29 de febrero, Perpinyà, «Rien ne vas plus!»

En estos momentos de incertidumbre, de mucho naipe tapado y poco juego mostrado, se espera la mayor concentración humana de la historia de la ciudad catalano-francesa, una manifestación equiparable a la que se produjo tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

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Cuentan que un Moisés peregrino y ya mayor volvió exhausto del Monte Sinaí; exhausto pero con un encargo directo y 10 mandamientos grabados en piedra por el mismísimo Dios creador.

El 29 de febrero, Perpinyà (Catalunya Nord) va a convertirse también en lugar de culto, peregrinaje, recogimiento y exaltación del mundo separatista creyente, pero no creyente de divinidades fantásticas, sino creyente de que ser libre aún es posible, y devoto de un Puigdemont, pastor indemne de la ira española.

Y en estos momentos de incertidumbre, de mucho naipe tapado y poco juego mostrado, se espera la mayor concentración humana de la historia de la ciudad catalano-francesa, una manifestación equiparable a la que se produjo tras la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial.

Leña —mucha leña por cortar—, en circunstancias complejas en que Bruselas dirime el desarrollo o no de suplicatorios y euroordenes, circunstancias en las que, en cuanto te despistas, en la Eurocámara aparece un nuevo catalán exiliado luciendo sus credenciales —catalana en el caso de Clara Ponsatí—, europarlamentarios orgullosos que no se han visto ni afectados ni atemorizados por la judicatura postfranquista aun reinante en nuestro país.

El día 29 de febrero, preocupa; preocupa y mucho en España. Ese día, con un éxodo multitudinario —en una época en la que ANC, Ómnium y Tsunamis habían dado imagen de agotamiento—, va a visualizarse a los ojos del mundo que la movilización sigue viva, que el poder de convocatoria del enemigo público número uno del reino sigue intacto, y se hará evidente la derrota de las tesis restrictivas y coercitivas del estado español.

El día 29 de febrero, supondrá una bofetada de realismo a la Corona y su vergonzante papel en esta crisis territorial, por mucho que lo camuflen, y la demostración de que para decenas y decenas de miles de catalanes, el sueño, y con él, la lucha, continua.

Hoy, conviene recordar las imágenes de Puigdemont y Comín, tomadas desde la lejanía sobre un puente fronterizo alemán, a raíz de la constitución de la Cámara europea, sin atreverse a pisar suelo galo por miedo a padecer un arbitrario secuestro de estado y ser posteriormente entregados en suelo ibérico a la Guardia Civil.

El día 29, también es una bofetada a ese momento que tanto se celebró en la villa y corte, pensando que era la rendición definitiva del president en el exilio.

No, no lo fue.

Y a todo lo anterior, un detalle no menor: Perpinyà, además de suelo francés, es tierra catalana, con lo que el simbolismo se multiplicará exponencialmente hasta extremos insoportables entre las roídas paredes de madera de un Tribunal Supremo que tendrá que soportar, atónito, la libertad de movimientos de a quién jamás consiguió sentar en sus banquillos.

Allí estaremos y desde allí se lo contaremos.

Parlamentos, declaraciones, celebraciones, encuentros, abrazos y emociones…

Todo eso y el primer acto de campaña de un JuntsxCat —tal vez «La Crida», mañana—, que salta al ruedo con musculatura y ganas de dar una nueva faena; una nueva faena al entorno de Esquerra.

Messieurs, mesdames…  «Rien ne vas plus!»

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