Carlito Brigante, antihéroe romántico

¿Es Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993) la obra maestra de Brian De Palma? No parece descabellado afirmarlo y el tiempo lo dirá, de momento, recreémosnos en describir sus virtudes

Carlito Brigante, antihéroe romántico
Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993) de Brian De Palma

Va siendo hora de reivindicar a Brian De Palma (1940), a quien se le puso hace tiempo la etiqueta de imitador/plagiador de Hitchcock (Vestida para matar, Doble cuerpo) y hay quien se lo creyó. De Palma, al contrario que otros miembros de su cinéfila generación (los Coppola, Lucas, Scorsese, Spielberg), supo tener el arrojo y la audacia de probar géneros dispares con mayor o menor fortuna, pero siempre con, como poco, resultados interesantes. A saber: terror (Carrie), bélico (Corazones de hierro), musical (El fantasma del paraíso), ciencia ficción (Misión a Marte), acción (Misión: Imposible) y, por supuesto, cine de gánsteres (Los intocables de Eliot Ness) y múltiples variantes de cine negro (Snake Eyes, La dalia negra…).

¿Es Atrapado por su pasado (Carlito’s Way, 1993) la obra maestra de Brian De Palma? No parece descabellado afirmarlo y el tiempo lo dirá, de momento, recreémosnos en describir sus virtudes. La película juega con los códigos del cine negro clásico y la cinefilia de De Palma comienza desde el primer plano. En blanco y negro vemos cómo meten dos tiros a Carlito Brigante y el moribundo comienza a contar su historia en off: Perdición se da la mano con El crepúsculo de los dioses.

Carlito es un delincuente que sale de la cárcel gracias a los trucos de su corrupto abogado, pero descubre que su mundo ha cambiado: las minifaldas cada vez son más minis y menos faldas y los niñatos arribistas del Bronx se creen los reyes de la calle sin haber empatado con nadie. Tal vez por ello, Carlito busca la redención y pretende retirarse a la isla Paraíso de las Bahamas para vivir honradamente alquilando coches… en cuanto reúna el dinero suficiente.

Pero aquí es donde entra el inexorable destino que tanto pesa en el cine negro y del que nadie puede escapar. No destripo nada, pues ya De Palma ha mostrado el final en la primera escena: Carlito terminará manchando sus manos de nuevo por lealtad y por respeto y ello será lo que entierre su futuro.

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Al Pacino y Sean Penn están soberbios como Carlito y el cocainómano abogado Kleinfeld (Penn tiene excusa para estar pasado y, claro, lo borda). El abrigo de cuero de Carlito es memorable y lo luce en el comienzo y en el final, dotando al personaje de una elegancia en su vuelo propia de un bailarín o de un mito de la calle… que ya no encuentra su lugar. Paradójicamente, Brigante tendrá que abrir un garito para ganar ese dinero soñado que se llama El Paraíso: el único que realmente logrará ver.

El habitual virtuosismo barroco de De Palma nos regala escenas como la de la partida de billar, en la que las miradas de Pacino elevan la tensión; como la del atentado al abogado en un ascensor, de un suspense magnífico; como la de la estación, verdadero alarde final lleno de adrenalina… Por no hablar de lo más humano y romántico de la película y, probablemente, de la carrera de De Palma: la historia de amor recuperado entre Carlito y Gail (Penelope Ann Miller).

Carlito va a buscarla a su academia de baile una noche lluviosa y, ojo, tapándose con la tapa de un contenedor, sube a la azotea de enfrente para mirar a la ventana en la que ella baila como un ángel al ritmo del Dúo de las flores de Léo Delibes. El contraste no puede ser más brutal, ni más hermoso.

Más todavía. Tras reiniciar su amistad (ese momento en el que ella se gira y le llama “Charlie”, entre la alegría y la tristeza de los recuerdos de la última vez, que la atragantan en el acto), Carlito va a su casa otra noche y ella es quien le seduce y le obliga a amarla, violentando la puerta y devorándose como si fuera la primera vez. En primeros planos cortos, a través de una puerta entrecerrada con una frágil cadena, De Palma provoca que todos los espectadores querramos empujar la misma.

Podríamos seguir con temas como la amistad traicionada, la estupenda banda sonora de Patrick Doyle (y canciones de Bee Gees, Santana, Celia Cruz o la voz rota de Joe Cocker para el amor…), el simbolismo de colores en el vestuario (el blanco de Gail) o de los espejos y lo que suelen significar, o del fantástico plantel de secundarios (Viggo Mortensen, John Leguizamo, James Rebhorn, Luis Guzmán).

Hay que quedarse con ese aire de melancolía que hemos visto en tantos wésterns en los que uno no puede dejar de ser lo que es (lo dijo Shane). No sé si de ese tono pedagógico se aprende algo o se escarmienta en cabeza ajena. Desde luego se disfruta, se padece y se sufre con estos antihéroes como Carlito Brigante que, tal vez, no lo consiguieron. Pero lo intentaron.

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