Barcelona y la Mina: dos aceras, dos mundos

Descontrol policial, llegada masiva de toxicómanos, autogestión de la seguridad… La realidad de la Mina narrada por quienes la viven día a día.

Barcelona y la Mina: dos aceras, dos mundos
Mercat del Besòs | barcelona.cat

“Aquí, en el mercado, no nos roban”. Fue directa al grano. Apenas dejó espacio entre una frase y otra y continuó su historia. “Pero otra cosa te diré. Aquí, la policía tampoco entra, eso te lo aseguro yo. Como una acera pertenece a Barcelona y la otra a Sant Adrià de Besòs, los polis se van pasando el muerto, pero ya nos aseguramos nosotros de que nadie nos robe… aunque no hay mucho problema, la gente de la Mina de toda la vida nos respeta. El problema son los que nos han mandado ahora del Raval”.

No quiere mostrar su identidad por temas de seguridad, lo respetamos. “No tenemos problemas con la gente del barrio, precisamente éstos son los que más ayudan, pero la gente habla mucho, ¿sabes, nena?”.

Su acento era medio andaluz, pero llevaba años viviendo en Catalunya. Veinticinco, trabajando en el Mercado del Besòs y podía contar con los dedos de una sola mano los altercados que ha vivido trabajando en el mercado. Solo pudimos hablar con ella unos minutos, pero parecía estimar su trabajo y la buena gente que había conocido a través de él. “La gente de aquí de toda la vida son buena gente, trabajadores como tú o como yo” repetía.

Dicha vendedora del Mercado del Besòs, entre Barcelona y Sant Adrià, explicaba a eltaquigrafo.com los entredichos de su querido mercado. El desorden policial que vive el mercado, la tranquilidad que hay dentro del edificio y lo que ves una vez sales de él, así como la degradación que sufre el barrio desde que las dos operaciones contra los narcopisos trasladaron a todos los toxicómanos del Raval a la Mina.

Lo de dentro y lo de fuera

Apenas hizo falta preguntar. Iba relatando sus veinticinco años por el mercado a tal velocidad verbal que, a una servidora, le supo mal entrecortar. Entrelazaba unas frases con otras, mientras incorporaba algunos “¿sabes, nena?”. Yo escuchaba sus idas y venidas, la diferencia de lo que se vivía dentro y fuera de las paredes del mercado. “Aquí dentro es todo muy tranquilo, todo el mundo nos ha respetado siempre, otra cosa es lo que ves cuando sales fuera… ¡madre de Dios! Lo peor es que no es gente del barrio, la chusma de verdad no es de aquí”. Enumeró un listado de “yonkis, jeringuillas, papelinas escampadas, peleas entre zombies, persecuciones, amenazas a machetazo limpio…”

Parecía que explicaba dos relatos opuestos, historias de dos mundos paralelos. ¿Como podía ser que dentro hubiese un escenario tan diferente al de fuera? Yo le pregunté si habían aumentado los robos en el Mercado del Besòs, dado el aumento de toxicómanos en el barrio de la Mina. La respuesta fue un no. Rotundo. Directo y sin dilación. Al minuto, su historia de mundos opuestos cobró sentido.

“Ya nos encargamos nosotros de que nadie nos robe. De hecho, creo que no se atreverían ni a intentarlo. Hemos creado nuestras propias leyes. Esta misma semana, un ‘chusmilla’ de estos entró puesto hasta las cejas, vete a saber tú de qué. Iba muy perdido y ya le vimos que… malo, malo. Por eso entre unos cuantos le acompañamos ‘amablemente’ a la salida. Y así, siempre que alguno de estos, se pierde”.

¿Y la policía? Le pregunté.

La acera de aquí y la de enfrente

Tan solo una acera separa la gran Barcelona de la repudiada ciudad de Sant Adrià del Besós. Siempre los olvidados, siempre los más malos. “Barcelona es poderosa, Barcelona tiene poder”, ya lo decía Peret. Todo lo demás, malo.

