Andrés Trapiello:“El nacionalismo no puede sobrevivir sin confrontación”

Andrés Trapiello:“El nacionalismo no puede sobrevivir sin confrontación”
Luis Artigue entrevista a Andrés Trapiello, el autor de "Las armas y las letras"

¿Cuál fue, más allá de los estereotipos patrios y la sal gorda, la verdadera postura de los escritores e intelectuales de España durante la Guerra Civil? ¿Cuáles sus comportamientos, su dignidad, su intransigencia, sus demonios veniales y fatales, sus contradicciones más fragrantes y sus heroísmos más ejemplares desde el 8 de julio de 1936 al 1 de abril de 1939?

¿Qué diferencia de modo sustancial los hechos de los falangistas en Salamanca, de los artistas en Valencia, de los exiliados en París o los extranjeros en Madrid? ¿Una revisión de autor historicista y documental humanizada, minuciosa y pacificadora del papel y la postura de la intelectualidad de los dos bandos nos ayudará a entender el papel de la cultura en lo referente a la Guerra Civil Española, o más bien nos ayudará a entender a cabalidad la Guerra Civil misma?…

A base de ir revisando, corrigiendo y añadiendo documentos inéditos y nuevos testimonios significativos, el ensayo clásico de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torio, León,1953) sobre ese gran desgarro bélico de nuestro país, Las armas y las letras, (un ensayo que fuera publicado originalmente en 1994 y que cambió nuestra manera de ver y entender ese crucial periodo histórico) ha ido creciendo, matizándose y completándose en cada edición.

Pero llega ahora a las librerías, de la mano de Editorial Destino, la edición monumental y definitiva.

Sobre esto, sobre entonces y sobre hoy ha conversado con Andrés Trapiello en exclusiva para eltaquigrafo.com Luis Artigue.

¿Usted revisa, corrige, matiza, agranda y actualiza este libro en cada redición porque lo que se descubre paulatinamente sobre la Guerra Civil Española no tiene fin, o porque la Guerra Civil Española no tiene fin?

Esa guerra civil se habrá olvidado el día en que la gente no recuerde en qué bando lucharon o estuvieron sus abuelos o bisabuelos, del mismo modo que hoy nos parece irrelevante saber si Dante era güelfo o gibelino.

El cultivo de la memoria no tiene sentido si es únicamente el recuerdo del agravio o la injusticia, porque como decía Nietzsche, un exceso de memoria daña la vida.

No es posible vivir eternamente victimado, y más cuando la condición de víctima va acompañada de su carácter de victimario. Esto es lo que sucede a menudo en las guerras civiles: quien sufre una injusticia fue causante con frecuencia de otra. Por eso llegados a un punto las sociedades democráticas, a través de sus instituciones, han de poner fin a la espiral de comparaciones. Fue lo que sucedió en España con la Constitución de 1978, poner un punto final a la guerra civil, y lo hicieron quienes la habían hecho o sus herederos inmediatos.

Que ochenta años después se trate de reescribir el pasado no es solo es un error, es irresponsable, porque puede darse al traste, en este caso, con el período más fructífero, pacífico y próspero de toda nuestra historia. Desde un punto de vista historiográfico, ha sido difícil poner un punto final, porque la bibliografía de la guerra ha seguido aumentando de forma espectacular: memorias, diarios, testimonios, estudios, exhumaciones de hemerotecas… No obstante, por lo que a mí respecta, y salvo descubrimiento de nuevos hechos trascendentales, yo creo que esta es la edición definitiva, dentro de lo definitivas que pueden ser estas cosas.

