A propósito de «las manadas», lean a las mujeres

A proposito de
Una manifestación contra las agresiones sexuales en grupo

Tanto la espeluznante “manada” de Pamplona como la de Manresa, a la vez que nos asquean, escandalizan y remueven la conciencia moral y legal, nos hacen volver a pensar en lo siguiente: no cabe ya ninguna duda de que las relaciones entre hombres y mujeres en este país precisan de algo más que un proceso de paz.

Sin duda es necesario y urgente acudir a las raíces culturales de este problema social, pues el machismo que deriva en lo criminal es una catástrofe social, sí, pero también cultural.

«Ese hombre feroz que equivoca los goces» escribe al respecto el poeta sirio Adonis. «Quien sólo puede aspirar a ser el jefe de las víctimas», lo denomina el filósofo José Antonio Marina… Y es que ciertamente hay en el machismo, en esa evidente debilidad mal llamada macho ibérico por ejemplo, cierta propensión a la mala salud psicológica y por tanto una más o menos disimulada inclinación del lado de la infelicidad.

Todo demuestra ya que ha fracasado estrepitosamente ese modelo de masculinidad. Por eso hemos de ser conscientes en esta sociedad de que necesitamos evolucionar hacia una nueva forma de ser hombre, no sólo por el bien de las mujeres sino también por el de los hombres.

Necesitamos un nuevo modelo de hombre menos cuarteleramente contundente; un hombre más real. Un hombre menos influido por la épica y el cine, el cual no se sienta obligado a ser más; a ser héroe. Que no confunda amar con poseer. Un hombre que pueda y sepa mostrar también sus debilidades para enfrentarse así a ellas. Un hombre liberado de la tiranía de su anquilosado rol social…

Necesitamos a tal efecto leer mucho lo que escriben las mujeres.

Anaïs Nin, siempre tan psicológicamente perspicaz, en los escritos de la última parte de su vida lo expresó así: «necesitamos un nuevo modelo de hombre que armonice con el nuevo modelo de mujer… Ya existen parejas que encajan en esta posible descripción, pero no son mayoría… Cada uno de los dos trabaja en lo que sabe hacer mejor, y comparten las tareas sin importunarse; sin la necesidad de crear papeles y establecer límites… No existe la noción de cabeza de familia; no hay necesidad de afirmar cual de los dos es el que suministra los ingresos».

Sí, necesitamos un más avanzado modelo de masculinidad hegemónica. Un hombre en cuya cabeza no exista la infranqueable dicotomía hombre/mujer, sino que sepa que ambos son, primordialmente, dos caras de la misma moneda humana. Y, aún más, que interiormente todos tenemos un lado femenino y masculino. Un hombre que sepa y viva sabiendo que ni la fuerza ni la debilidad son cualidades fijas. Un hombre consciente de que él tiene sus días fuertes y sus días débiles, como ella tiene sus días fuertes y sus días débiles. Un hombre capaz de aprender a cambiar de ritmo. Un hombre que crea en la flexibilidad y la relatividad.

La siempre interesante psicóloga americana Share Hite lo expresa así: «El hombre nuevo presta su ayuda pues también él está dispuesto a cambiar la rigidez por la flexibilidad, el hermetismo por la franqueza, los papeles incómodos por la comodidad de no tener que representar ningún papel. La empatía que el hombre nuevo muestra para con la mujer nace de la aceptación de su propio modo emocional, intuitivo, sensible y humanístico de enfocar las relaciones. Ellos se permiten llorar, mostrar su vulnerabilidad, oponer sus fantasías y compartir su yo más íntimo».

Sí, necesitamos un nuevo modelo de masculinidad hegemónica en las ficciones y en la vida más allá del que nos muestran el cine, los estadios de fútbol y la prensa rosa para que los adolescentes, entre los cuales está habiendo una suerte de repunte del machismo cuartelero, predador y acabadísimo, un mejor acercamiento entre hombre y mujeres.

Además un nuevo modelo de masculinidad, como digo, no va sólo en beneficio de las mujeres sino también de nosotros pues nos libera por fin de la necesidad de aparentar que en nuestras relaciones sentimentales somos dominantes, imprescindibles, dominadores, sólidas rocas capaces de hacer frente sin erosionarnos al mar embravecido.

Necesitamos evolucionar hacia un nuevo modelo de masculinidad que nos permita asumir sin complejos que en el fondo todos los hombres somos frágiles como el cristal.

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