Agosto, un mes oportuno para zurrar al enemigo

Carlos Quílez Lazaro

Están leyendo a un no jurista. Dicho sea eso con la mayor naturalidad, les invito a debatir sobre un término jurídico que fue acuñado por aquellos que consideraban —y consideramos— ajustada a derecho la actuación de los Mossos durante el día 1-O —tengo más dudas sobre, el antes o el después—. Recuerdan: “proporcionalidad, oportunidad y congruencia”.

De proporcionalidad y de congruencia, se ha hablado mucho, y lo han hecho —lo hemos hecho— muchos ciudadanos inquietos, la mayoría legos en conocimientos jurídicos pero, naturalmente, libres para opinar. Aparco estos dos términos y los dejo para otro artículo.

Les quiero hablar del concepto de oportunidad. Y lo voy a hacer desde el punto de vista de un ciudadano que, insisto, no ha ido a la escuela en la que se enseña Derecho. Ahí voy: ¿Qué es lo oportuno? ¿Cuándo es el momento idóneo —en términos de legalidad, por supuesto— para, por ejemplo, interponer una querella? ¿O para una denuncia? ¿O para admitirlas o no a trámite? ¿O para ordenar una entrada y registro? ¿O una detención? ¿O el secuestro de un libro o vídeo? ¿O para notificar a las partes en el proceso, tal o cual auto? ¿O para trasladar tal o cual auto al gabinete de prensa del órgano judicial competente para que lo difunda? ¿O para filtrar al amiguete periodista esa u otra resolución? ¿Cuándo todo ello es oportuno, en términos de legalidad procedimental? Pues mucho me temo, que siempre que el fondo de lo que nos ocupa no sea ilegal. Esa es la única condición, el único requisito para la arbitrariedad.

Así, con este paraguas que lo abarca todo, jueces, policías, fiscales…, pueden ser oportunos en sus decisiones, en función de lo que quiera que entiendan como motivo suficiente para serlo. También el resto de ciudadanos, no se vayan a pensar. Los no juristas podemos ir a cualquier comisaria, fiscalía y juzgado a presentar, en cualquier momento, la denuncia que nos rote. Eso sí, si nos pillan en falso, esto es, en una denuncia falsa y torticera, se nos cae el pelo. Pero a ellos no. A los oportunos entongados, no. Deciden el cómo y el cuándo de la oportunidad que les impulsa a hacer lo que quiera que acaben haciendo en el uso de sus funciones, sin encomendarse a nadie y sin que nadie, por ello, pueda elevar ante nadie queja o cuestionamiento alguno.

Diríase pues, que el monopolio de la oportunidad lo tiene la policía, pero especialmente la fiscalía y, específicamente, la judicatura; ¿o quizá la clase política que les nombra o auspicia?

Agosto, de nuevo agosto y se suceden, de nuevo, las noticias sobre las corruptelas de los Pujol. Agosto, recordemos, también fue el mes elegido para la entrada y registro en la sede de Convergencia Democrática y para algunas de las más severas y grandilocuentes diligencias de investigación en el caso del 3%. Y desde hace muchos años, agosto es la antesala de septiembre, mes que acoge la Diada Nacional de Catalunya, día en el que el independentismo se abraza entre si para hacer bulto y, a base de abrazos, lograr sonrojar y angustiar a aquellos que ondean la bandera de la indisoluble unidad de la patria.

Nuestros togados son oportunos. Y legales. Pero sospechosamente oportunos.

Lo de los Pujol huele a naftalina y a estiércol. Les recuerdo que Jordi Pujol i Soley es un delincuente confeso. Se trata de una constatación objetiva. Sus hijos, también los son. El pequeño, Oriol, incluso lo ha reconocido en una vista pública. El primogénito, Jordi, tiene la peor de las nubes negras sobre su cogote.

Que caigan los rayos y las centellas sobre ellos si, como parece, lo ha hecho. Pero, ¿todo tiene que pasar en agosto?

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