A pesar de que usted insiste en que esto no es un libro de historia, ni de crítica literaria ni mucho menos una novela, creemos que tiene algo de todo eso. De hecho, de las diferentes escenas de novela real que hay en este libro, mis favoritas son cuando se ve a León Felipe paseando en abrigo de pieles por un palacio como si fuera un personaje de Visconti, cuando vemos a Miguel Hernández yendo sonámbulo hacia su final, cuando vemos a Bergamín ayudando a salvar de la muerte a falangistas como Santa Marina, cuando vemos a Carrere haciéndose pasar por loco para que nadie se fije en él, cuando vemos al anarquista Bajatierra que murió acribillado en Madrid al recibir a las tropas franquistas a tiro limpio en el portal de su casa… ¿Tiene usted algún momento especialmente querido de cuantos “narra” en este libro?

Quien haya leído los Episodios de Galdós sabe que la realidad supera siempre la ficción, y que el marco histórico es a menudo suficiente para explicar los hechos. “Por doquiera el hombre vaya lleva consigo su novela” son palabras que aparecen en Fortunata y Jacinta que yo he puesto al frente de todos y cada uno de los veintidós tomos del Salón de Pasos perdidos.

La vida, o sea la “novela”, de los que vivieron aquella guerra es, por razones circunstanciales, mucho más extrema que la que ellos mismos habían tenido antes o tuvieron después. La principal circunstancia es, claro, la posibilidad real de morir y la muerte tiñe de una luz especial todas sus acciones. Por eso nos llaman tanto la atención los comportamientos.

Personalmente no tengo “un” sólo hecho, pero si tuviera que fijar la atención en uno, lo haría en el discurso de Unamuno en el paraninfo de la universidad de Salamanca, no por conocido menos complejo y admirable.

Usted no se esconde objetivamente en estas páginas, sino que, al hablar de tantas personas y personajes de ese momento crucial, muestra cuales son sus sujetos predilectos y los menos queridos por usted. ¿Es justo decir que por encima de todos ama a Unamuno, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Azaña, y deplora a Cela, Alberti y Picasso?

Las actitudes son las que nos mueven a admiración o reserva. Y sí, nuestra admiración, ochenta años después de aquello, se la llevan principalmente quienes lograron mantenerse más o menos libres frente a los totalitarismos de uno y otro bando, como Chaves Nogales, Clara Campoamor o Juan Ramón Jiménez.

A veces ni siquiera lo lograron del todo, como Azaña, Machado, Baroja u Ortega y Gasset, entre la espada y la pared. Y lo mismo diríamos, para reprobarlos, de quienes fueron avalistas de esos totalitarismos, los que usted ha citado y muchos más. Pero la literatura tiene un recorrido más largo que la política, e incluso que la ética circunstancial, y así podemos admirar por igual a Sánchez Mazas o Cunqueiro que a Rosa Chacel o Cernuda.

En estas páginas nos hace ver que la Guerra Civil, según grandes hombres libres como Unamuno y Machado, no fue entre dos Españas, sino que fue la determinación de dos Españas minoritarias y extremas de acabar con la otra, la mayoritaria tercera España. ¿No está pasando políticamente en España hoy algo parecido?

Desde luego es lo que tratan de repetir los totalitarismos modernos, es decir, los nacionalismos. El nacionalismo no puede sobrevivir sin confrontación, porque esa es su naturaleza: la imposición por la fuerza de una parte de la sociedad, a menudo ni siquiera mayoritaria, sobre la otra, valiéndose del uso ilegítimo de todos los medios legales a su alcance, desde los medios de comunicación o los centros educativos a las instituciones democráticas, policía, jueces, gobierno, como hemos visto en el golpe de Estado de Cataluña en 2017.

Los vencedores de la guerra del 36 fueron Falange y PCE, dos fuerzas minoritarias al comienzo de la guerra, con unos veinte mil afiliados, que terminaron con dos millones cada una de ellas. Los falangistas administraron, mediante la dictadura, la victoria militar, y los comunistas, mediante la propaganda, el llamado relato de «buenos y malos», el perdedores=buenos, vencedores=malos. Y el gran éxito de la propaganda, que aún perdura, ha sido el hacer creer que los mejores escritores e intelectuales estaban mayoritariamente del lado republicano. Es falso, claro, pero lo han repetido como un mantra: Lorca, Machado, Juan Ramón, Cernuda etc… Y sí, son grandes escritores, pero ¿dónde dejamos a Baroja, Azorín, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna y tantos más?

