Artes marciales mixtas. Peso pluma

El hombre, que no sangraba en exceso pero sí por muchos y diferentes sitios y con la cara ya hinchada, no acertaba a sentarse para evitar el dolor en alguna parte del cuerpo

Ricardo Gómez de Olarte

“El adulterio es justificable: el alma necesita pocas cosas; el cuerpo muchas.”
George Herbert of Cherbury

Fue una de las últimas asistencias del turno de oficio que hice. Era un anochecer de verano, cuando hasta las fachadas de Barcelona parece que suden y todo se pega, empezando por las moscas. Tengo la teoría –nada científica- que los delitos que traen como causa la ira tienden a producirse con más frecuencia en verano y con luna llena que el resto del año. Aquella fue noche de verano lo era de luna llena.

Tras el aviso del Lacustre Colegio de Abogados de Barcelona, me dirigí a la comisaría de Vía Layetana que no era otra que Jefatura. Por aquel entonces no existía el tipo de agresiones en el ámbito familiar pero eso no exime que sí se produjeran esa clase de hechos. En esa ocasión se trataba de un delito -o presunto- de lesiones entre una pareja. Aclaro que, según la muy útil definición de Wikipedia, tipo penal es la descripción precisa de las acciones u omisiones que son consideradas como delito y a los que se les asigna una pena o sanción.

El caso es que, sudando como un pollo y con ese agotamiento y hastío propios del bochorno barcelonés, llegué a comisaría. Por dentro era un edificio un tanto siniestro, no solo por los recuerdos de épocas pasadas sino porque al ser un edificio oscuro, con pobre y cruda iluminación y ya de anochecida, las primeras veces se hacía avieso.

Los que estábamos acostumbrados o bien nos llevábamos una novela o bien deambulábamos pasillo arriba pasillo abajo e incluso reflexionábamos sobre profundos temas doctrinales, especialmente sesudos, del tipo: “¿Dónde coño podré cenar algo decente?” o “¿Por qué las moscas no parecen notar la humedad y siguen volando y molestando? ¿Sudarán las moscas?” Como ven, los abogados siempre tenemos la mente ocupada en asuntos propios de la ciencia jurídica, con alto contenido intelectual y que requieren profundos estudios y reflexiones.

Insisto en las circunstancias de ese momento: pasaban las 10h30 de la noche; con horario ya cerrado al público; en un piso alto de Jefatura no abierto al público en general; el único bulto que ocupaba el pasillo que rodeaba el patio del edificio era mi entonces apolínea figura; y mi 1’90 de altura es visible incluso estando sentado. Aclarado lo anterior -necesario para entender la siguiente escena del sainete- prosigo.

Al cabo de la media hora larga de rigor, salió un poli de paisano para preguntarme uno de los enigmas de este mundo (recuerden la hora y la situación): “¿Vd. es el abogao que ha enviado el colegio de abogaos?” Me giré buscando alguna otra alma que penara en ese pasillo y no viendo ninguna, mi educación me impidió contestarle lo que el cuerpo y mi voz profunda me pedían, que era: “No hijo mío. Soy la aparición de San Raimundo de Peñafort (patrón de los abogados) y de la del Santo Angel de la Guardia (patrón de la policía) que, hechos uno y carne, he venido a darte la bendición por tu inocencia no exenta de sabiduría”. Pero en lugar de eso, me abstuve y no sin cierto gesto de tragicómica guasa, confesé muy contrito: “Sí, soy yo”.

El subinspector me espetó lo de siempre: “Pues espere aquí, que en un ratito empezamos”. Traduciendo del lenguaje de comisarías al del resto de los humanos esa frase significa exactamente lo siguiente “Te vas a quedar muerto de asco aquí durante un mínimo de tres cuartos de hora mientras nosotros presionamos al declarante sin tu presencia o nos contamos las ladillas o hablamos de las atrasos salariales”.

Transcurrido ese ratito de tres cuartos de hora, estando cercanas las 23h30 y como fuese que se trataba de un “consumado” de lesiones, empecé a pensar que la tardanza obedecía más bien a desidia de funcionario (policial, pero funcionario al fin y al cabo) que a la de ejercer presión sobre el detenido.

En estas disquisiciones metafísicas me encontraba cuando del fondo del pasillo se abre una puerta y una voz femenina me grita: “¡Letrado, pase pa’quí!”. Ante tamaña demostración de formas versallescas, “p’allí” encamine mis pasos. Al traspasar la puerta me encuentro con una señora baja, sentada muy erguida, con semblante de pocas bromas y resoplando indignación. Eso sí, sin un rasguño aparente. Por sus rasgos físicos me pareció ecuatoriana.

