A propósito de lo justo y de lo injusto

En España, el concepto de lo justo recae, simplemente, en la fuerza coyuntural de aquel que lanza la piedra más lejos, por muy legal o espurio que sea el motivo de fondo que le impulsa a ello.

A propósito de lo justo y de lo injusto
La del procés, será una sentencia a-justa que demostrará cómo los operadores judiciales pueden retorcer la ley

Una resolución es justa o injusta, en función de si nos resulta favorable o desfavorable. La justicia está sometida al siempre egoísta principio de conveniencia.

La sentencia condenatoria severa que va a recaer contra el grueso de los imputados en el llamado «caso del procés» será, pues, justa e injusta a la vez. Depende del lado en el que se esté o se quiera estar.

Cuestión de venda

Vayamos por partes: la justicia es una señora con los ojos vendados y que soporta en una mano una balanza, la del equilibrio y la ecuanimidad. Pero resulta evidente, indiscutible, que la justicia, al menos en España, actúa sin venda. No sólo los jueces se han quitado el vendaje. Los fiscales, nunca se lo pusieron y los abogados se lo ponen y se lo quitan en función de quien pague la minuta.

Así pues, en España, el concepto de lo justo recae, simplemente, en la fuerza coyuntural de aquel que lanza la piedra más lejos, por muy legal o espurio que sea el motivo de fondo que le impulsa a ello.

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Jueces bajo sospecha

Me preguntan, a menudo: «Llarena, (el instructor del procés), ¿es un juez justo?» Yo respondo: «Si usted es miembro del colectivo okupa, pues no, no lo es».

Durante su época como magistrado de la Audiencia de Barcelona, Pablo Llarena jamás dictó pronunciamiento alguno favorable, en sentencia o resolución de recursos, sobre planteamientos de defensa de miembros del colectivo okupa. Y digo yo, que alguna vez pudieran tener razón, ¿no? Llarena, en estado puro. Un colega suyo dijo en un foro con otros magistrados que «Don Pablo entendía como un fracaso personal, cuando tenía que dictar una sentencia absolutoria».

Para muestra, un botón.

Marchena, en todas las salsas

Me preguntan si Marchena es un juez justo y respondo que hasta donde yo sé o intuyo, el Presidente de la Sala Penal del Tribunal Supremo no parece el tipo de juez cuya foto llevaría en la cartera la buena gente.

Ha de saberse que Marchena impartió clases, jugosamente remuneradas, en la escuela de formación jurídica «Iuris» vinculada con el entramado empresarial del jefe de la «Operación Catalunya» y exponente destacado de las llamadas «cloacas del estado», el excomisario, Villarejo.

Cuando el procés aun ni si quiera había pasado por la imaginación de personajes tan procesistas ahora, como Artur Mas o los Pujol (y de eso no hace tanto), Marchena visitaba gozoso las fiestas que el oscuro exconseller, Germà Gordó, montaba para el mes de septiembre en su mansión de la Cerdanya, en el Pirineo de Girona. Por aquellos entonces, ya había algún convergente imputando por esto y aquello, pero eso, a Marchena (y a otras togas reputadas que disfrutaban del cava catalán en las fiestas de Gordó), le daba igual. Eran otros tiempos, pero como cabe suponer, eran igualmente turbias, muy turbias esas relaciones.

Juez «imparcial»

Marchena estuvo en la sala de admisiones que aceptó la querella de la Fiscalía General del Estado y que dio lugar al caso del procés. Estuvo en la sala que jaleó y avaló a Llarena durante la instrucción, y ahora ha presidido el tribunal sentenciador (condenador). Hay quien cree que es, por ello, un juez contaminado. Marchena no ha sacado la venda del cajón en todo este proceso. Parece juez, y parece parte.

Los fiscales y la política

¿Los fiscales?, me preguntan. Si se estira del hilo de los fiscales, nos topamos de bruces con un poder que escapa del ámbito de la Justicia. Los fiscales de la Audiencia Nacional, con la exfiscal General del Partido Popular (PP), Consuelo Madrigal al frente, fueron una prolongación del malogrado fiscal general, José Manuel Maza, cuyo hilo nos conduce, inexorable, al ministro de Justicia más cuestionado que ha existido jamás: Rafael Catalá. Con estos mimbres… ¿qué cabía esperar? Pues suciedad y la desfachatez de quien se sentía entonces impune y plenipotenciario.

