Casas de acogida de pequeños delincuentes o no

Luis Artigue escritor

Llegan flotando en balsas, pateras o sobres de sopa. Avanzan con la sangre refluida y un deseo de ser vistos y no ser vistos al mismo tiempo.

Ellos, juvenilidad apócrifa, sonríen con dientes de hambre mientras se sobreviven a sí mismos.

Buscan el nuevo mundo, esa tierra prometida que mana leche y miel, la cual han visto tanto en la televisión como en Internet antes que en sueños.

Pero se encuentran con que Europa es un bar a hora indecisa, sí, un espacio demasiado pisado, tierra de todos y de nadie, luz que no les condesciende ni les corresponde a ellos que, en efecto, llevan en la piel sol del pasado verano.

Se alojan en casas de acogida. Toman aire. Se desalojan en grupo.

Y, en medio de la gran ciudad, al poco revolotean a tientas todos esos arcángeles devenidos en rateros de barrio que, en media hora, y con finas manos buscavidas, se encuentran con que robando una cartera pueden sacar en limpio (por decirlo así), esos doscientos euros que en su lugar de origen no ganarían sus padres ni trabajando todo el mes (cuando trabajan)…

Nuestras ciudades, advierte la policía, se están llenando de estas pequeñas sombras sin vida laboral y decepcionadas de sus sueños.

La policía nos recuerda que el mundo es injusto.

Y nosotros al respecto lo único que hacemos es leer esto. No hacemos nada.

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