Asesinos a sueldo, purgatorios góticos y enanos drogados

Escondidos en Brujas, el humor inglés o irlandés combinado con el gótico del viejo continente y las claves del cine negro americano constituyen una mezcla insólita y una de esas películas que pueden presumir de europeas en el mejor sentido de la palabra

Asesinos a sueldo, purgatorios góticos y enanos drogados

Tras su último crimen dos asesino a sueldo se refugian en Brujas para esperar órdenes. Ray, el brazo ejecutor, no sabe ni dónde está Brujas. “Está en Bélgica”, nos aclara en off en el arranque de la película. Desde el comienzo queda claro que a Ray (Colin Farrell, con su acento más dublinés) no le interesa Brujas, ni el turismo, ni el arte; solo la cerveza, los pubs y las mujeres. Por el contrario, su compañero de armas, Ken (Brendan Gleeson, no menos irlandés), sí que se va a ver fascinado por los encantos góticos de Brujas.

Hasta ahí, pudiera parecer que el argumento de Escondidos en Brujas (In Bruges, Martin McDonagh, 2008) es la típica comedia convencional con dos caracteres enfrentados y complementarios. Afortunadamente, nada más lejos de la realidad.

Por un lado, la ciudad de Brujas y su magia gótica se convierten en protagonistas fundamentales de la película envolviendo a los personajes y regalando su ambiente invernal, tan oscuro como amenazador y apocalíptico. No son solo los edificios y las gárgolas, sino las referencias a El Bosco y a su infierno y purgatorio que casi parecen hacerse presentes.

Y es que ese es el otro ángulo inesperado y fascinante de la película. Bajo una capa de aparente superficialidad y comedia (Ray agrede a un yanqui por “matar a Lennon”), nos encontramos con que Ray mató por accidente a un niño y la culpa le corroe de tal manera que está desesperado, piensa en el suicidio y, tal vez también por eso, cree que Brujas es su purgatorio particular al que ha sido condenado. Eso sí, todo ello con fantásticos diálogos tarantinianos de esos que dicen algo importante, a la vez que describen al personaje con guiños a la cultura popular: “El purgatorio es como algo para los del medio. No fuiste un mierda en vida, pero tampoco bueno. Como el Tottenham. ¿No piensas en ello, Ken?” “¿En el Tottenham?”.

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Por si fuera poco, a mitad de la película aparece el jefe dispuesto a eliminar el rastro de la chapuza, pues su código de honor no le permite tolerar la muerte de un niño. Nada menos que Ralph Fiennes, tal vez algo pasado e histriónico, se planta en Brujas con menos escrúpulos todavía que la pareja y trae un rastro de muerte consigo que conducirá a un excelente e inesperado clímax final… que no revelaremos.

La búsqueda de la redención envuelta en el surrealismo de El Bosco; la ciudad de Brujas disfrazada de purgatorio; mujeres fatales que parecen Evas pero que pueden convertirse en Salomés; cabezas rapadas venidos a menos, usando armas de fogueo; enanos que se meten tranquilizantes de caballo para soportar un rodaje ridículo; y, arropando el conjunto, el maravilloso piano de Carter Burwell, compositor lleno de melancolía, habitual de los hermanos Coen. No, ya dije que Escondidos en Brujas no es una “comedia convencional”.

La película fue nominada al Óscar por su guion y Martin McDonagh volvería a serlo con Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, 2017), que era una especie de versión a la americana de esta película, la cual también incluía culpa, crímenes, enanos, surrealismo y humor local. La diferencia, claro, es que Ebbing, Missouri, no puede compararse ni con un ladrillo de Brujas.

El humor inglés o irlandés combinado con el gótico del viejo continente y las claves del cine negro americano constituyen una mezcla insólita y una de esas películas que pueden presumir de europeas en el mejor sentido de la palabra.

Refugiémonos en Brujas por un par de horas y, mientras gozamos de su parte turística y reímos con las salidas de tono de dos paletos irlandeses, a lo mejor también encontramos nuestra redención particular al descubrir que la culpa, el dolor o el amor son universales. Y que el purgatorio de unos es el infierno o el cielo de otros. Como la vida misma.

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