Algunas palabras valen más que mil imágenes

El sueño eterno (The Big Sleep, Howard Hawks, 1946) fue la primera novela que publicó Raymond Chandler en 1939. Puede que no sea su mejor novela, pero sí la que le catapultó y le llevó a trabajar en el cine y la que nos presentó al detective Philip Marlowe, icono de la cultura noir

23 de abril, Día Internacional del Libro, por lo que es de rigor acudir a los clásicos de la literatura negra. Ya ha salido en esta sección Dashiell Hammett, así que toca Raymond Chandler (1888-1959). Los dos son los padres de la novela negra americana y, por extensión, del cine negro, policiaco, hard-boiled o, en definitiva, de toda una colección de obras maestras inolvidables por su estilo y atmósfera.

El sueño eterno (The Big Sleep, Howard Hawks, 1946) fue la primera novela que publicó Chandler en 1939 (sí, con cincuenta años, aunque ya había publicado antes en revistas pulp). Puede que no sea su mejor novela, pero sí la que le catapultó y le llevó a trabajar en el cine y la que nos presentó al detective Philip Marlowe, icono de la cultura noir.

Hawks (uno de los más grandes, que no se nos olvide) ya había rodado Scarface (1932) o Tener y no tener (1944), avales más que suficientes para volver a contratar a William Faulkner (el Nobel era guionista habitual en Hollywood) y a Bogart y Bacall que ya eran pareja y, tras conocerse en Tener y no tener, quedaba claro que su química en pantalla era demasiado deslumbrante como para dejarla pasar.

La anécdota es muy conocida: Faulkner y la otra guionista de la película, Leigh Brackett, no sabían quién había matado a un personaje por lo enrevesado de la trama. Llamaron a Chandler y este reconoció que ¡él tampoco lo sabía! y que decidieran ellos. En la versión final de 1946 sigue sin quedar claro quién mató al chófer de los Sternwood. Ahora bien, esto es lo bueno: ¿le importa a alguien?

La película es una muestra tan magistral de personajes, escenas, diálogos y ambientes que puede permitirse el lujo de complicar el argumento de tal manera que es casi imposible seguirlo. El propio Hawks admitió tras el éxito de la película que lo importante eran las grandes escenas que contenía la historia… más que la propia historia.

Un invernadero agobiante lleno de hortensias y un anciano que bebe vicariamente; dos hermanas sexualmente explosivas; una librera (joven pero ya ardiente Dorothy Malone) que se quita las gafas y se suelta el pelo y te puede cambiar la vida; un picadero apartado que tiene cámaras escondidas, alcohol y, claro está, muertos… Son solo algunos de los escenarios o personajes que nos gustaría visitar y conocer nada más leerlos o verlos. Pero queda el verbo.

Apunten y memoricen: “No me gustan sus modales” “A mí tampoco me enloquecen los suyos (…) Me tiene sin cuidado que no le gusten, tampoco me gustan a mí, me hacen llorar en las noches de invierno”; “Es usted muy guapo” “Y cada minuto que pasa, más”; “Tantas armas en la ciudad y tan pocos cerebros”; (mientras llueve fuera) “Casualmente llevo una botella de whisky en el bolsillo… Preferiría mojarme aquí dentro”… Son solo algunos apuntes que suenan como música celestial en la gran virtud de Raymond Chandler por encima de Hammett: la construcción de diálogos irónicos y geniales.

Otras dos escenas destacan por las miradas y palabras que se cruzan Bogart y Bacall: el vacile a la policía a través del teléfono y la conversación en un restaurante, llena de insinuaciones sexuales sobre el mundo de los caballos y lo lejos que se puede llegar… dependiendo de quién esté en la silla de montar. Sí, en plenos años cuarenta: que vivan los censores sordomudos.

Con ese recital de diálogos, si añadimos tiros y violencia, personajes siniestros como Canino (Bob Steele), mujeres que seducen con la mirada (la librera, la del guardarropa, la taxista: “Si me necesita, llámeme” “¿Día o noche?” “Mejor por la noche. Por el día trabajo…”) o la música de Max Steiner y los valores de producción habituales de la Warner, ¿de verdad vamos a preocuparnos por quién mató a quién?

Fresca como una rosa, El sueño eterno sigue mostrando imágenes icónicas, pero también pronuncia palabras memorables que nos recuerdan que los guiones vienen de escritores. Leamos cine y veamos libros: todo vale para viajar a ese mundo noir de sombreros anchos, abrigos largos, faldas cortas… y un insinuante saludo con dos dedos de Lauren Bacall.

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