Así, los hilos del binomio Catalá-Maza inocularon su veneno en la cúpula de la Fiscalía Anticorrupción («se nos ha ido de las manos», afirman que decían) con el nombramiento como jefe de Manuel Moix, un verdadero títere al servicio de oscuras estrategias, todas encaminadas a azuzar o a diluir, según convenía, investigaciones en marcha o por llegar a la que está considerada como la fiscalía de referencia de este país.

Ese cambalache no quedó circunscrito a Madrid.

Fiscales a toque de pito

Los efectos y directrices de ese binomio también llegaron a Catalunya. Más de 700 denuncias, presentó la Fiscalía contra alcaldes que se posicionaron públicamente a favor de ceder espacios públicos para el referéndum del 1-O, declarado ilegal por el Tribunal Constitucional. Las denuncias se presentaron, de facto, antes de que los ediles hubieran podido cometer los delitos que se les atribuían. Kafkiano. Tras la muerte del Fiscal Jefe de Catalunya, José María Romero de Tejada, la nueva cúpula de la fiscalía catalana (aun perteneciendo también al sector más conservador), ha dado consignas para que poco a poco, sin que nos enteremos, se deshaga el entuerto y se vaya instando el sigiloso archivo de dichas denuncias interpuestas por ellos mismos.

La Fiscalía, en esto del procés, se han puesto la venda alrededor de la cabeza como si fuera la cinta donde los indios apaches colocaban sus plumas de guerra.

Los abogados, a lo suyo

Los abogados hacen lo que los abogados están llamados a hacer: defender a sus clientes, en la mayoría de ocasiones, con un brío que suele ser proporcional a los ceros que acompañan al primer dígito de la minuta que cobran. Y hoy, están aquí, y mañana, allá (algunos de los más brillantes letrados durante este juicio del procés han sido abogados defensores de reputados mandos de la Guardia Civil en litigios anteriores). Por lo tanto, es razonable observar con distancia, equidistancia y sin excesivo apasionamiento, los discursos vehementes (dentro y fuera de la sala) de los defensores de los investigados en esta causa.

Algunos de ellos, han obtenido un máster en asesoría estratégica política, que han urdido, entre auto y auto, y a lo largo del juicio, bajo el disfraz y las prerrogativas que confiere la toga (y todo incorporado en la misma minuta). Sea cual sea el resultado de la sentencia, los abogados, nunca perderán este caso.

A-justicia

En este potaje, con estas imbricaciones, ante esta impunidad procedimental de unos y otros, con la estúpida resignación que nos queda al pensar que la cosa aun podría ser peor, en este clima, conoceremos una sentencia «a-justa».

La del procés, será una resolución que demostrará cómo los operadores judiciales pueden retorcer la ley (sin salirse de ella), para responder a criterios (y/o directrices) no jurídicos o manifiestamente antijurídicos. Terrible.

Así las cosas, todos los operadores jurídico-judiciales mencionados —todos— este verano se han ido de vacaciones y se volverán a ir el año que viene. A todos, se la sopla el ruido que han provocado y cómo resulte finalmente este folletín de Estado con forma de sentencia en el Constitucional y en Estrasburgo.

Valientes y cobardes

Los que continuarán entre rejas serán los valientes independentistas que asumieron riesgos y pasaron líneas prohibidas a sabiendas pero que, llegado el momento de la verdad, dieron la cara y, por ello, llevan ya dos años sin vacaciones. Los presos del procés, siguen soportando esta situación con la cabeza bien alta, esperando que algún día la historia les haga justicia.

La historia también juzgará a Puigdemont y a los consellers huidos/exiliados (tras la sentencia del Supremo, probablemente la historia también les juzgará). Comín reitera desde Waterloo, sin tapujos y sin vergüenza, que «algún día, se valorará el extraordinario sacrificio que hemos hecho». ¿Extraordinario sacrificio? A Junqueras, en el talego, se le llevan los demonios.

¡Qué triste y qué injusto todo!

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