como haría cualquier padre.

Lo cierto, es que estas testificales no han aclarado los tres grandes interrogantes de este crimen. Siguen sin respuesta, a la espera de que, a partir del día 25, comiencen a mostrarse las diferentes pruebas y periciales. Primero: ¿Por qué, presuntamente, Pedro Rodríguez fue asesinado? Segundo: ¿Cómo murió Pedro y a qué hora ocurrieron los hechos? Y tercero: ¿Rosa y Albert son coautores de un delito de asesinato con alevosía o uno de ellos solo es un encubridor? Tras escuchar a los testigos y estar muy pendiente de cómo reaccionaban ambos acusados a sus palabras, destacaría cuatro aspectos.

El CV sexual de Rosa

Es mucho más interesante (y morboso) incidir una y otra vez en el CV sexual de Rosa Peral —llegando a ser su vida íntima la conversación en muchas sobremesas—, que el presunto crimen que ha cometido (o no) sola o en compañía de Albert. Es curioso como, en muchos medios de comunicación, se ha dicho que el día 3 de mayo de 2017, Rosa intercambió fotografías de carácter sexual con su vecino, Manuel. Sin embargo, éste afirmó en el juicio, el día 6 de febrero —y, como testigo, si mintió incurriría en un delito de falso testimonio—, que fue él quien pidió una fotografía a Rosa, con la expresión «manda algo». Pero Rosa no envió nada. Sin embargo, él sí le envió una foto.

Teníamos miedo a Albert

Rosa tenía miedo a Albert. Hasta el punto de que pidió una segunda arma y, al serle denegada, solicitó protección. Y este miedo ha sido corroborado por varios testigos, bien porque lo vieron en la acusada, la oyeron decirlo por teléfono o porque ella misma manifestó sentirlo en presencia de otras personas. Un guardia urbano, compañero de ambos acusados, también tuvo miedo de Albert, y así lo declaró el 12 de febrero. Ambos mantuvieron una conversación en la que el testigo contestaba a una pregunta que le hizo Albert el día 16 de abril de 2017: «¿Cómo te desharías de un cadáver?». Ante esta pregunta, le contestó lo primero que le pasó por la cabeza: Meter el cadáver en el maletero de un coche y prenderle fuego en una zona de difícil acceso. 

El 5 de mayo de 2017, al saber que había aparecido el cadáver de Pedro calcinado en el maletero de su coche, el miedo se apoderó de él. Fue a trabajar con Albert, pero con su chaleco antibalas puesto y su arma reglamentaria cargada y sin seguro. Se sentó en la parte de atrás del coche, para no perderlo de vista ni un segundo. Además, como ya se sospechaba de Albert, le encomendaron vigilarlo hasta el momento de su detención. En su declaración en sala, mirando a Albert, le dijo «lo siento tío».

Un llavero con forma de bala

Quedó demostrado que los restos de una «posible bala» que se hallaron en el maletero pertenecían, efectivamente, a una bala, pero a una bala que formaba parte de un llavero y que fue un regalo de una compañera a Rosa. Todos pudimos ver ese llavero. Y a la pregunta de si era posible que esa bala hubiera sido disparada con el arma reglamentaria de la acusada, la respuesta fue tajante: «no, no es posible». 

Rosa Peral, nueva chica Bond

La teoría que esgrimía la defensa de Albert López, de que Rosa acudió a la armería sin que nadie la viera (con su discreto coche de color naranja), cogió su arma, se fue a casa, asesinó a Pedro y la devolvió a la armería, ha perdido la poca credibilidad que tenía con la testifical del 19 de febrero de otro agente de la Guardia Urbana. Para entrar al recinto policial, se tienen que identificar, del mismo modo que para entrar en el parking. Cierto, falta una bala. Pero tenemos que esperar a que nos digan qué ha pasado con ella, quienes han examinado el arma y las balas restantes. Aunque es mejor creer que Rosa Peral es capaz de pasar los controles sin que nadie la vea, no una vez, sino dos, como una experta y letal «chica Bond».

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