Cada vez nos despedimos mejor

Nos hemos despedido, sin poder despedirnos, de miles y miles de personas que han muerto de manera invisible. Y nos hemos despedido hasta del aire, porque ahora respirar libremente sin el odioso filtro de celulosa por medio es ilegal

Nuria Gonzalez

La frase que titula la columna de hoy no es mía. Ya me hubiera gustado a mí tener el talento para que se ocurriera esa oración tan bonita. Pero no. Lo cierto es que es el título de una obra de teatro, interpretada exclusivamente por Diego Luna, de manera magistral, y que pude ver hace lo que ahora parece una eternidad, pero que en realidad son tres o cuatro años, en la Ciudad de México. Cuando los teatros no eran un peligro público.

En la obra de teatro, el protagonista explicaba como los acontecimientos históricos y sociales entre 1980 y principio de los 2000, le impedían, una y otra vez, de manera muy cómica y muy trágica, consumar por fin una cita con el amor de su vida. Se pasaban la vida diciéndose adiós, lo cual los había vuelto unos maestros en el arte siempre cruento de la despedida.

No creo que haya otra frase que refleje mejor el momento que como sociedad estamos viviendo. No hemos dejado de despedirnos de cosas, acciones, paradigmas y personas desde marzo. Primero nos despedimos de la calle y de la libertad, luego de la gente que dejamos de ver, y que ahora ya sólo vemos a medias tras las mascarillas. También nos despedimos del tacto y del calor humano. Nos despedimos de los planes, del dinero y del futuro. Nos hemos despedido, sin poder despedirnos, de miles y miles de personas que han muerto de manera invisible. Y nos hemos despedido hasta del aire, porque ahora ya respirar libremente sin el odioso filtro de celulosa por medio es ilegal.

Como en la obra, tuvimos un pequeño re-encuentro con la vida a medias durante dos semanas del mes de julio. Quince días nos duró la tregua y otra vez vuelta a las despedidas. Unos más pronto que otros. Aparecieron los que se aferraron al modo apocalíptico perpetuo y se despidieron de la cordura para no recuperarla nunca más, a la par que los que se despidieron del sentido de común, negando lo obvio, que son la enfermedad y la muerte. Ambos grupos merecen nuestra despedida para siempre sin que los vayamos a echar nunca de menos.

El resto, hemos seguido en nuestra obligada procesión de descomposición del alma. Cada vez que hemos podido, hemos hecho lo que nos han dejado hacer. Un concierto sin bailar, un estreno de cine sin palomitas, una cena con la mitad de los amigos, unas mini vacaciones más cerca de lo previsto por si acaso, visitas familiares sin besos ni abrazos.

Pequeñas escaramuzas de pseudolibertad en este ciclo de destrucción total de la vida como hasta ahora la concebimos. Que muchas veces nos pareció un asco, pero que ahora no dudaríamos ni medio segundo en poder volver y quedarnos para siempre jamás en febrero de 2020. Cuando el virus aún nos sonaba a chino.

Pero hasta aquí hemos llegado, compañeros y compañeras de fatigas. Sabiendo, como sabía el protagonista de la obra de teatro que iba a pasar. Esta media noche, al consumarse la acción implacable de la burocracia, en forma de Diari Oficial de la Generalitat de Catalunya, al menos aquí donde yo habito ,vuelve a llegar el momento de volver a despedirse de la poca alegría que nos quedaba.

Adiós a lo real, que volverá a confinarse en pantallas de tabletas y móviles. Y en este caso no aplica aquello de “consuelo de muchos, consuelo de tontos”, porque en realidad, no hay consuelo ni tregua para nadie. Y es que es cuestión de tiempo, seguramente muy poco, que el resto del país, el continente y la humanidad entera esté también despidiéndose.

Bueno, la humanidad y más allá. Y si no, vean al pobre lobo hombre en París, que se ha tenido que despedir de su noche parisina y se acaba de quedar en paro con el toque de queda. Seguro que nos dolerá igual, pero cada vez nos despediremos mejor.

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