Ada Colau

Josep María Campos
Josep María Campos

Conocí a un alcalde al que la burguesía local le llegó a perdonar que fuera comunista del PSUC, pero al que nunca le perdonaron que procediera de un barrio marginal periférico, que fuera un nadie, ¿cómo podía ser el alcalde de su pueblo un nadie? Inconcebible, inadmisible.

Ada Colau es esa alcaldesa, antisistema, combativa, irreverente, esa nadie que tuvo la osadía de “colarse” democráticamente en el poder y saltaron las alarmas… “Nos bajará el salario”, gritaron asustados aquellos acostumbrados a vivir de esos sueldos. No lo permitieron. “Acabará con la pomposidad y la hipocresía de una forma de entender la representación política que tanto nos interesa porque mantiene a los ciudadanos y ciudadanas alejados de las decisiones”, decían.

Pero siendo importante las formas, los gestos y la demostración de que para gobernar no hacen falta ni lujos ni derroches, lo que realmente propició la unanimidad en contra de semejante nadie procedente de una familia de nadies, fue cuando empezó a tocar los cimientos del poder económico: cuando empezó a frenar la especulación urbanística.

“¿A quién se le ocurre intentar recuperar la ciudad para hacerla habitable frenándola cada vez más?” Evidente entrega de Barcelona a los intereses de un turismo especulativo, que expulsa a los ciudadanos para convertir no sólo el centro si no también la periferia en una macro actividad de servicios en manos de dudosos operadores turísticos: regulación de los pisos turísticos, moratoria en la construcción de hoteles ¡¿Dónde vamos a llegar?!

Pero no sólo los cimientos del poder económico. Impedir que Barcelona se utilizara como abanderada de una parte y de otra en la larga y compleja batalla del “procés” ha provocado que la derrota de Ada Colau, no sólo fuera un objetivo de los defensores del poder y de los intereses económicos ,sino también de aquellos cuya aspiración no es la solución de los muchos y graves problemas que tiene la ciudad, sino convertir a ésta en la capital del independentismo.

Jamás en la reciente historia de la democracia se ha atacado a un alcalde o a una alcaldesa con tanta artillería pesada y con tanta saña como se ha hecho con Ada Colau. Han conseguido dañarla aunque no han conseguido hundirla.

La ‘Batalla por Barcelona’ ha dejado un panorama que ahora convendría gestionarlo con serenidad y sentido común. ERC jugó todas las bazas que tenía a su alcance. El fichaje de Alamany como segunda de la lista, provocando su transfuguismo, tenía, como ya se ha dicho, el único objetivo de dañar la marca de los Comuns. Por lo que no eran los votos que esta señora pudiera aportar, se compró el daño. Se jugó al deterioro de los Comuns negándoles cualquier tipo de apoyo y ahora con un empate técnico con 10 regidurías cada formación y sólo una diferencia de unos cuantos centenares de votos habrá que ver cómo se resuelve el tema.

Sinceramente, creo que a Barcelona le interesa la continuidad de Ada Colau. La gestión no especulativa del urbanismo de la ciudad, los avances en vivienda, las políticas de atención social, la proximidad con los barrios, la recuperación de la ciudad para vivir, el freno a la instrumentalización y el vaciado de la ciudad en beneficio de la especulación turística hacen que valga la pena la continuidad y el pacto con el PSC para dar estabilidad a un programa de estas características, pensando en la ciudad no en su uso como arma arrojadiza contra nadie.

Los ciudadanos están cansados de tanta palabrería absurda, de tanto freno al avance de soluciones reales para la ciudad. La paralización de la Generalitat ha actuado en perjuicio de los intereses del conjunto del pueblo de Catalunya.

Ada Colau tendrá que elegir entre un centroizquierda independentista que gobierna Catalunya con los herederos de Jordi Pujol y cuyo objetivo es la conversión de Barcelona en la capital de una Catalunya que aspira a la independencia (aspiración legítima) y que en la Generalitat se han mostrado incapaces de hacer avanzar al país.

O, un centroizquierda cada vez más escorado a políticas conservadoras con una clara vocación españolista, con la mente puesta en una unidad de España con una concepción posfranquista de la misma.

Con todo, y a pesar de que Ada Colau ha cometido algunas torpezas muy significativas, prescindiendo de gentes valiosas y rodeándose de algunos/as incondicionales faltos de experiencia y de capacidad política y organizativa: me inclino por pensar que Ada Colau debería presentar su candidatura pactando un programa de Gobierno con el PSC, prescindiendo de los asuntos identitarios de uno y otro signo y poniendo a la ciudad por delante de cualquier otro interés.

Los “nadie” que representa Colau deben continuar.

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