¿A su juicio por lo general difiere el comportamiento de los escritores durante la Guerra Civil del comportamiento del resto de españoles durante la Guerra Civil?

No, es idéntico. Si los escritores, como el resto de los españoles, hubieran podido elegir libremente bando seguramente no habrían elegido ninguno de los dos. Incluso quienes pudieron hacerlo tampoco estaban muy a gusto en él. Es poco probable que de haber sido libres Manuel Machado hubiera escrito su soneto a Franco, y Antonio el suyo a Líster.

Una de sus conclusiones en este libro es que la literatura de los tiempos de la Guerra Civil no estuvo a la altura de su momento histórico. ¿Usted cree que la literatura que se hace hoy por lo general sí está a la altura de nuestro momento histórico?

Sin libertad es muy difícil estar a la altura de nada, y más cuando te dedicas a asuntos, como la literatura, la investigación, las artes o el periodismo, en los se necesita como el pez el agua. No obstante, en tiempos de paz o de guerra, las obras llamadas a pervivir son un puñado. Que contemos con A sangre y fuego de Chaves Nogales o Celia en la revolución de Elena Fortún, entre otras diez o doce, es una gran suerte.

¿Escribir un libro así para contribuir a la pacificación de la literatura española viene a ser un poco también intentar contribuir a la paz de España?

No sé si ese fue alguna vez mi propósito. Me parece que yo no pretendía tanto. Ahora, si ha contribuido uno a ello y sigue contribuyendo, bien está. Sí es verdad, porque me lo han hecho saber, que muchos de los lectores del libro han descubierto a muchos escritores desconocidos y me alegra haber disipado en muchos los prejuicios que les impedían leer determinadas obras.

¿Es hoy más peligroso olvidar la memoria histórica, o recuperarla sin rigor mediante interesadas interpretaciones del pasado, esto es, recuperarla mintiendo?

El mayor peligro de la memoria no es tanto el olvido, como recordar hechos falsos, con una gran convicción. Salir a la palestra, como hizo Pablo Iglesias, exaltando a la vez las figuras de Clara Campoamor y Margarita Nelken, el secretario general del PCE José Díaz y Andreu Nin, cuando lo cierto es que Margarita Nelken no hubiera dudado en “pasear” a Campoamor y Díaz ordenó o al menos consintió el asesinato de Nin.

Por lo general la memoria histórica sólo la necesitan quienes tienen interés en blanquear el pasado o mentir, por eso es urgente mejorar la que tenemos. Tanto para los hechos remotos como la guerra civil, como para los recientes, como el terrorismo de ETA o los distintos nacionalismos, tanto para el golpe de Estado de 1934 o el de 1936 como para el “España nos roba” de hace diez años.

Usted llega a decir que “la literatura política de los años 30, leída hoy, des imposible de digerir”. ¿Los debates políticos de la España de hoy, vistos dentro de 80 años, usted cree que podrán ser digeridos con facilidad?

Bueno, igual que muchos de los debates del siglo XIX que aparecen en los Episodios de Galdós. A estos los hace grandes no tanto la peripecia histórica y los pormenores históricos, más o menos fidedignos, cuanto las historias humanas, casi siempre salidas de la imaginación del novelista.

Dentro de ochenta años habrá alguien que sepa escribir con los hechos presentes páginas igualmente deslumbrantes; materiales tendrá de sobra, y las diferencias entre uno de aquellos carlistas del XIX, un tanto aceporrados, y Torra o Puigdemont no son tantas, como tampoco entre el Cabrera y el etarra Josu Ternera. Bueno, sí, en este caso, mejor Cabrera; al menos este, a golpe de britanismo, acabó renegando de su pasado sanguinario y admitiendo de viejo la legalidad constitucional.

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