La cuestión, explicaba la vendedora, es que dicha necesidad de crear sus propias leyes y de establecer una gestión propia de la seguridad del mercado viene dada por dos motivos: el primero, que la desafortunada situación del mercado, a caballo entre dos poblaciones, parece dejarlo en un espacio de vacío legal, sin ley y sin control. La acera de aquí y la de enfrente, como si no tuviesen nada que ver la una con la otra. Desconocidas.

“Si pasa algo en la acera de Barcelona, los policías locales de Sant Adrià se lo miran como si esto fuese un show, y lo mismo pasa al revés”. La policía de calle solo recibe órdenes, pero por lo que nos contaba, al parecer, los altos mandos policiales de ambas ciudades se iban pasando el marrón como si con ellos no fuese la cosa.

Según su relato, también podía enumerar con los dedos de una sola mano las veces que la policía se había personado en el Mercado. Ahora, reconocía, “parece que vemos más control, pero siempre fuera de nuestras paredes”. Y es que, hace cuestión de una semana y media, empezó el nuevo dispositivo de seguridad para controlar el mercado de la heroína en la Mina, lo que incluía un refuerzo policial tanto de la Brigada Móvil de los Mossos como de agentes de seguridad ciudadana.

“Salimos del mercado la semana pasada a eso de las 17h y vimos cinco o seis furgones en la entrada de Sant Adrià”. Afirmaba que sus clientes hablan estos días de dicha iniciativa, pero no están convencidos de que vaya a funcionar.

Entrada libre a las narcosalas

“El problema, nena – proseguía justificando la necesidad de crear sus leyes – es que ahora la Colau nos ha mandado a todos los yonkis del Raval”. Y aquí, el nuevo conflicto. La Barcelona poderosa no se podía permitir este problema y es verdad, no se lo puede permitir, pero las otras ciudades tampoco.

A raíz de las dos operaciones contra los narcopisos del Raval, vecinos con los que ha contactado este medio afirman que no se puede ni andar por el barrio. “Pasas por al lado de una narcosala y da asco, están los yonkis tirados por el suelo, las jeringuillas esparcidas… un vertedero con humanos parece eso” comentaba un joven vecino de la Mina.

La vendedora afirmaba que así no se está solucionando el problema, solo se ha trasladado. “Mis clientas solo hacen que decirme: que se los lleve Colau a su casa, oye”. Esta gente que viene de fuera del barrio es lo que realmente preocupa. Según el relato de varios vecinos “son éstos, los que no tienen respeto alguno por nada y cuando van muy drogados y tienen hambre, roban”. De aquí que, coincidiendo con las dos operaciones contra los narcopisos, los robos y el tráfico de heroína en la Mina hayan aumentado de manera exagerada.

Según estas mismas fuentes el deterioro es muy fácil de reconocer y se ha podido observar en escasos meses.  Barcelona vuelve a tener el control, y el resto, es problema del resto.

Respeto entre los clanes

“No digo yo que hace unos años los clanes de la Mina no se mataran entre ellos pero, por lo general, todo el mundo sabe lo que hay y se respetan entre ellos”, explicaba la vendedora del mercado. “Narcotráfico y disputas las ha habido siempre, pero no se robaban entre ellos, había respeto”.

Un código de honor que se ha visto alterado por la llegada, se podría decir casi masiva, de toxicómanos, de gente de fuera que no respetan, que roban, que se tiran por la calle a pincharse a plena luz del día. Y como en todo, ni los buenos son tan buenos, ni los malos, tan malos. Sant Adrià y la Mina vivían en relativa paz, tras muchos años de “guerra”. Todo lo que costó años construir se ha visto perturbado en tan solo seis meses.

Nuestra vendedora no sabe qué pasará ahora en el barrio, lo único que tiene claro es que el lunes volverá a subir la persiana de su parada cerca de las 5h de la mañana y se preparará para recibir a su gente, la de toda la vida, buena gente.

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