8M: Las mujeres en primera línea frente al covid

8M, historia de 8 Mujeres. El Taquígrafo se ha puesto en contacto con 8 mujeres totalmente diferentes entre sí para tratar de conocer los retos, ilusiones, proyectos y obstáculos que las acompañan en todos los ámbitos de sus vidas. La protagonista del primer capítulo es Judit Carretero, enfermera de UCI en el Hospital de Bellvitge

8M: Las mujeres en primera línea frente al covid
Imagen de Judit Carretero, enfermera en la UCI de Bellvitge durante los primeros días de la pandemia / JC

Levanta la persiana de su habitación a primera hora de la mañana procurando no hacer ruido. Es tan temprano, que todavía no sabe si hoy saldrá el sol. Los rayos de luz de un buen día son de las pocas cosas que ahora le hacen sacar una sonrisa y le hacen olvidar la carga emocional que lleva acumulando desde hace ya un año. Sus padres y su hermana todavía duermen. Cierra la puerta y coge el coche. Atraviesa Barcelona, como cada día que le toca ir a trabajar pero, sin embargo, no recuerda la última vez que paseó tranquilamente por sus calles. Llega a Bellvitge con tiempo. Se pone el uniforme y a las 8:00, bien puntual, ya está lista para empezar el nuevo turno. 

Judit tiene 25 años, está a punto de hacer 26. Es enfermera de UCI desde hace casi cuatro años y lleva uno tratando, únicamente, a pacientes con covid. La pandemia la ha hecho madurar de golpe, crecer personal y profesionalmente. Ahora, sin embargo, está cansada y enfadada. Lleva meses con pesadillas. Le cuesta expresar sin emocionarse lo que ha vivido y sigue viviendo día tras día. “El primer día me emocionó mucho. El segundo día dejé de aplaudir. Seamos coherentes, por favor… Invitaría a más de uno de los que aplaudía, pero luego se iba inconscientemente por ahí, a que pasara solo un día en la UCI para que viera lo que vemos nosotros a diario. Gente sola. Sin batería, sin cargador y sin poder hablar con nadie.”.  

El segundo día dejé de aplaudir” 

La joven, vecina de Montcada i Reixac (Barcelona), lleva desde el primer día al pie del cañón. El Estado de alarma la pilló a menos de una semana de volver de viaje. Cambió el sol de Costa Rica por la poca luz que le entraba por las ventanas de la antigua UCI del Hospital de Bellvitge. Pronto la trasladaron al nuevo edificio. Al exclusivo para pacientes covid. “La pandemia nos ha hecho unirnos más. Nos ha obligado a sentarnos y a organizarnos. A pesar de que vamos de culo, trabajamos más tranquilos y coordinados. Nos ha obligado a hacer más ‘piña’, a organizarnos mejor y a respetar más el trabajo”. Además, el nuevo edificio, explica, tiene ventanas. “Podemos ver el sol y eso nos da la vida”. Detalles que la transportan a momentos de “paz” en medio de la batalla. La batalla entre la vida y la muerte. 

Me da vergüenza reconocer con casi 26 años que estoy cansada y no me apetece hacer nada, pero esta situación me ha absorbido. Espero que pronto recupere las ganas de salir. Ahora intento disfrutar de los pequeños momentos de relax con mi pareja, mi familia o mis amigos más cercanos”. Ha cambiado el viajar por escuchar a Sinsinati, pasear por la montaña y quitarse la mascarilla para poder respirar aire puro. “Sé que me costará volver a estar en sitios con mucha gente. De hecho, veo según qué imágenes en las noticias y me pongo mala… de verdad que somos unos inconscientes. Sigue habiendo más defunciones que altas…”, lamenta. 

