Atenas, el encanto de una ciudad desordenada

Hagan una excepción conmigo. Pretendo ser clara y concisa; y también voy a intentar reprimir los impactos para no sobrecargarlos con mi habladuría, esa que, según el significado de mi nombre en griego, tanto me representa.

Atenas, el encanto de una ciudad desordenada
Acrópolis de Atenas / Archivo

Escribir sobre el paisaje, la gastronomía y la arquitectura de Atenas y querer combinarlo, además, con la literatura que me ha acompañado en este viaje es un reto que me cuelgo nada más aterrizar de una ciudad que ha embelesado mis sentidos y embotado mis pensamientos.

Hagan una excepción conmigo. Pretendo ser clara y concisa; y también voy a intentar reprimir los impactos para no sobrecargarlos con mi habladuría, esa que, según el significado de mi nombre en griego, tanto me representa.

Llegar a Atenas una mañana de principios de marzo y coger el metro que conecta la ciudad con el aeropuerto es una inmersión sin bañador en una ciudad que une lo viejo con lo nuevo. Lo primero que hago sin quitarme la mochila es cambiar de Línea y coger la número 1 a su paso por Monastiraki. Quiero que el Eléctrico me lleve hasta el Pireo y así reproducir los pasos que mi querido Petros Markaris (1937) describe en su libro Próxima estación: Atenas (Tusquets, 2018).

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Petros Markaris en Atenas

El carácter excepcional de esta línea ferroviaria tiene que ver con el hecho de que sesga la ciudad por la mitad y retrata las diferentes capas sociales desde el viejo barrio portuario, pasando por la bulliciosa Plaza Omonia hasta llegar a Irini, el barrio alto y burgués de Atenas.

Como si de una máquina del tiempo se tratara, el viajero vivirá entre la antigüedad y el S.XXI descubriendo zonas donde las manillas del reloj se suspenden y no existe guía, mapa o película que lo oriente en la aventura.

Barrio portuario del Pireo en Atenas

El Pireo es una de las zonas de Atenas con mayor carga de autenticidad. Si andamos despiertos veremosdesfilar tantas nacionalidades como existen en el mundo e identificaremos entre el gentío a las matriarcas que salen de casa preparadas para vaciar el mercado. Vecinos que saludan a los tenderos, niños que juegan en la calle y pocos movimientos turísticos, por no decir, ninguno.

Quizá no sea una visita obligatoria, ni tampoco un paseo extremadamente bonito, pero es interesante sentirse parte de la ciudad de una forma distinta a la convencional. Cuando nuestro tren encara la última parada y el puerto se avista a lo lejos Atenas ha cambiado de olor, de color y de sabor, y buscar la esencia del barrio dependerá únicamente del atino de nuestro paladar.

La acrópolis de Atenas desde el Monte Philapator

De vuelta al centro, el sol pinta el cielo de color rosa y las nubes son trazos de acuarela naranjas. No hay mejor postal de la Acrópolis que el atardecer de un día aireado.

Tomar el boulevard Dionysiou Areopagitou buscando la senda Theorias y desde ella subir al monte Areopagus es uno de los placeres visuales que puede regalarse el viajero. La Acrópolis nunca decepciona. Si, encarando la colina, se recrean con los versos de Constantino Cavafis (1863 – 1933) en la voz de José María Pou (1944) la mimetización con el ambiente será tan sublime que no desearemos que acabe el día aunque nuestros pies nos lo supliquen con dolor.

  

Ítaca sitúa a Ulises (o al viajero que todos somos) en el final del camino y nos recuerda que el trayecto es más importante que el destino. El poeta griego nos insta a disfrutar del viaje, cualquiera que sea, y hacerlo obviando la perspectiva de llegar a la meta.

La metáfora del poema de Ítaca ha tenido múltiples interpretaciones a lo largo de la historia y se puede extender a diferentes procesos de nuestra vida. Sus textos, convertidos en parábolas intemporales, recogen momentos de la historia únicos y cruciales.

Constantino Cavafis era un contador exquisito de historias. Su poesía traspasa el conflicto entre la civilización y el reconocimiento inquietante que representa la sociedad y, aunque parezca fácil analizar sus recursos, lo realmente difícil es entender la singularidad que desprenden sus textos.   

Isla de Ítaca

Del último libro publicado por la editorial Pre-Textos (2016) destacaría dos de los tres poemas que más me fascinan del escritor “Esperando a los bárbaros” y “Termópilas” y elogiaríael trabajo de traducción llevado a cabo por Juan Miguel Macias (1970), porque traducir poesía es casi una misión imposible: “Anclada en la respiración de un idioma, la poesía es la menos cosmopolitas de todas las artes”.

Nuestra sensación de placidez la podemos alargar si, saliendo del monte Areopagus con los versos de Cavafis en la punta del paladar, volvemos a la civilización moderna por el barrio de Anafiotika.

Barrio de Anafiotika

Rondando por sus callejones poco iluminados será difícil elegir la taberna donde finalizar el día. Psaras, fundada hace más de cien años, le ofrece al comensal la mejor versión griega del cordero con verduras, la ensalada con queso feta troceado, tomate, cebolla, pepino y aceitunas negras o la famosa musaka. El ouzo del final es opcional si quieren llegar íntegros al lugar donde se hospedan.

El escritor griego Theodor Kallifatides (1938) es un experto en narrar el día a día de una comunidad que no esconde su alegría ni tampoco su desdicha. Sus textos han sostenido mi viaje ateniense y sus libros, cargados de grandes dosis de actualidad, sitúan al viajero en el contexto sociocultural actual.

Barrio Monastiraki

Esa sensación de sentirse arropada con la literatura la encuentro en el libro Otra vida por vivir (Galaxia Gutenberg, 2019) donde, tras un bloqueo creativo, el escritor regresa a su Grecia natal con la esperanza de redescubrir la fluidez perdida del lenguaje. En este bellísimo texto, Kallifatides explora la relación entre una vida con sentido y la reconciliación con el envejecimiento mientras analiza las preocupantes tendencias de la Europa contemporánea.

Su perspectiva, sensible y cautivadora sobre el lugar que ocupamos cada uno en el mundo me señala el camino hacia la calle Dedalou. Las bombillas de colores guían mis pasos cuando la banda sonora de la película Zorba, el griego (Michel Cacoyannis, 1965) interrumpe la marcha de mis pensamientos.

Mi cansancio no quiere escuchar las risas y los aplausos al otro lado de la calle. Aunque cabeceo pensando en el día que me espera mañana, quiero vivir este momento soñando con llegar algún día a Ítaca. Ítaca me espera, placentera, con forma sábanas blancas, pero ahora no. Ahora, todavía, no…

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