‘A sangre fría’ de Truman Capote, psicopatología de un crimen

‘A sangre fría’ de Truman Capote, psicopatología de un crimen

Truman Capote (1924–1984) firma ‘A sangre fría‘, una obra maestra del crimen que abrió la veda a una nueva corriente llamada Nuevo Periodismo o de Testimonio. Empezó a escribirla en 1959 y contó con su amiga Harper Lee (‘Matar un ruiseñor’), quien recorrió con él parte del área de crimen y entrevistó a sus protagonistas. Fue publicada en 1965 y llevada al cine dos años después.

Sin motivo aparente

Hasta la noche del 14 al 15 de noviembre de 1959, muy poca gente de Estados Unidos sabía ubicar la pequeña ciudad de Holcomb del condado de Finney County, en el estado del Far West, donde hombres y mujeres vestían vaqueros, chalecos de cuero, botas de cowboy y sombreros de ala Kansas.

Imperaba la ley seca y en un pueblo de tendencia agrícola, la tranquilidad de sus gentes y el ambiente hacía que nadie echara el cerrojo a su casa. Hasta ese día, donde los vecinos “empezaron a mirarse extrañamente y como extraños”.

Esa noche, cuatro miembros de una misma familia, los Clutter, eran atados y amordazados en su propia casa por dos asaltantes, que buscaban una caja fuerte cuyo contenido creían que era de diez mil dólares. Al no encontrarla y sin nada que lo motivara, asesinaron con una escopeta al señor Herbert y a su esposa Bonnie, así como a los dos hijos menores, Nancy de 16 años y Kenyon de 15. Eveanna y Beverly eran las hijas mayores de los Clutter. Afortunadamente, en el momento de la matanza no se encontraban en casa.

Dick Hickock y Perry Smith —ambos exconvictos a los que les fue concedida la libertad bajo palabra, cuya condición era que no volvieran a pisar Kansas—, tras dejar un gran reguero de sangre a sus espaldas, emprendieron la huida con 40 dólares en los bolsillos de los diez mil con los que supondrían que saldrían de la mansión Clutter. 10 dólares fue lo que costó cada una de las víctimas inocuas.

Comenzaba así una carrera de supervivencia de ida y vuelta, que les llevaría hasta México. Tal vez si no hubiesen salido de allí y regresado a Estados Unidos, nunca les hubieran atrapado. Pero la curiosidad, o mejor dicho, la necesidad de patria mató al gato, o a los gatos, porque fueron dos.

Lo humano VS lo periodístico

Hace tiempo comenté que en las novelas True Crime o crónicas de un crimen siempre echaba en falta la parte psicológica que engloba a la causa del asesinato, es decir, no solo averiguar el móvil sino conocer por qué se comete; descubrir qué pasa por la mente del asesino era algo que en las crónicas periodísticas quedaba demasiado vago o falto de sustancia.

Por el camino que llevaba con ‘A sangre fría‘ creí que, si bien no era tan periodístico como el resto de novelas del género que han pasado por mis manos, la obra seguiría manca de la parte cognitiva y emocional que conduce a alguien cometer o no un asesinato. Pero he aquí mi error.

Cuando llegué a la cuarta y última parte de la novela, comenzó un bombardeo de psicología criminal. Una clase magistral donde el protagonismo lo tienen los psiquiatras que fueron contratados para llevar a cabo un estudio mental de ambos asesinos, así como las historias de vida de Dick y Perry, narradas en primera persona.

Tal es el efecto con el que dota Capote al suceso que consigue hacer empatizar al lector con los criminales. La humanidad que desprenden sus palabras, las emociones de todos —sí, todos: jueces, fiscales, jurado, víctimas, culpables, amigos— incluyendo las vidas de miseria de los acusados, especialmente la de Perry, hace que uno sea capaz de traspasar esa barrera del bien y del mal e ir más allá, sin necesidad de justificar unos crímenes que nada tienen de justos.

“No tenía intención de hacerle daño alguno a aquel hombre. Pensé que era un hombre muy amable. De voz suave. Así lo creí hasta el momento en el que corté su cuello”.

Los abogados defensores contrataron médicos expertos que pudieran dar una justificación que motivara el comportamiento de ambos criminales, intentando desmontar la Ley de M’Naghten, la antigua ley británica según la cual, «si un acusado conocía la naturaleza de su acto y sabía que obraba mal, era mentalmente competente y responsable de sus actos».

La pena de muerte.

No sé si es spoiler o no, pero al ser un caso real y muy manoseado a nivel literario y cinematográfico, voy a arriesgarme (si prefieren no conocer el final, no sigan leyendo).

Richard “Dick” Eugene Hickock y Perry Edward Smith, los asesinos de los Clutter, fueron condenados por un jurado popular a la pena de muerte mediante la horca. Su ejecución tuvo lugar en la Prisión de Langsing (Kansas) el 14 de abril de 1965.

La pena de muerte fue abolida en Kansas en 1907 y restaurada de nuevo en 1935 tras la proliferación de criminales profesionales. A día de hoy, sigue vigente en 29 de los 50 estados de Estados Unidos (siendo Kansas uno de ellos), ya sea mediante la inyección letal (la más común), gas, electrocución, la horca o el fusilamiento.

Los hombres y mujeres nos jactamos de sentenciar a muerte a personas que han cometido asesinatos de otros seres humanos. El ojo por ojo y diente por diente del Antiguo Testamento parece que sigue imperando cuando otros de nuestra misma especie —llámenles jurado popular, fiscales, abogados o jueces— deciden castigar a esos hombres de la misma manera que ellos castigaron a sus víctimas. Es un residuo de la barbarie humana.

La ley dice que quitar la vida de alguien está mal, va contra natura, pero esa misma ley ejemplifica lo contrario cuando decreta la pena de muerte a quien comete asesinato. El asesino infringe la norma. El estado también.

Son dos caras de una misma moneda. Nadie es el juez de nadie ni tiene derecho sobre la vida de los demás. El estado está para dar ejemplo, un ejemplo justo.

En los Estados Unidos ya hay leyes que prohíben la presencia de público en las ejecuciones. Aun así, en casos llamados «excepcionales» se ha llegado a permitir la presencia de hasta 400 testigos. No es una feria, aunque así lo parezca. Quizás el mundo siga estado cojo de algo llamado humanidad.

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