Judit en una imagen tomada de un reportaje televisivo de TV3 sobre la incidencia de la pandemia en los hospitales catalanes

El covid destapó la precariedad de la sanidad

Pero no todo ha sido malo. A principios del nuevo curso escolar le dieron la oportunidad de empezar un nuevo proyecto profesional: dar clases de enfermería especializada en UCI en la Universidad de Barcelona, donde ella estudió el grado. “Fue mi pequeño rayo de sol particular. Me sentí recompensada por todos los meses de trabajo anteriores”. Además, ha empezado a hacer yoga. “Es curioso que todos nacemos respirando y lo mal que lo hacemos”. El saber controlar la respiración la ha ayudado en los momentos de mayor estrés, sobre todo cuando, lamentablemente, fallece uno de sus pacientes. “Estar en una UCI es saber que puedes perder a un paciente. No todo el mundo sirve para esta unidad. Para tratar a pacientes críticos debes tener un buen equilibrio entre templanza y agilidad a la hora de reaccionar”. Ella no sabía si sería capaz, pero lo fue. Por eso anima a todo aquél que esté interesado en probar esta especialidad.

Quiere volver a pasear, a viajar y a bailar. Nunca imaginó tener que dejar su vida porque su cuerpo y su mente le pedían frenar. “He aprendido a escucharme”. Recuerda los primeros meses de pandemia y sin querer le sale una risilla nerviosa. Está claro que prefiere reír a llorar. Ya ha llorado lo suficiente. Por cansancio, por desesperación, pero sobre todo, por impotencia. “No sé cómo no me he contagiado. Comparo los EPIs que tenemos ahora con los que teníamos al principio de la pandemia y alucino… reutilizábamos las mascarillas durante días e, incluso, poníamos trapos con lejía para desinfectarnos los zapatos. Nos producía dolor de cabeza y nos irritaba los ojos.”. Su rostro ya se ha amoldado a las gafas protectoras. Sus cicatrices ya no se ven, pero en su voz perduran. 

Por suerte, ahora los enfermos terminales pueden despedirse de esta vida acompañados de sus familiares. Antes, relata, morían solos. Con la única compañía de las enfermeras y enfermeros (siguen siendo más mujeres que hombres) que les habían acompañado los últimos días de su vida. En cuanto a la diferencia entre hombres y mujeres en su profesión, Judit asegura que eso es indiferente. “Sí que está socialmente ligado a la figura de la mujer, Tu buscas en internet y la mayoría de imágenes que aparecen son de mujeres. Pero, al fin y al cabo lo que importa es que las manos que cuiden al enfermo sirvan para ello”. 

Aprender a disfrutar de no hacer nada

A pesar del momento profesional que le ha tocado vivir a Judit, que ha pasado casi el mismo tiempo en la única UCI existente hasta hace un año que en la que ahora solo alberga a pacientes covid, ella anima a los más jóvenes a conocer su trabajo. “No hay que tener miedo pero sí respeto porque tienes una vida entre tus manos. Es muy bonito y muy gratificante cuando alguien sale adelante, pero también muy duro cuando pierdes al paciente. Se crean vínculos muy fuertes. Hace poco perdí a un paciente muy joven después de cuatro meses. Se me rompió el corazón. Cuando sueño con el hospital, es con este caso.” Judit, que convive con la muerte a diario, recuerda que todavía es demasiado pronto para bajar la guardia. “Los huecos que se quedan libres son porque esas persona ya no están, pero no porque suban a planta. Altas pocas, exitus muchos”.

“He madurado de golpe. Me he hecho adulta. Mis padres ni siquiera sabían qué decirme cuando llegaba a casa. Mi prioridad antes era viajar y estar con mis amigos. Ahora estoy agotada y disfruto simplemente de no hacer nada. A veces escucho música y lloro pero después me digo… ¡venga, a seguir!” Judit es, pese a su juventud, todo un ejemplo de dedicación y de resistencia. En su discurso amable se aprecia un poso de madurez, fruto de este año inolvidable en su carrera, que contrasta con su apariencia jovial. A pesar de esta dura experiencia, ella continúa desempeñando su admirable trabajo con absoluta consagración. Cada mañana, al cruzar la puerta de la UCI, le pone el mismo empeño que el primer día. Ahora, dice, valora mucho más la vida.

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