La señora masculló algo sobre el género masculino que preferí no entender mientras la agente policial me insistía en que pasara hasta el despacho del fondo donde estaban ella y un señor bajito y quejoso. Al entrar en esa última estancia pude ver a la versión ecuatoriana de un “ecce homo”.

El hombre, que no sangraba en exceso pero sí por muchos y diferentes sitios y con la cara ya hinchada, no acertaba a sentarse para evitar el dolor en alguna parte del cuerpo. Las magulladuras e hinchazones habían comenzado y entre queja y queja acertaba a balbucear algún “pero si yo la quiero, lo que pasa es que los hombres somos así…”

La policía, rápida de reflejos, abriendo mucho los ojos y levantando ambas cejas, se llevó el índice a los labios para indicarme que no dijera nada y que anduviera con cuidado. Por mi parte me encontraba en fuera de juego, así que me aventuré a preguntar: “Debe haber una confusión, porque yo vengo a asistir a un agresor que es hombre y este señor de aquí, que aún siendo hombre, más bien parece la víctima”.

La policía, que a duras penas conseguía contener la risa y empezaba a llorar por dicho motivo, me dijo con un hilo de voz que yo estaba en lo cierto, que lo sucedido es que la señora de la antesala había denunciado al marido por haberla golpeado cuando ella lo había sorprendido en el tálamo nupcial con otra señora.

Según la versión de la esposa, el adúltero la había emprendido a golpes con ella mientras la corneadora escapaba. De ahí que tuviera que asistir al marido como presunto agresor. La policía terminó su exposición de los hechos con un ruego: “Por favor, letrado, evite cualquier demostración porque llevo mucho tiempo haciendo esfuerzos en el mismo sentido y si Vd. empieza, yo no me podré retener más”. A todo esto, mi cliente se empezaba a mosquear y, entre quejido y quejido, nos exigía que no nos riéramos porque él era muy hombre y no era cosa de risa.

Tras británico esfuerzo pude dominarme y con un hilo de voz pregunté que dónde estaba la amante, ya que ella sería quien podría arrojar luz, si es que la evidencia de los golpes no bastaban. En un tono imperceptible, la policía me comunicó que la amante estaba en Perecamps (hospital del barcelonés Raval) ingresada de urgencias debido a la paliza sufrida, al parecer, por la indignada esposa.

En ese momento y ya totalmente desbordado empecé a reírme in crescendo. La policía empezó directamente con carcajadas. El presunto agresor, que continuaba sangrando e hinchándose, nos exigió que dejáramos de reírnos y que ya estaba bien. Igualmente tuvo a gala comunicarnos que él era muy hombre para satisfacer a su esposa, a la amante y a cualquier fémina que se pusiera por delante. La policía y yo a duras penas pudimos contestarle que precisamente ese último extremo, el de la supuesta capacidad amatoria, es lo que nadie ponía en duda.

Ya más calmados, insistí a la policía si la esposa seguía manteniendo su versión, esto es, que el agresor había sido su marido. Con la respuesta afirmativa, iniciamos la declaración de mi cliente, mucho más ajustada a las consecuencias de los hechos previsibles; es decir, que la parienta, al entrar en el dormitorio conyugal y viendo la escena, convertida en una especie de diablo de Tasmania andino y al grito de “¡Hideputa, os mato!”, se había liado a mamporros con la pareja pecadora sin que ni la otra ni el prójimo pudieran hacer nada para evitar la lluvia de golpes y proyectiles que lanzaba la ultrajada.

Llegado mi turno de preguntas y compaginando cierta maldad con la lógica defensa de mi cliente le pregunté si, en el intento de protegerse y proteger a su amante, le había propinado algún golpe a su esposa de carácter involuntario. O bien si había observado que ella, en plena furia vengativa, se golpeara con algo. La respuesta fue concisa: “No pude ver nada, yo estaba corriendo por la casa y ella me perseguía gritando y tirándome cosas hasta que me alcanzó y empezó a pegarme en serio” No pude evitar preguntarle (esa fue la maldad) si es que antes le estaba pegando en broma.

A lo que él contestó que no, que lo que ella estaba haciendo antes era pegar a la amante e intentar tirarla por la ventana mientras él trataba de evitarlo y, en ese forcejeo, él se llevó algún codazo en la cara. Que cuando se cansó de atizarle a ella, empezó a perseguirlo a él hasta que lo alcanzó y le produjo todos esos golpes. Terminó su declaración diciendo que él quería mucho a su esposa pero que ella debía entender que él era así. Ni siquiera reclamó por los daños sufridos.

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