Cara de charnega, lazos de colores y otros distintivos

La alcaldesa de Vic, Anna Erra, nos ha venido a advertir a los catalanes autóctonos que no debemos caer en la tentación de hablar en castellano a aquellos que, por su cara o por su pinta, no nos parezcan catalanes.

nuria gonzalez

Césare Lombroso fue uno de los precursores del positivismo criminológico, por allá por el s. XIX. Para resumir mucho su teoría, venía a decir que, según tenías la cara, era más o menos probable que fueras un delincuente.

Para él, los rasgos físicos, la capacidad craneal, la protuberancia de la mandíbula inferior o el nivel de hundimiento de los ojos eran pruebas irrefutables de la personalidad criminógena de algunas personas. Es decir, si tenías cara de ‹malote›, eras ‹malote›, y punto. 

Detrás de este razonamiento, por supuesto, se encuentra una base obvia repleta de los prejuicios de aquella época victoriana, cuyas estrictas moralina y clasismo se esparcía por toda la decimonónica Europa.

«la alcaldesa de Vic nos ha teletransportado a lo más negro de ese pensamiento racista y mojigato»

De ese preciso momento, nos llegó el asesino más famoso de todos los tiempos, Jack el Destripador, que encarna como nadie la podredumbre de aquella sociedad. 

Pues esta semana, y gracias a la alcaldesa de Vic (Barcelona), hemos hecho un rapidísimo viaje en el tiempo que nos ha teletransportado a lo más negro de ese pensamiento racista y mojigato, y nos ha dejado vislumbrar con toda claridad lo que realmente quieren decir algunos cuando dicen lo que dicen. 

Concretamente, la alcaldesa de Vic, Anna Erra, nos ha venido a advertir a los catalanes autóctonos que no debemos caer en la tentación de hablar en castellano a aquellos que, por su cara o por su pinta, no nos parezcan catalanes de ocho apellidos catalanes, sino que debemos salvaguardar el honor patrio y dirigirnos en catalán a todos aquellos que nos parezcan nacidos más allá de nuestros 32.000 km cuadrados. 

Claro que la señora Erra no se refería a todos esos miles de turistas muy rubios y muy altos, móvil en mano, disparando 50 selfis por minuto, que nos paran a los lugareños por el Paseo de Gracia para preguntarnos por tal parada de metro o por cual edificio de Gaudí, no.

Cuando la señora Erra habla de «personas que no parecen catalanas», en realidad está queriendo decir «personas inmigrantes y, por ende, pobres, que tengan la necesidad de integrarse porque, en comparación con nosotros los catalanes, seres maravillosos de luz, se encuentran en una situación clara de inferioridad y debemos aprovechar esa ventaja para perpetuar la supremacía de nuestra sociedad catalana». 

Lo más malvado de este pensamiento no es su clasismo y racismo apabullante, sino que, en realidad, las personas a las que Erra se dirige y exhorta a no utilizar el castellano, no quieren integrar a ningún inmigrante.

Pero su intransigencia por los otros inmigrantes, los inmigrantes españoles, los charnegos, los que vinieron de cualquier otro lugar de fuera de Catalunya, pero dentro de España, y su ya anquilosada obsesión por tratarnos como seres de segunda, les hace intentar engañarse a sí mismos con un falso intento de acoger a los que ellos llaman «nouvinguts» (es difícil encontrar una palabra más hiriente que ésta), pero que en realidad quieren decir pobres, y así quieren que sigan siendo. 

Porque, nadie se engañe, es una cuestión de racismo, sí, pero, sobre todo, es una cuestión de clasismo. La señora Erra y sus correligionarios hasta se han autoestigmatizado con distintivos de colores para diferenciarse del resto, de a los que se les habla en castellano; de los pobres (en su cabeza) y que nunca deberían dejar de serlo. 

Ya aguantan a demasiadas hijas e hijos de obrero no catalán con estudios universitarios, como para que, con los que vienen de más lejos, les pase lo mismo. Porque sí, es cierto que los inmigrantes reciben cuantos cursos de catalán gratis quieran, pero si a lo que aspiran es a ir a la universidad en Catalunya, se van a encontrar con las tasas más altas de España, tasas que con sus trabajos precarios —pero en catalán— nunca van a poder pagar.

Ese es su modelo de integración, que las chachas hablen catalán, pero que sigan siendo chachas, como siempre ha sido.  

Y se autoestigmatizan ellos porque, aunque en realidad lo que les gustaría es señalar al resto, eso queda aun demasiado feo. Pero lo importante es señalar y mantener la diferencia. Con el lazo, con la cara, con el idioma, con el dinero y, ante todo, con el pensamiento. 

Bajo este pensamiento tan decadente, lo que subyace es un grupo minoritario de personas igual de decadente y deprimente, que ve como han perdido su otrora poder económico y social dentro de Catalunya. Todos aquellos a los que se llevó por delante la muerte del ‹pujolismo›, cuya principal abanderada es Marta Ferrusola, y de los que ahora se erige como digna heredera de posvictorianismo amarillo, Anna Erra, alcadesa de Vic y fisonomista y etóloga en sus ratos libres.

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