Almudena, dile a la muerte que la odio

En este odioso día de otoño un ojo nos llora del desgarro de tu muerte y el otro se nos derrama de nostalgia por la revolución

Elogio del viaje transformador
La Opinión de Luis Artigue para eltaquigrafo.com

En este odioso día demasiado invernal para el otoño, éste de cielo plañidero y luz como de alumbrado de postguerra, te decimos adiós con un libro en la mano, con el alma en la mano, y hasta el libro tuyo al viento (en mi caso Atlas de Geografía Humana) se nos dobla, ondeante, como si fuera una bandera.

En este odioso día de otoño (odioso porque despedimos a una de esas personas que no deberían morirse nunca jamás en absoluto) un ojo nos llora del desgarro de tu muerte, y el otro se nos derrama de nostalgia por la revolución –tu vida y obra- que sí pudo ser: ¡mientras todo, la gratitud palpita!

Almudena nos has dejado el corazón helado, y el puñal de la rabia entre los dientes, y el orgullo de haberte conocido, leído y querido se nos ha convertido en estas gafas nuestras que ahora mismo lloran solas.

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Almudena, sexo y prosa, amistad y coraje, memoria e ideología, historia y madrileñismo, periodismo activista, generosidad a raudales, republicanismo eterno, has convertido este otoño en un eremitorio… Uno en el que releer con emoción aquellas primeras novelas tuyas como Las edades de Lulú y Malena es un nombre de tango que nos enseñaron a amar la mirada airosa y la carnalidad bravía de esas mujeres libres capaces de romper catres en varios idiomas que nunca nos pudimos permitir. Y releer aquellas otras novelas tuyas casi decimonónicas, entre stendhalianas y alasclarinianas, como Los Aires difíciles y El corazón helado que nos disuadieron de que la Guerra Civil fuera como un Ateneo, esto es, una discusión de intelectuales, a la par que nos hicieron recordar de dónde venimos para afirmarnos en lo que somos.

Y releer tus últimas novelas entre galdosianas y social-realistas del ciclo de Episodios de Una Guerra Interminableque nos teletransportaron con rigor a una sociedad pretelevisiva, y, además, nos embriagaron de mixtura de lo culto y lo popular en los diálogos, y sobre todo nos hicieron recuperarnos, no de la derrota histórica, pero sí del consiguiente silencio y el orillamiento corrosivo.

¡En este otoño incivil en el que releerte viene a ser recortarte y regresarte a ti, que eres la escritora de Madrid (pero no del Madrid manchego de Solana ni el exquisito y pensante de Ortega ni el esteticista, costumbrista y tardomodernista de Umbral, ni el neo-decadente de Isabel Díaz Ayuso, sino el Madrid universal de don Benito Pérez Galdós) te damos tierra en los Madriles! ¡Y que viva el Ateli!… ¿De qué me sirve todo ahora?, venía a decir en un poema Benjamín Prado… ¡Qué manera de palmar, cantaba Joaquín Sabina!

Almudena, Almudena Almudena: ¿dónde vas con tanta prisa con la falta que nos haces?

Almudena: dile a la muerte que la odio. 

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